El amor en tiempos de crisis climática

El récord de temperatura registrado durante el mes de enero en todo el mundo –incluidos los 20 grados en la Antártica-, la plaga de langostas en África que muy probablemente deje a millones de personas sin alimentos y los incendios forestales en Australia, son algunos de los eventos extremos que nos indican que ya hemos entrado en una etapa de agudización de la crisis climática y ecológica. Nuestra civilización industrial parece arrastrarse en su decadencia y la gran incertidumbre es saber cómo y cuándo terminará.

La vida seguirá en el planeta con o sin seres humanos. La que se encuentra en jaque es la civilización, ya que una vez acabada la fase expansiva y la de estancamiento, sobreviene en la historia de las civilizaciones un período contractivo que puede ser terminal. Más de cien civilizaciones a lo largo de la historia han atravesado procesos similares.  

Entonces, esta idea disruptiva que ubica en el horizonte de la vida humana un colapso civilizatorio, nos obliga a repensar el conjunto de necesidades humanas que creíamos que estaban garantizadas por nuestra civilización industrial y que ahora -paradójicamente- por el desarrollo de la misma se ven amenazadas. Nos referimos a las necesidades vitales como el agua, el aire limpio, la energía, la alimentación sana, la ausencia de virus patógenos. Todas ellas son necesidades existenciales cuya no satisfacción puede llevarnos a la extinción.

Las necesidades vitales están por encima de otras necesidades como las sociales, que –legítimamente- son las más demandadas. Sin embargo, una sociedad puede sobrevivir si no tiene un sistema formal de educación pero no puede hacerlo si no tiene agua para beber.

El coronavirus en China es un buen ejemplo del resurgimiento de una necesidad existencial. China necesita controlar y eliminar la epidemia pues si no lo consigue su población puede quedar muy debilitada. A lo largo de la historia han existido muchas epidemias y en todos los casos, su control se transformó en una necesidad vital. Por eso mismo, la satisfacción de esta necesidad está por encima de cualquier otra para el Estado: la mayoría de las personas aún no regresan a sus trabajos, más de 280 millones de niños en edad escolar todavía no pueden volver a clases, los habitantes de numerosas ciudades afectadas por el virus no pueden circular libremente por las calles y están obligados a permanecer encerrados en sus casas.

En este escenario, los lectores podrán preguntarse: “¿Qué tiene que ver el amor con la crisis climática?”. Ciertamente no se trata de una relación evidente pero ambas cuestiones están vinculadas.   

Si hacemos caso a los científicos y biólogos, el amor como capacidad que tienen los seres humanos para sentir una particular atención por otro ser humano, animal o cosa, ha cumplido una función primordial en el desarrollo y mantenimiento de la especie.

Según el científico británico, Richard Dawkins (El gen egoísta, 1993), en nuestra civilización existen dos formas principales de entender el amor. Por un lado, el amor egoísta y competitivo y, por el otro, el amor altruista y colaborativo. En nuestra civilización, articulada en torno a la sociedad de consumo, es la forma egoísta y competitiva la que ha predominado. Esta sociedad necesita que el acto de enamoramiento, que por lo general dura poco tiempo, se renueve continuamente por medio de la satisfacción de necesidades que se buscan la mayoría de las veces en el mercado. De esta manera, los “satisfactores” terminan reemplazando a las necesidades mismas.

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En este contexto, si los distintos sectores de una sociedad no puedan acceder a esos consumos, los mecanismos para mantener el pacto original que permitió tener una familia o una vida en común se debilitan y llegan a un estado en el que las formas e instituciones del amor narcisista, egoísta y competitivo entran en crisis.

Una crisis global como es la climática y ecológica nos hace repensar cuál es la forma de amor más adecuada para enfrentar una nueva normalidad climática que requerirá una adaptación profunda. Desde esta mirada, el acto de emparejarse ya no tiene como motivo principal la continuidad de la especie humana por medio de la reproducción, debido a que la misma ha sido desmedida y hoy nos enfrenta a la sobrepoblación.

¿No habrá llegado el tiempo en el que el amor egoísta, personalista y narcisista que impulsó a esta sociedad tal cual la conocemos dé lugar a otra forma de amor, que sea más altruista y colaborativa y que se adecúe más a lo que nos toca vivir?

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Desde nuestro punto de vista, el amor es el impulso básico que guía la vida humana y probablemente también la de otras especies. Si queremos realmente salvar la vida humana sobre el planeta, creemos que debemos darle una oportunidad a la práctica de otro tipo de amor que sea altruista y colaborativo.

Las visiones orientales del amor -como las budistas-, están mejor preparadas en ese sentido y pueden servirnos de inspiración. En ellas, el amor es aquel sentimiento que se expresa sin esperar nada a cambio del otro, que es incondicional por esencia y que nos permite vislumbrar lo que podría ser el amor universal, un amor que se siente por todo lo vivo, por la naturaleza y desde el cual procedería nuestra creación.

La crisis climática está poniendo fin a nuestra civilización tal como la conocemos y ha llegado el momento de prepararnos para lo que sobrevendrá. Según la ONU, nos quedan diez años para controlar el cambio climático. Lo cierto es que ese límite podría alcanzarse antes, en 2027, al superar los 1,5 grados de aumento en la temperatura.

Consideramos que ha llegado el tiempo de transitar desde el amor como práctica del instinto de conservación del individuo (egoísmo), al amor como altruismo y colaboración que busca ante todo la preservación de la especie. En los próximos años y vinculado a la crisis climática, nos tocará elegir qué tipo de amor queremos privilegiar; como especie tendremos esa oportunidad.

Por Manuel Baquedano

Fundador del Instituto de Ecología Política

Publicado originalmente en Poder y Liderazgo.

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