Convención Constitucional: El derecho de los y las adultos mayores a una vida digna debe ser materia constitucional y garantizada por el Estado

La pandemia actual ha tocado con especial furor a las personas adultas mayores debido a condiciones de precariedad en términos de pensiones y de infraestructuras específicas de cuidados para hacer frente a los desafíos de la existencia humana en sociedades donde las desigualdades sociales campean e imponen un vivir de sufrimientos e incertidumbre para algunos, y de confort para otros. Y los fenómenos extremos resultado del cambio climático como las canículas o los fríos intensos, afectan de manera particular a las personas mayores.

Por Leopoldo Lavín Mujica

Una nueva Constitución debe hacerse cargo de los problemas fundamentales de la existencia humana en sociedad. El proceso de la vida humana, del nacimiento a la muerte, es un fenómeno social, es decir vivido como un caminar individual y colectivo, inmerso e intrincado en las relaciones sociales y en las instituciones como la familia u otras diseñadas para más tarde con el objetivo de vivir una vida plena. Una vivencia que debería ser agradable de acuerdo a las facultades humanas en cada etapa de la vida. El aporte de la ciencia en general, y específicamente de la medicina, la psicología, la antropología y la educación han contribuido a alargar la vida saludable de las personas en términos biológicos e intelectuales; por lo que la adultez mayor es una condición social que será experimentada cada vez más por un número creciente de personas. Así es como la vida ciudadana de participación en una democracia prolonga la toma consciente de decisiones; y el uso de los medios digitales, como ventana para acceder al mundo, es otra manera de vivir la existencia — algo así como una prótesis cognitiva —, que en esta etapa necesita cuidados especiales para seguir afirmando nuestra relación al mundo de manera activa y no pasiva. Incumbe al Estado, como instrumento de búsqueda del bien común, su realización efectiva. No obstante, las sociedades contemporáneas se desentienden de la adultez mayor. La cultura narcisista producida por el capitalismo consumista occidental venera tanto la imagen, como la juventud que pasa rápido. Y el “presentismo” generacional promovido por los medios desprecia la memoria y favorece el olvido; además de secretar anestesia intelectual. En otras palabras, una pérdida del sentido de la realidad humana y de sus virtualidades.

La pandemia actual ha tocado con especial furor a las personas adultas mayores debido a condiciones de precariedad en términos de pensiones y de infraestructuras específicas de cuidados para hacer frente a los desafíos de la existencia humana en sociedades donde las desigualdades sociales campean e imponen un vivir de sufrimientos e incertidumbre para algunos, y de confort para otros. Y los fenómenos extremos resultado del cambio climático como las canículas o los fríos intensos, afectan de manera particular a las personas mayores. En las sociedades con fuerte tendencia al modo individualista de vida impuesto por los poderes económicos, la dependencia de los mayores con respecto a personas de su entorno, o no, puede ser un fardo que complica la vida. El maltrato a los ancianos, que ha sacudido a las opiniones públicas en tiempos de pandemia, es una consecuencia de la precariedad institucional y falta de sensibilidad y de déficit de debate social y educativo respecto al tema.

Al neoliberalismo triunfante que apuesta al “capital humano” productivo, lo que es una ofensa a la dignidad misma, se añaden el poshumanismo y el biopoder que apuntan la nariz como visión ultramoderna e instrumentalizadora de la vida. Estas tres posturas revelan una deriva peligrosa para las sociedades humanas inmersas en modos capitalistas de producción donde por definición el trabajo humano es una mercancía y el cuerpo humano tiene valor en tanto es productivo.

Si bien el envejecimiento es una condición normal de la existencia humana, es un dato de la realidad que no todos ni todas envejecemos o envejeceremos en las mismas condiciones materiales que procuran dignidad. La faceta política del problema es evidente. Las derechas se ufanan de que los electores de entre los 55 a 80 años votan por sus opciones. Este conservadurismo es todo un tema de reflexión ya que no es determinado estrictamente por la edad, sino por la fragilidad de la existencia en un mundo en crisis y por los miedos y angustias específicos creados por los sectores interesados en que los cuidados apropiados dependan de cada familia. Estos deben ser una opción según ellos…como la “libertad de educar”. Los ricos pueden pagar hogares de ancianos de lujo (no siempre lo hacen) o servicios individuales por el cuidado de sus padres, abuelos o próximos. Y las familias trabajadoras deben asumir con dificultades los cuidados de sus seres queridos. Y, sin embargo, la vejez como proceso humano puede y debería ser vivida en condiciones que permitan acceder a la realización personal, al gozo del conocimiento, a la vida artística, a la información, a la sexualidad humana. No son “abuelitos” ni tampoco queremos que se les (nos) defina por solo un aspecto de nuestra identidad y condición humana. La educación y formación de personal en geriatría, ergonomía, psiquiatría, a nivel técnico y superior por ejemplo, debe ser tarea del Estado y del sistema educativo público.

Somos ciudadanos y seremos ciudadanas abiertos al mundo. A la máxima “nunca es tarde para aprender” que debe aplicarse, deben añadirse los descubrimientos de las ciencias cognitivas, de la neurociencia y de la farmacología. Estas sostienen que el ser humano, en su variada y enriquecedora plasticidad, es capaz de felicidad hasta los años tardíos de su vida. La protección del Estado y la garantía de condiciones de la vida adulta mayor deben estar constitucionalmente inscritas para construir las condiciones de realización de lo que es un derecho a una vejez digna. La reflexión sobre los adultos producida por los pueblos autóctonos o las primeras naciones debe ser aprovechada para ampliar la mirada.

Cabe mencionarlo aquí. Fue la filósofa francesa Simone de Beauvoir quien hizo que el envejecimiento fuera un tema importante de reflexión de la posguerra en el mundo occidental. La filósofa francesa le dedicó un voluminoso ensayo, La Vejez (1970), construido según el mismo método y enfoque multidisciplinario que su obra clásica El Segundo Sexo. La vejez es un tema al que Beauvoir vuelve constantemente en sus novelas, cuentos (La Edad de la Discreción, 1968 está completamente dedicado a este tema), ensayos y relatos autobiográficos. Sin embargo, este aspecto de su obra, al que Simone de Beauvoir daba gran importancia, es poco conocida. Ella misma había anticipado las razones de este descuido. Dijo: «Cuando digo que estoy trabajando en un ensayo sobre la vejez, la mayoría de la gente exclama: “¿Qué sentido tiene?” “Qué tema tan triste» (Beauvoir 1970: 8). Pero sobre todo era un «tema prohibido», una especie de secreto vergonzoso del que es indecente hablar. Beauvoir fue criticada por romper este tabú en su libro La force des choses, publicado en 1963, y aún más en su relato de los últimos años de existencia de su compañero de vida, el filósofo existencialista J.-P. Sartre, La Ceremonia del Adiós, publicado en 1981. Hoy en día, el tema ha dejado de ser tabú. El interés de una vuelta a la pionera de la reflexión sobre el envejecimiento no sólo se debe a la calidad y a la fama de su autora, sino a la forma en que distingue la situación respectiva de los dos sexos en la vejez. Ella afirma que la vejez no tiene las mismas consecuencias para los hombres y las mujeres y establece una correlación entre sus textos sobre la vejez con su clásico El Segundo Sexo. Hoy la vejez o adultez mayor de hombres y mujeres es un tema social político que debe ser materia constitucional.    


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