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Curas y polleras

Ayer, un amigo momio de tomo y lomo, me hablaba sobre la importancia de no abortar. Toda su artillería, guardaba para el remate un argumento tan sólido como sus fundamentos: ante dios, toda la humanidad, tenía derecho a la vida. Sin perjuicios, lo escuché en detalle y me tragué mis ideas, no quería interrumpir la pasión de un hombre conservador, asiduo visitante y contribuyente de la iglesia.

Mi amigo, como un pájaro postrado en una especie de tiniebla eclesiástica, no hizo más que evidenciar que toda esta telaraña tiene un denominador común: un puñado de curas. Sin embargo, a pesar de nuestras diferencias, creo que ambos somos el resultado de un país temeroso, que acepta cualquier disposición de las sotanas sin medir consecuencias. Sus posturas en materias tales como salario y sexualidad las digerimos como provenientes de voces expertas. Guste o no, trabajo y sexualidad, desde hace cientos de años no son la especialidad. Sin exagerar, da la impresión que en materias valóricas, los curas nos interpretan como un conjunto de aborígenes, todos sedientos de sus valores torcidos. A lo menos en Chile, la iglesia dejó ser la institución de los indefensos. Los curas honestos hoy son minoría.

Hace unos días, un reportaje por el canal estatal, acostumbrado en este último tiempo a dar tribuna y disfrazar lo más insólito de nuestra fauna, transmitió un reportaje sobre matrimonios extranjeros, principalmente italianos, que encontraban en Chile un importante nicho para la adopción infantil. Mientras el reportaje avanzaba, algo titilaba en mi memoria. Recordé que hace años llegó a mi oficina una pareja de jóvenes, que denunciaban que el Sename de Aysén, a través de su directora, les arrebató a su hijo argumentando malos tratos. Según el relato de los jóvenes, su hijo fue negociado a través de la iglesia y el Sename a un matrimonio de italianos. De su hijo patagón no supieron nunca más.

Algo huele mal en la iglesia. La partida de Benedicto obedece a todas luces a una fulminante enfermedad valórica y moral, donde hemos aprendido con abusos que en el rebaño, los lobos disfrazados con piel de oveja son los suficientes para clasificarlos de oscuros. El cardenal Errázuriz desde que visitó a Pinochet me parece un hombre perturbado y encubridor. Por su parte, James Hamilton, hombre valiente, habló con la verdad y dejó un precedente sobre la larga historia de abusos contra menores en Chile. Pero había más, a la lista de maniáticos se sumó la madre superiora Isabel Lagos Drogget, del colegio Las Ursulinas, quien dio el tiro de gracia.

Con todo esto, la iglesia simboliza la institucionalidad de lo terrible, donde son más los antecedentes de pedofilia que actos de buena fe. La bomba ya detonó con la potencia suficiente para hacer volar la institución. Pero con todo esto y más, hay quienes los defienden al borde de la histeria.

Un registro de pedófilos eclesiásticos puede ser un camino, pero la raíz del problema tiene –a mi juicio- elementos aún más complejos, tan profundos, como el silencio desquiciado del cardenal Errázuriz y sus secuaces. La postura y complicidad de los emperadores del celibato frente al aborto apesta, pero por sobre todo es preocupante. La insistencia en sus hábitos añejos, persistiendo en el nacimiento a cualquier costo me produce ruido, me abruma y es coherente controlarlos. A pesar de todo, convengamos en lo insólito del asunto: hombres de polleras, con un gran número de pedófilos conocidos, protegidos y encubiertos, decidiendo las conductas sexuales de Chile. Con una mayoría que los sigue  y respalda, transformándolos de abusadores de menores a víctimas.

Por Jaime Varas

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Jaime Varas Esquivel. Lic. en Cs. de la Acuicultura.
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