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Carta a un compañero del partido

Compañero:

No supe bien cómo iniciar esta carta, si decir como siempre “querido padre” o “papá”, pero decidí llevarla a los términos que tú me entregaste, llevarlo a tu cancha para que juegues de local. La primera vez que me hablaste de esa palabra me explicaste que los comunistas la usaban porque en la sociedad que construiríamos, como en Cuba, no existirían dones, ni señores (que significa superiores, como el Señor).

Hoy escribo con un ridículo esmero literario. Podría ir a tu morada, que está a unos pasos de la mía y decirte todo eso, pero está bien por aquí, son más barreras las que hay que cruzar que unas simples casas y puertas.

Mi infancia es un colash de imágenes en las que tú apareces muchas veces, pocas veces enojado, pocas veces en una posición que no quisiera imitar. Empapelarías mi vida siempre como el Superman de los que no fuimos cautivados sólo por la televisión. Ahora, tampoco puedo obviar que en aquel colash aparecería imágenes de desilusión. Abrían balsas, copas de alcohol, chispa de tren, historias de violaciones, golpes, militantes del partido recibiendo dinero para pintar la casa, historia de dólares y contrabando. “Pero el amor es más fuerte”.

Jamás negaré que las anécdotas del Che, tu imagen en mi sopa, me inspiraban a ser mejor. Muchas veces actué al recordarlos (realmente fui egoísta), al imaginarlos como avispas (como drones); me ponía a trabajar, me tragaba la insípida sopa, hacía las tareas: -¿Qué diría el Che?- Decía mi abuela quien sabía usar esta situación a su favor, -A tu padre no le gustaría ver que estás haciendo eso.

La solidaridad, el compañerismo, el respeto a los demás. Siempre me dijiste que creyera en aquella idea de Fidel de “el mejoramiento humano” y sí, siempre he creído en ello. Por eso no odio a quienes no coinciden con mi pensamiento, por eso no creo que quien no comparta mis concepciones “está equivocado” o “no entiende porque es muy joven”.

Yo puedo estar equivocado, es más, puedo estar equivocadísimo. Tal vez esta carta sea un error que nos cueste caro (no lo creo). Pero si me animo a redactarla, es por la propia contradicción que me has forjado. Siempre me dijiste que nuestro Partido había nacido como herramienta, como impulso, como bandera de la clase oprimida, que el mañana sería un mundo sin explotados ni explotadores, que a la vanguardia estaría aquel símbolo que representa la unión de los obreros y los campesinos. Te creo viejo y creo también en la capacidad de hacerse la autocrítica, eso me lo enseñaste tú. No quiero ocupar técnicas burguesas, ni escribir aquí con argumentos de El Mercurio y la derecha, mi único abogado defensor es tu palabra, tu ejemplo, tu ideología.

Cuando cayó la Unión Soviética yo era muy pequeño, no tenía ni tres años. Pero por todo lo que me hablaste de aquella enorme nación, me volví fanático a su cine, su literatura, coleccioné sus estampillas, billetes. Adorné por un tiempo mi dormitorio con hoces y martillos, con banderas rojas, sin saber que mi cuarto era el museo del fracaso. Tú me dijiste que no perdimos, que el imperialismo nos había golpeado, que había puesto muchos recursos para ese fin, que la URSS gastaba mucho ayudando a los pueblos, mientras que Estados Unidos los saqueaba. Te creí, pero entre líneas alguna vez mencionaste que el pueblo soviético, al que conociste, ya no se sentía identificado con la Revolución, recuerdo que me lo dijiste argumentando por qué Cuba no había caído. “El Partido hacía y deshacía sin consultar al pueblo, sin hacerlos partícipes, por ello los soviéticos, cuando cayó el socialismo, no se levantaron a defender la patria, porque no se sentían identificados con aquel proceso”. Algo así fue, sólo parafraseo.

