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El debate sobre drogas

Cada vez son más las voces autorizadas que se alzan en torno al tema de la marihuana, reivindicando, más o menos explícitamente, como algunos parlamentarios han venido haciendo en los últimos años, que su consumo –permitido en Chile, en que absurdamente la ley sólo penaliza el porte y el cultivo- es compatible con una vida productiva y, en los últimos meses, que su potencial terapéutico debe ser considerado. A estas alturas no debería sonar raro afirmar que la marihuana es solamente la punta del iceberg de una larga lista de compuestos largamente utilizados por el hombre en las más diversas épocas y culturas, con evidente provecho individual y colectivo. No se trata de negar los daños que el consumo excesivo de ciertas drogas puede causar, ni de negar el desarrollo, en una minoría de los consumidores, de adicciones biológicas, pero sí de reconocer que la ecuación, típica del auge de la guerra contra las drogas, en que la droga es sinónimo de muerte, es falsa. 

Simultáneamente, a nivel continental, y a través de prestigiosos think tanks y agencias internacionales –como recientemente la OEA-, se viene dando por fracasada la guerra contra las drogas, y promoviendo una aproximación más racional al problema. Y en Chile, hace pocos días el ministro de salud declaró que, desde un punto de vista médico, estaba de acuerdo en despenalizar el consumo de ciertas drogas, adoptando así una postura liberal y abriendo sorpresivamente el debate, al menos potencialmente, donde menos se esperaba: en el seno del propio gobierno. De paso, con ese gesto le dio un espaldarazo al presidente del Colegio Médico quien, en días recientes, en dependencias de la Orden, inauguró el Primer Seminario de Políticas de Drogas, una iniciativa por decirlo menos, visionaria.

Pero si la evidencia médica respecto al potencial terapéutico y a la relativa inocuidad de ciertas drogas hoy ilegales es clara, y los prejuicios, históricamente demostrados de la prohibición –corrupción y criminalidad-, también, no podemos decir lo mismo de la guía política del gobierno central: ciertamente a ese nivel no parece haber, todavía, claridad. Veamos: tan sólo horas después de la alocución del ministro, la directora del Senda, refrendada luego por la vocera de gobierno, hizo un llamado, precisamente a evitar confusiones y sobre todo, cambios legales.   

Evitemos, por nuestra parte, las confusiones: como ya dijimos, la actual legalidad chilena es absurda ya que, reconociendo el derecho al consumo privado, considera ilegales las formas de aprovisionamiento, y tiende a sindicarlas como tráfico. “El país no está preparado”, fue una de las afirmaciones oídas en boca de quienes pretenden evitar los cambios legales. Y uno piensa inmediatamente en todos esos jóvenes proletarios que por portar un poco de marihuana son fácilmente vindicados por fiscales, jueces y policías como micro-traficantes, siniestra figura que colabora en buena medida a abarrotar nuestras cárceles. La ley reconoce el consumo pero ¿qué cantidades son esas, en gramos, de cada droga? La ley no lo dice: lo deja al criterio de los agentes del sistema, y ya sabemos cuáles son esos criterios. La ley actual es la que, de modo diría yo que perverso, empuja al consumidor, en el momento en que este desea ejercer su derecho a consumir, a incurrir en ilícitos, el más común de los cuáles es entrar en contacto con  traficantes –perseguidos, a su vez, al menos oficialmente sin excepciones, por las policías- y por lo tanto a exponerse a serios riesgos de salud.

Es preciso, en esta hora, diferenciar por tipo de droga. Con la despenalización del cultivo privado de la marihuana –y por lo tanto, de la comercialización de las semillas- se solucionarían varios problemas al mismo tiempo, dando un reconocimiento a los usuarios lúdicos que ya la están cultivando, y generando además un acceso universal y a muy bajo costo para aquellos enfermos que realmente podrían beneficiarse de ella. Hay que entender que cada droga posee efectos potencialmente benéficos y también, potencialmente malignos: todo depende de la calidad del uso y del conocimiento del usuario. En una situación ideal, lo que tendríamos son culturas de consumo alrededor de cada sustancia, con procesos de aprendizaje y socialización, lo que de hecho está sucediendo gracias en parte, a las tecnologías de la información. En ese contexto ideal, organismos como Senda deberían dedicarse a informar, pero a informar de verdad, de qué se trata cada droga, en vez de remitirnos misteriosamente al silencio, diciendo que el país no está preparado.    

De las tres plantas milenariamente utilizadas por vastos conjuntos humanos para combatir los dolores físicos y morales –marihuana, amapola y coca-, en Chile solamente poseemos la marihuana y también, el principio activo de la coca en forma de clorhidrato: la cocaína. Es importante entender que la cocaína fue un medicamento utilizado por los médicos hasta bien entrado el siglo XX, y que su prohibición dio paso a un mercado negro que se ha cobrado muchas vidas, y no sólo por la increíble violencia asociada a la guerra que su tráfico involucra –y a ello parecen apuntar, más a que a la marihuana, los ex presidentes de México y de Colombia que han afirmado públicamente que la guerra contra las drogas fracasó-, sino también porque la prohibición significa también tener consumidores desinformados en contextos poco adecuados y además, lo que es letal, consumiendo sustancias adulteradas.   

Tal vez, para comprender la profunda complejidad del fenómeno de las drogas, y de paso la confusión y las contradicciones plasmadas en la ley y en los discursos oficiales a que asistimos hoy en Chile, sea bueno recordar que los prohibicionistas de la primera hora fueron ciertos religiosos para los cuales los placeres del cuerpo equivalían al pecado, a los que inmediatamente, como tan bien nos lo recuerda la exitosa serial Broadwalk Empire de HBO, dirigida por Martin Scorsese (y que trata de los efectos de la Ley Seca en Atlantic City en la década del 20) vinieron a beneficiarse de dicha cruzada políticos y criminales. ¿Cuánto ha cambiado desde entonces? 

 Por Pedro Musalem

Médico-cirujano, Magíster en Salud Pública y candidato a doctor en Antropología Social

 

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