¿Cuál oposición?

La oposición no ha podido articular un discurso reconocible y atractivo que seduzca a las y los chilenos. Menos, consensuar un programa ideológico posneoliberal, que dé luces sobre el rol del Estado, la economía y la sociedad para el Chile del siglo XXI.
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Por Alonso Rojas y Juan Pablo Sanhueza / Fundación Chile Movilizado

La (ir)relevancia de la oposición

Resulta casi indiscutible el carácter irrelevante que tiene hoy la oposición en nuestro país. Sobre todo cuando vemos a diario que quienes se erigen como las únicas voces capaces de enfrentarse al Gobierno y hacer contrapuntos políticos pertenecen a las propias filas del oficialismo: Codina, Barriga, Lavín, Ossandón, por nombrar algunos.

Por lo que resulta interesante preguntarse si esta irrelevancia es coyuntural o estructural.

Efectivamente, la crisis por coronavirus permitió al Gobierno retomar la agenda político-comunicacional que venía perdiendo progresivamente el año pasado. Pero la recuperación de la agenda no fue a costa de quitarle protagonismo a la oposición, que ya era irrelevante incluso antes del 18 de octubre. La campaña del Plebiscito fue un veranito de San Juan que permitió difuminar diferencias políticas y programáticas bajo la consigna de una nueva Constitución, no instalar una agenda propia de un proyecto ideológico antagónico al del Gobierno. Durante el estallido social, ya los partidos de oposición intentaron hacer suyos discursos instalados por la ciudadanía, expresados en las diversas manifestaciones y redes sociales, siempre sin éxito.

La irrelevancia es, entonces, de carácter estructural, y tiene que ver con la incapacidad de los partidos que podríamos denominar “progresistas”, desde el Frente Amplio (FA) a la Democracia Cristiana (DC), de ofrecer un horizonte político reconocible que se haga cargo de las expectativas de democracia, participación, bienestar material y garantías sociales, que demanda la ciudadanía. La oposición no ha podido articular un discurso reconocible y atractivo que seduzca a las y los chilenos. Menos, consensuar un programa ideológico posneoliberal, que dé luces sobre el rol del Estado, la economía y la sociedad para el Chile del siglo XXI. 

De hecho, ante la pregunta ¿oposición a qué?, surge otra: ¿Es solo una oposición a la figura de Sebastián Piñera y su gobierno o es una oposición al modelo neoliberal que ha transformado a Chile en uno de los países más desiguales del mundo?

En el primer caso -una oposición al gobierno de turno- estaríamos ante una oposición efímera y vacía de propuestas que solo existe en función de la negación a Piñera y, por lo tanto, tiene como fecha de caducidad la próxima elección presidencial. En el segundo supuesto -una oposición al modelo- es necesario repensar la articulación opositora en función de caminar hacia la superación de una sociedad neoliberal, lo que requiere definir una frontera clara entre el adversario y los posibles compañeros de ruta con quienes construir alianzas políticas y/o electorales. En un bando se posicionarán quienes están por un proyecto posneoliberal, y del otro lado quienes defienden el modelo actual, sean o no oposición a este gobierno en particular. Tal es el caso de la actual Democracia Cristiana, por ejemplo. 

El Frente Amplio

De más está decir que el Frente Amplio no es ajeno a este cuestionamiento. Una coalición cuya fuerza radica en “ser nuevos” corre el riesgo de dejar de serlo, por el paso del tiempo y las contradicciones propias de disputar la institucionalidad. La fuerza del FA se apoyaba en una cuestión muy simple: no eran la Concertación-NM. Pero el 15 de noviembre volcó sobre el conglomerado una carga simbólica negativa, a partir de la indeseable imagen junto a la casta política, donde se suscribió el acuerdo que abrió paso a un proceso único e histórico, inimaginable hasta hace unos meses, pero que rompió con ese único elemento diferenciador que le otorgaba valor. El acuerdo por la paz aceleró el paso del tiempo y envejeció al Frente Amplio de la noche a la mañana. Cuestión aparte el oportunismo de quienes negaron un acuerdo que suscribirían con posterioridad.

Si se pretende articular una oposición superadora del estado actual de las cosas, en los términos planteados anteriormente, se debe saber que no basta con la sola enunciación de “oposición”, sino que se requiere construir un relato que distinga nítidamente esa posición y el proyecto de país que propone frente a quienes renuevan votos con el proyecto de país que han administrado las últimas décadas. 

Ese proyecto de país no se reduce, en ningún caso, a un puñado de políticas públicas que concedan ciertas garantías a la ciudadanía, sino que es el paradigma que permitiría establecer el marco dentro del cual se define, antes que todo, la normalidad. Conceptos como libertad, patria o progreso deben proyectarse, desde esta oposición que llamaremos relevante, y de paso dejar de entregarlos a los sectores que abusan de ellos para poner el pie encima a cualquier atisbo de democratización o alternativa al desorden neoliberal.

Es a fin de cuentas la posibilidad de dar cuerpo a una identidad popular, es decir, la construcción de un pueblo (consideramos que actualmente existe una masa, población, no pueblo como unidad política), la que va a permitir dejar de ser la oposición a un gobierno, para ser la oposición a un modelo de precarización y exclusión. Es en esta segunda dimensión donde nos inscribimos porque la consideramos útil para, desde allí, proponer una nueva normalidad republicana y plebeya que amplíe derechos para los de abajo y no sostenga los privilegios de los de arriba. 

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