El ejemplo tuyo y del Che se mantuvo, incluso fue creciendo. Cada día supe más. En tu patria tus amigos te delataron, contaron historias que tu modestia me ocultó por muchos años. Ya no podías crecer más en mí, viejo, compañero (para no perder la línea). Si crecías más ibas a reventar. Cuando pasé por el cementerio a homenajear a tus compañeros, el pecho se me arrugaba de tristeza, se me oprimía el corazón y mi garganta se torcía con cólera en demasía. Ellos eran parte de mi cambio, mi metamorfosis.

Claro, estuve una época alejado de ti, en la que mis prioridades se transformaron en la música, la ropa, el aparentar; pero como siempre, llegaste en el momento preciso a salvarme de aquel hundimiento, de la bobería. Me entregaste como un tesoro “El socio” de Genaro Prieto y me hablaste del valor de la creatividad, la imaginación: -Ellos jamás podrán entrar ahí-.

Tu impulso me volcó a las bibliotecas. Llegué a Marx y a Lenin, pero por un camino larguísimo. Empecé por la poesía, la trova, la música de Víctor y Violeta, o aquellas canciones que decían “qué viva el comunismo y la libertad”.

Llegué a tu tierra sucia, desvarada por la dictadura, herida, aún chupada por los hemofágicos herederos del neoliberalismo. Tú me dijiste que era muy fácil luchar en el socialismo en Cuba, pero que los gallos se medían en momentos duros. A mí me pasó que en Chile, me hice más comunista.

Al revés de lo que esperaría cualquiera, encontré asquerosa la hamburguesa que servían en el McDonals, no me gustó jamás ponerme ropa con estampas con las cuales le hiciera publicidad gratuitamente a corporaciones multinacionales. Al contrario de aquello, empapé mis manos en el engrudo (sin guantes); estuve hasta las tantas de la madrugada pegando afiches de candidatos que casi salen, de otros que no salieron y algunos que jamás saldrán; compartí con los compañeros en las escuelas de cuadro; más de una delicada amaranto conquisto mis anhelos de construir la Revolución “codo a codo”.

El Partido me hizo trascender más allá de mis manos y “no terminar en mí mismo”. Algunos compañeros fueron más que hermanos, más que primos, más que cualquier ser que compartiera un trozo de nombre; algunos compañeros fueron la vida, fueron la necesidad de vivir y morir a la vez, porque juntos pudiéramos construir aquel futuro hermoso y casi perfecto para los niños ficticios del mañana.

Pero padre, compañero, usted mismo me dijo varias veces, usando una de esas frases sacro ideales del materialismo: “la economía es la base del sistema”. Así que importa poco quienes estén a la cabeza de la podrida institución defensora del Estado burgués, llámense demócratas, socialistas, socialistas obreros, super revolucionarios, ácratas, socialdemócratas, nacionalistas populares; lo importante es que los gestos que hagan beneficien a las mayorías y sean un certero golpe a los intereses del pequeño sector aferrado al poder y a los recursos que deberían ser el sustento, el sueldo de nuestro pueblo.

Para hacértelo más simple, dividamos esto en dos ejes, dos interrogantes: ¿qué pasó con el centralismo democrático? ¿qué pasó con el discurso de Recabarren?

Es nítida aquella frase de que nuestro Partido era “el más democrático”. Los partidos burgueses podrían tener votantes en las poblaciones, pero jamás sus voces llegarían a ser parte de la línea programática de estos organismos defensores de los intereses foráneos, jamás llegaría el aliento del poblador a ser la bandera de lucha de los señores instalados en las cúpulas. Nuestro Partido, de raigambre obrera no padecía de esos dolores, éste es integrado por diversas capas y sectores de la sociedad chilena. Es así, lo sigue siendo, pero algunos compañeros han tomado el mal ejemplo de saberse dueños de la verdad.

Mi compatriota, el trovador cubano Carlos Varela, ya decía en su canto, “Guillermo Tell, tu hijo creció, le toca a él usar tu ballesta (…) Guillermo Tell, no comprendió a su hijo”. Escuché muchas veces eso en Cuba, nunca supe por qué. Los jóvenes siempre estaban equivocados, no comprendían la política del Partido, exponían con sus ideas el futuro del socialismo, eran contrarrevolucionarios. Oí melodías de desilusión, pero esos eran maricones, cobardes, pendejos que tarde o temprano iban a claudicar; “para una Revolución hacen falta cojones”.

