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Cuando el trabajo no dignifica al hombre

Vivimos en la dictadura del mercado y tenemos muchísimo que cuestionar, pero no es de eso que quiero hablarles en este momento. Quisiera que pudiéramos pensar en la dignidad de los que hacemos que esta gran máquina, que promueve el consumo sin sentido y los antivalores, se mueva a favor de los bolsillos de los archiconocidos de siempre.

Desde que se instauró, por la fuerza, la lógica de la acumulación de capital y la propiedad privada en Chile, las condiciones laborales de los trabajadores del país han sido castigadas bajo el pretexto de “disminuir costos y aumentar utilidades”, llegando incluso a cometer atrocidades que atentan directamente a la integridad de las personas que esforzadamente trabajan sin cesar y ni aún así logran tener la tranquilidad suficiente como para llegar a fin de mes tranquilos, sin apuros.

Según cifras de la Fundación SOL el 50% de los trabajadores chilenos gana menos de 251.000 pesos. Pareciera una mala broma, pero no lo es. Se ha puesto el dinero por sobre la vida de las personas, que no sólo son explotadas en extensas jornadas laborales sino que, también, en varias ocasiones son tratadas de manera vejatoria en sus puestos de trabajo.

Si a este panorama de subvaloración del trabajo le sumamos el desastre inminente debido a nuestro sistema de pensiones, las cuentas nos hablan de un país que cojea; un país donde no se respeta la vida y que nos deja a merced de los grandes capitales que nos ven como una cifra más dentro de sus balances económicos sin importarles nuestro presente y, mucho menos, nuestro futuro. ¿Qué ciudadano, común y corriente, puede decir que tiene un próspero porvenir bajo el contexto en que nos obligan a vivir?

Ejemplo de lo anterior son los trabajadores de importantes cadenas comerciales que hoy se han levantado exigiendo una mejora en sus condiciones laborales y recompensas por la labor desempeñada. Muchos de ellos han sido invisibilizados por la prensa y callados por sus directivos. Algunos han tenido que claudicar la lucha para no ver afectado ni su salario ni su continuidad en la empresa.

Hasta el momento la situación es lo suficientemente grave como para hablar de una crisis social, pero si hilamos más fino nos encontramos con que la situación es aún peor: Más de un millón de chilenos trabajan sin contrato, por menos del sueldo mínimo, sin nadie que controle sus horarios ni vele por sus derechos. Ellos parecieran estar condenados a empujar el carro de otros que llenan sus cuentas bancarias con el sudor ajeno.

Muchas veces escuché a los viejos diciendo que el trabajo dignifica al hombre, ¡Pero cuántas dudas sobre esa máxima tengo hoy! Aún más viendo la cruda realidad de familias que con mucho esfuerzo no alcanzan a cubrir sus necesidades básicas, no tienen asegurados el derecho a la vivienda; a la salud y además cargan con el peso de una probablemente intranquila y triste vejez.

¿En qué momento tomaremos acción y trabajaremos por un país más justo, menos desigual y más inclusivo? Es indignante e inaceptable vivir en un país donde, incluso trabajando, una familia siga siendo pobre. Los invito a que salgamos de nuestras casas con la disposición de cambiar el modelo; con la convicción de que sumando nuestras voluntades se logrará imponer el respeto por la vida antes de cualquier otra cosa.

Por David Catalán

Voluntario de Techo-Chile en la Región de Valparaíso

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