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El cuarto reservado de Clotario Blest

oscar ortizAl celebrarse el 17 de noviembre, los 114 años de su natalicio, quiero recordar parte poco conocida de la existencia de Clotario: su amor por las artes y sus disciplinas.

Es sabido por quienes trabajamos con Blest, que había en su casa un compartimiento que se mantenía herméticamente cerrado. Cuando alguién ingenuamente -principalmente periodistas o visitantes extranjeros- pedían acceder a ese cuarto para algunas fotografías o imágenes cinematográficas, Clotario se negaba rotundamente.

Durante los primeros años que laboré con Blest -en calidad de secretario personal, título asignado por él- jamás me permitió ingresar ni asomar por esa área. Ello alimentaba en mí, diversas conjeturas sobre tan extraño proceder y que a mis 16 años, yo apreciaba fantasiosamente. Empero, algunos viejos camaradas de la Anef y de la CUT, se congregaban junto a Clotario en esa sala, donde se oía que primaba el buen humor, que yo podía percibir desde la otra ala de su domicilio. Hasta que una tarde de 1972, el dueño de casa me comunicó que iría a por varios días a un seminario de historia social a la Universidad del Norte en Antofagasta, solicitándome que por favor fuera diariamente a alimentar a las palomas y gatos. Mientras me entregaba su manojo de llaves.

Aquella noche casi no dormí por la espera de lo que me deparaba. Cuando abrí la puerta del cuarto prohibido al amanecer, la panorámica que me recibió me congeló.

Centenares de libros antiguos y nuevos, de diversas materias, descansaban en filas de anaqueles que cubrían los añejosos muros de adobe. Se sumaban ordenadas rumas de textos- a semejanza de torres- que reposaban en el suelo. Muchas carpetas con recortes de artículos periodísticos, fundamentalmente de crítica literaria y de arte –algunos subrrayados y con anotaciones al margen- se atesoraban. En un rincón de la muralla que daba a calle Santa Cruz, una fotografía en sepia de una silueta con tupidos bigotes, cruzado por una caligrafía ilegible en el costado derecho, se destacaba por la elegancia del marco. Armonizando con la austeridad del lugar, sobre un esquinero estaba asentada una radio a transistor, conectada a un tocadiscos, en cuyo interior se encontaban apliados cajas con discos, preferentemente orquestados. Entonces en un impulso inconsciente me puse a examinar al azar los libros. Muchos clasificados por autores o materias.

En la tarde que nos reencontramos, luego de su regreso, Clotario me agradeció las gestiones domésticas relativas a sus mascotas. A quemarropa Clotario, esbozando una sonrisa, me preguntó “¿tiene todavía dudas de que yo oculto algo ignominioso en mi casa?…”

Agregando que su rigurosidad respecto a ese aposento, obedecía a que allí ejerce de acuerdo a las lecturas o sonidos musicales profundas reflexiones. “Y todo sitio en que se medite tiene que ser celosamente protejido, como acontece en los conventos o templos”, agregó.

Me explicó que las artes han sido su predilección desde pequeño y como vio en mí bastante interés en ese tópico, me invitó a acompañarlo. Por lo que empecé a llegar a su casa muy de mañana pues a esas horas Clotario realizaba estas actividades. Recuerdo que en algún momento, nos acercamos a la foto del hombre bigotudo y señalándolo con su índice me confesó: “él es mi tío Alberto Blest Gana, hermanastro de mi padre y fundador de la novela en Chile, quizás mi consideración por lo artístico venga de ahí…”.

A la vez que me enseñaba una veintena de obras en primera edición de su pariente y dedicadas a Ricardo, progenitor de Clotario.

Aprovechando los ratos libres que yo poseía por las prologadas huelgas secundarias –en los meses ulteriores- comencé a concurrir matinalmente. Sin referirmelo, percibí que deseaba orientarme implementando un novedoso recurso pedagógico. El primer paso era estudiar una escuela literaria o de Bellas Artes y seleccionar a un exponente de dicha corriente; él mismo me prestaba los textos que siempre traían adosado en las solapas comentarios y críticas de publicaciones sobre el autor y su obra. Era ideal para Clotario, que investigara al menos tres títulos atingentes al tema, para así construir mi propio juicio estético. Conocedor integral del lenguaje grecolatino -paralelamente- descifraba magistralmente la etimología de las palabras usuales en el castellano. Además del conocimiento bibliográfico, las continuas y amplias charlas que sosteníamos con literatos, artistas plásticos, músicos e histriones, que se presentaban en su hogar, constituyeron para mí otra gran fuente de aprendizaje. Fruto de estos coloquios que realizábamos en su biblioteca personal, pude develar los estrechos vínculos que Clotario mantenía con la vida cultural.

Gonzalo Drago, funcionario de la Tesorería de la República, dirigente de la Anef, e importante integrante del grupo literario Los Inútiles, de Rancagua, me puso al corriente de los viajes que Clotario realizaba a esa ciudad, sólo con el propósito de escuchar la poesía de Oscar Castro. Los otros miembros de Los Inútiles –frecuentes asistentes a la casa del sindicalista- Felix Miranda y Baltazar Castro, confirmaron la cercanía de Blest con ese grupo. Un día muy de mañana, me encontré con Jorge Tellier y Enrique Lihn, bebiendo café con Clotario, también me interioricé por el músico Domingo Santa Cruz –quien sentado al lado de Blest susurró- que el fundador de la CUT estuvo muy ligado en su adolescencia a Enrique Soro -el virtuoso pianista pionero en plasmar su obra en discos que recorrieron el mundo- con quien compartía tertulias musicales. En otra ocasión, Samuel Román, el escultor de las canteras y Premio Nacional de Arte (1964), me narró cómo le gustaba a Clotario dialogar y cooperar en las obras metálicas que esculpía Totila Albert. A su vez, gracias a la visitas de Camilo Mori e Israel Roa a Clotario, pude aprender de pintura. Por su parte, Manuel Rojas y Benjamín Subercaseux también eran asiduos visitantes de Blest. Una mañana cualquiera, encontré a Clotario comentándole a Claudio Giaconi –a la sazón periodista de la UPI en Estados Unidos– que su obra Dífícil Juventud, era demasiado psicológica.

Pero, toda aquella hermosa dinámica, que en lo personal desarrolló en mí un espíritu libertario –frente al sectarismo político partidista que sacudía al país- se esfumó cuando a fines de septiembre de 1973, el domicilio de calle Santa Cruz fue allanado por fuerzas militares y civiles. Esa tarde no sólo nos vejaron, sino que saquearon casi en su totalidad el acervo que guardaba en aquella habitación.

-Mi preciado tesoro, producto de toda una vida se va en ese camión militar- fue lo único que me comunicó Clotario.

En las semanas siguientes, libreros del sector de San Diego -aledaños al inmueble de Blest- encabezados por Luis Rivano, devolvieron cerca de mil quinientos libros, de un total de casi seis mil (Estaba estampado su nombre y firma en cada ejemplar). Que por kilo, les habían ido a vender los saqueadores. En cambio, no recuperó nunca sus discos, pinturas y esculturas – creados especialmente para él- igual que todo el patrimonio de Alberto Blest Gana, incluyendo la citada fotografía.

A fines del primer trimestre del 74, logramos rearmar humildemente su habitación, pero ahora con una nueva función: se instala el mimeógrafo. Soporte para nuestro boletín informativo del Comité de Defensa de Derechos Humanos y Sindicales (CODEHS). Esta situación hizo que con mayor razón esa sala fuera celosamente reservada.

Por Oscar Ortiz

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