Luego continuaron sonando aquellas melodías. Pasaron 30 años y Carlos Varela jamás se fue para Miami. Buena Fe, ahora los más caballos de la música y la lírica juvenil cubana, criticaban a “los gorriones del Comité Central” y hasta Silvio, férreo emblema de la Cuba libre, socialista, nos invitaba a superar “la R de Revolución”. Más de la mitad de mi curso se paró de puntillas en el Malecón habanero y desprendieron un doloroso viaje alado de huida, de huida a las voces que jamás se equivocaban.

¿Qué pasó con el centralismo democrático? ¿porque la mayoría no tiene la razón? El Partido no es un fin, no es un fin, es una herramienta, ellos también se pueden equivocar, como yo en este instante, pero juguemos, tiremos la pelota a la cancha y “que gane el más mejor” y es más, que no ganen los mejores, ni los más buenos, aquello es muy subjetivo, que gane lo que prime y beneficie a las mayorías, ¿no es acaso eso el comunismo?

¿Qué pasó con el discurso de Recabarren? Él despreciaba el parlamento burgués. Si acaso los obreros, los comunistas, estaban allí, era para ocuparlo como un espacio más de propaganda antisistémica. ¿Por qué abandonamos las calles, las fábricas, las universidades? Nos pusimos las pilas el día de la elección, marchamos por la Alameda gritando las consignas de siempre, agitando las banderas en un paisaje otoñal, rojizo. No tuve, no tuvimos la razón. Aquellos que se opusieron al asiento de adelante e iban con las manos amarillas aguantando los baldes en la camioneta, fueron bienvenidos hasta el día que les floreció la palabra diferente, diversa.

No quisimos votar por ella, nos equivocamos quizás. Quizás nuestra pueril lectura del momento histórico nos ha impedido comprender que Bachelet representa las banderas de un gobierno de nuevo tipo. Pero se contradice aquello cuando nuestro primer argumento fue que votaríamos por un programa. Gómez, MEO, Claude, gústenos o no, ya habían incluido en sus propuestas una Asamblea Constituyente, el fin al sistema binominal. ¿Por qué nos acomodamos a la que iba segura? Ella ya fue presidente y estuvo a la cabeza de un gobierno que puede ostentar la aprobación de la LGE, el asesinado de jóvenes mapuches, del obrero Rodrigo Cisternas, de la represión a la Revolución Pingüina.

Me argumentas diciendo que la Concertación ha muerto y me llevas a la pared con la espada de las frases diciéndome: ¿Acaso ya no crees en la idea de Fidel del mejoramiento humano? Claro que sí creo, por eso voté con convicción por Arrate, ex ministro de Educación de un gobierno de la Concertación, pero él, antes de mi voto, había renunciado al Partido Socialista y había entregado un claro programa que abarcaba en sí las demandas del mundo social.

Otra vez me he equivocado. Te preocupas por aquellas voces exaltadas que pensarán que como a Yoani me financia la USAID, que le hago el juego a la derecha, que soy un vástago malparido de la ultraizquierda. No padre, soy el engendro de tu crítica, soy el hijo que te ama y se cobija en el ideal de libertad tal y como se lo pintaste. Creo en la bala y no necesariamente en la de plomo, sino la que se gatilla desde la rebeldía. Sigo firme en el ideal insurrecto y mambí que me inyectó mi madre con su sangre, en la cual se graba el nombre de mi abuelo Esnel, guerrillero del Movimiento 26 de julio.

Yo no me voy viejo, pero no me quedaré como avestruz ante el honroso Comité de la verdad. No rebanaré mi piel, ni mi carne para que le preparen un asado a Michelle. Del Partido tendrán que echarme, porque no les entregaré las banderas de Jara, de Díaz, de Weibel, de Ugarte, de Neruda, de Matta, de Gladys, a aquellos que como sordos cangrejos caminan para atrás sin prestarle atención a las voces que se hallan a la orilla de nuestra historia.

Un fuerte abrazo.
Hasta la victoria siempre.

Tu hijo que te admira

Mauricio Leandro

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