El continuo de la resistencia

No quiero hacer la larga lista de los agravios. Quiero nomás decir que me gusta la idea de que el acto de resistencia que hace Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973 -eso de querer quedarse en un palacio sometido a bombardeo aéreo y terrestre, en una ciudad entre sitiada e invadida, en un país siendo ocupado militarmente- es un acto que tiene una conexión con lo que conoció en su primer contacto político social con el pueblo resistente: sus conversaciones con aquel zapatero anarquista de Valparaíso.

Me gusta pensar que cierta ética anarquista, de la responsabilidad política personal, de la acción directa, le vinieron como herramientas apropiadas al momento que vivía. Obviamente junto a otras muchas de sus experiencias pasadas.

Pienso esto porque hoy es un nuevo 11 de septiembre, y respecto a los sucesos de 40 años atrás me niego a recordar solo el golpe militar. Prefiero instalarme en la memoria de pueblo que tengo, es decir mi propia memoria no normalizada, en ese continuo de resistencia en que la vida se ha convertido, para muchos y muchas.

Un continuo de resistencia, sobre todo, al intento orquestado de convencernos de que todo está hecho ya y que no podremos enviar todo al carajo.

En algún momento, no se cuándo, me sentí resistente. No sé cuándo. En algún momento de mi niñez. Tal vez cuando mi madre daba naranjas, como todos los vecinos, a los soldados que intentaban frenar el tanquetazo de ese junio del 73. Tal vez cuando mi madre increpaba a los militares que se burlaban de la gente que hacía cola para comprar en los negocios que se abrían un momento los días después del golpe militar. O quizá me hice resistente cuando fui entendiendo que la muerte de mi tío Jorge era algo que era complicado preguntar a los adultos.

Mi vida, como otras, se hizo resistente contra el hambre, el desempleo de las personas adultas, un presente anodino, miserable, miedoso. De días que acababan temprano, de noches de toque de queda, de estados de excepción.

Me hice resistente a tanta marcha e himno militar, a las brigadas escolares con sus correas blancas, a los intentos patrioteros de hacernos celebrar tanta batalla ganada o perdida, pero siempre con héroes que morían en medio del fuego y la metralla. Mi mal oído para la música ha de venir de esa sobredosis de música militar que nos regalaron en los colegios.

En algún momento escuché de las manifestaciones citadas en el centro, fui a alguna y me cagué de miedo. Luego fui a alguna concentración semiautorizada y me re cagué de miedo ante la represión policial. Luego, luego vino el gran luego de resistencia en el liceo y en la calle, o al revés en mi caso. Por las nuestras en nuestro barrio, en nuestra cuadra, así como jugábamos a la pelota, nos pusimos a jugar a las barricadas. A una cuadra del regimiento que no es poca cosa, ahora que lo pienso.

En el liceo encontré compañeros y compañeras con más experiencia, hicimos más cosas, y entre todxs, con acción en la calle y en la sala, pusimos en jaque a la dictadura. Tan en jaque que llamaron a plebiscito para calmar las cosas.El plebiscito del 88: un tranquilizante.

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Nos tocó resistir al plebiscito, a las negociaciones que dejaron las ataduras de Pinochet muy bien atadas, resistir a los acuerdos del 89 y a la democracia «de los acuerdos» y «en la medida de lo posible», a la «democracia» con Pinochet comandante en jefe y con senadores designados. A la democracia de malls y carreteras concesionadas, de lobby y fondos concursables. A la democracia con presos políticos y presos asesinados en su fuga, democracia de niñas acribilladas por la policía en la micro. Resistimos a una democracia con «oficina» donde los antiguos «comandantes» se transformaban en eficaces colaboradores de la «inteligencia civil» hermana de la «militar». Contra los «ejercicios de enlace» y los «boinazos» la política de dar el brazo a torcer y no causar problemas.

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Resistimos a la ofensiva antisindical, negociada en Lota contra los mineros del carbón que hicieron la lucha hasta que la «izquierda» negoció el cierre de las minas de carbón a cambio de puestitos en la administración de la pobreza.

Resistimos a la ofensiva empresarial y edilicia, que transformó ciudades y pueblos a favor del negocio inmobiliario y consumista. Y seguimos resistiendo al militarismo, en especial al militarismo del olvido socialista que se reafirmó en una ministra ex exiliada y ex torturada arriba de un tanque paséandose por poblaciones anegadas, contenta ella en su uniforme militar prestado.

Resistimos a la impunidad militar construida sobre los cadáveres de Pedro Soto Tapia en San Felipe y de los 44 de Antuco, que ensangrentaron el pulcro curriculum político del cómplice de impunidad Cheyre, quien hasta hoy no es procesado por su responsabilidad en la burda, absurda, torpe masacre de esos muchachos en la nieve de Antuco.

Resistimos a la manía represiva de los pacos, a los burdos montajes anti okupas, a la caza de anarquistas, a la represión racista a lxs mapuche, a lxs mestizxs, a lxs rapa nui, a lxs trans, a las lesbianas, a lxs gays pobres, a todo pobre.

Resistimos hasta que terminamos odiando el Estado, saliendo de él a seguir resistiendo, en otro lugar, con otra historia. Hoy es otro 11 de septiembre, como otro 1 de mayo, como otro 12 de octubre, como -ahora- otro 15 de junio. Y en la resistencia somos más lo que queremos ser que lo que nos obligan a ser… por eso, seguimos.

Pelao Carvallo

10-11 de septiembre de 2013

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