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Cuba: del bloqueo a la visibilización del fracaso de la ONU

cristina oyarzoEl día 29 de octubre de 2013, como desde hace 22 años consecutivos, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprueba una resolución que condena y exige el cese del bloqueo económico, comercial y financiero a la República de Cuba, interpuesto unilateralmente por Estados Unidos desde el año 1962. Esta resolución contó con el voto a favor de 188 países -de un total de 193 miembros de la organización-, dos en contra –Estados Unidos e Israel- y tres abstenciones –Islas Marhall, Micronesia y Palau-[1].

El canciller de Cuba, Bruno Rodríguez planteó que las consecuencias del bloqueo han afectado a la isla en un aproximado de 1,157 billones de dólares, lo que ha traído duras consecuencias en la población, en términos de salud, alimentación y el desarrollo en general de su sociedad. Por otro lado, argumentó que esta situación vulnera el derecho internacional y la Carta de Naciones Unidas, principalmente en cuanto a la autodeterminación de los pueblos y la no intervención en asuntos internos de terceros estados, y evidentemente, a los derechos humanos.

El caso es que, aun cuando la mayoría abrumadora de los Estados miembro de la ONU coincide con este diagnóstico y se pone de acuerdo en una solución, la Asamblea General no cuenta con las herramientas para hacer que estas resoluciones sean de carácter vinculante, y por lo tanto, en términos prácticos, la voz de ésta queda nada más que en una declaración de buenas intenciones.

La hipótesis que se plantea en este escrito es que, independientemente de los efectos del castigo político a la isla de Cuba por poner en práctica un modelo de desarrollo que confronta el mainstream moderno, se hace evidente que, en pleno siglo XXI, la ONU ha fracasado en su intento por generar políticas de consenso internacional para enfrentar los conflictos que se plantean entre los Estados.

En primer lugar, como ya hemos planteado, las Naciones Unidas, en uno de sus órganos principales de deliberación, la Asamblea General, no cuenta con herramientas institucionales que doten de poder suficiente a sus miembros organizados para hacer valer sus resoluciones, aun cuando éstas son casi unánimes.

Las Naciones Unidas arrastran hasta el día de hoy las consecuencias de un nacimiento que se produce a partir de las consecuencias de las dos Guerras Mundiales que se produjeron en Europa y un muy particular orden internacional posterior, la Guerra Fría, que enfrenta a dos poderes hegemónicos: EEUU y la Unión Soviética, con modelos ideológicos, políticos y económicos contrapuestos. Esto es, una organización que se genera, se estructura y se legitima a partir de los dictámenes de los Estados triunfadores de la Guerra, estableciendo un sistema en que, el llamado tercer mundo es mero espectador en la toma de decisiones a nivel internacional. La mejor forma de graficar esto es el Consejo de Seguridad, que cuenta con miembros de primera, Estados Unidos, Rusia, Inglaterra, Francia y China, con poder de veto y poder vinculante en temas de la mantención de la paz y seguridad, y miembros no permanentes, elegidos del resto de los 193 Estados que la conforman. Estos, por supuesto, no tienen derecho a veto. Y, al mismo tiempo, la Asamblea General, que delibera con todos los Estados miembro en igualdad de condiciones y derechos, sin poder vinculante. He ahí el origen de un absurdo como el de las 22 resoluciones que rechazar el bloqueo unilateral de Estados Unidos a Cuba y el nulo peso que tienen estas para incidir en las decisiones que toma uno de los Estados de primera categoría, Estados Unidos, en torno a uno de los de segunda, Cuba.

Hoy, cuando la Guerra Fría se ha dado por terminada, y las potencias que dominaron la política internacional de buena parte del Siglo XX se encuentran, al menos, en declive, ¿qué es lo que podemos decir? Al menos, que el sistema que hemos heredado vulnera los mismos principios en que se basa, en este caso, el artículo 1° párrafo 2 de la Carta, que plantea el “respeto al principio de igualdad de derechos y al de la libre determinación de los pueblos” y el artículo n° 2, párrafo 1, que establece “la igualdad soberana de todos sus miembros”[2]. La situación de Cuba nos habla hoy, por lo tanto, del fracaso de la puesta en práctica de estos principios, y por lo tanto, de la organización, o al menos de la forma en la cual están distribuidos los poderes en ella.

Lo que urge entonces, más allá de perseverar en los quehaceres contrahegemónicos de los Estados en instancias como la Asamblea General de las Naciones Unidas, es visibilizar que la anacrónica forma de organización de la sociedad internacional necesita una profunda revisión. En la actualidad, existe un constante desplazamiento de poder desde las potencias del pasado siglo hacia Estados que plantean otra forma de resolución de conflictos y organización y que hacen referencia a un mayor equilibro internacional, a unas nuevas concepciones de justicia y formas de desarrollo que no necesariamente se condicen con las que han primado en los últimos 100 años. En estos últimos dos puntos, es necesario reconocer, que más allá de Estados, los que ponen estas reflexiones en la agenda son organizaciones sociales y políticas que muchas veces sobrepasan los conceptos que fundan el Estado Nacional.

No podemos dejar de plantear, sin embargo, que este desplazamiento de poder puede generar, en el futuro cercano, solo un recambio de potencias y mantener intactas las lógicas de asimetría de las que somos parte. Nada asegura la inevitabilidad del cambio. La ingenuidad política puede hacernos tropezar, nuevamente con la ilusión.

Esta nueva condena por parte de 188 Estados a las políticas unilaterales de una potencia en crisis, Estados Unidos y en este caso  en contra de Cuba, es una posibilidad de visibilización, pero para que la posibilidad se haga carne, es absolutamente necesario abrir los ojos, arriesgar el discurso y no sucumbir ante la ingenuidad.

 Cristina Oyarzo Varela*

(*) Analista internacional, colaboradora permanente de HispanTV, El Ciudadano y otros medios escritos, especialista en temas del Mundo Árabe y América Latina. Tw: @CristinaOyarzoV

 

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