Opinión

El declive de Estados Unidos (III)

La regresión de Estados Unidos es negada por sus gobernantes. El liberalismo justifica ese desconocimiento con falacias de excepcionalidad, superioridad idiosincrática o hipocresías de valores democráticos. Asigna míticas cualidades a un poder blando que perdió sus viejos cimientos. Mientras los neoconservadores repiten el mismo mensaje exaltando la fuerza militar, el realismo reconoce la adversidad omitiendo su basamento capitalista.

El declive de Estados Unidos (III)

Por Claudio Katz

Las enormes adversidades que afronta Estados Unidos son vistas en los principales círculos del poder como contratiempos pasajeros. No reconocen el declive, ni tampoco el rechazo externo al belicismo norteamericano o la pérdida de incidencia geopolítica del país. Esa negación es conceptualizada con argumentos disímiles por los autores liberales y neoconservadores, que cierran los ojos frente a los contundentes indicios de esa regresión.

El declive es en cambio avizorado por los teóricos del realismo, que registran la evidencia de la caída y por analistas del liberalismo crítico, que observan un retroceso relativo causado por desaciertos de la política exterior o por deformaciones en la gestión interna. Esta amplia gama de opiniones influye de manera muy variable sobre las corrientes políticas que disputan primacía en la elite gobernante.

EL NEGACIONISMO LIBERAL

Lo teóricos liberales suelen reflotar los mitos de la identidad estadounidense, para justificar su postura antideclinista. Algunos estiman que el país sigue siendo el principal referente internacional de un orden global de convivencia y progreso. Estiman que el tradicional rol norteamericano de “ciudadano prominente” de ese sistema, tiende a perdurar por el excepcional legado que concentra la primera potencia (Ikenberry, 2018).

Con más recato que en el pasado, este diagnóstico recrea la vieja idealización de Estados Unidos, como una potencia singular que despierta admiración, respeto o envidia del resto del mundo. Esa visión omite todos los indicios de pérdida de esa centralidad y continúa enalteciendo al país, como un caso excepcional que lo exime de los infortunios afrontados por otros imperios.

Esa mirada olvida que todas las potencias proclamaron su invariable supremacía, alegando inimitables singularidades. Los ingleses exaltaban su origen aristocrático, los franceses su liderazgo cultural y los alemanes su capacidad organizativa. Todos aludían a virtudes de su identidad nacional, que los glorificadores de Estados Unidos suponen exclusiva.

El “destino manifiesto” en que se asienta esa ponderación se nutrió de alegatos de primacía anglosajona, frente a los aborígenes exterminados, los negros esclavizados y los latinos explotados. La apropiación de la denominación “América” tan solo para Estados Unidos, supuso de entrada una descalificación del resto del continente. Esa desvalorización se acentuó con la identificación de la prosperidad, el bienestar o el padrinazgo con el Norte y el subdesarrollo, la corrupción o la incapacidad para autogobernarse con América Latina.

Pero esa contraposición ha quedado erosionada por el declive del imperio. “América” persiste como sinónimo corriente de Estados Unidos, pero sin la carga de elogio, admiración o reverencia del pasado.

Muchos liberales desechan ese distanciamiento, señalando que Estados Unidos conserva grandes capacidades para recrear su preeminencia internacional. Afirman que el declive es una falsa percepción, alimentada por cuestionamientos internos, heridas autoinfligidas o malestares en el humor de su población. Atribuyen las tesis decadentistas a esa mutable psicología de los propios ciudadanos del país (Nye, 2024a).

Pero esos registros no son volubles impresiones, ni cambiantes sensaciones, sino capturas reales de las transformaciones que afronta Estados Unidos. El ocaso del sueño americano se verifica en el acentuado deterioro del nivel de vida de la población, que ilustran los indicadores de ingresos, salud, educación, esperanza de vida o movilidad social. El número de personas encarceladas, los decesos por armas de fuego y las quiebras familiares por endeudamiento confirman ese diagnóstico. El alicaído estado de ánimo refleja los dramas de una sociedad fracturada, violenta y desigual.

El imperialismo norteamericano ha ejercido desde la mitad del siglo XX un control militar del planeta, a través de un sistema de bases militares que sustituyó al dispositivo colonial europeo.

La mirada convencional ignora o menosprecia estas evidencias, porque identifica a Estados Unidos con la auto confianza y la consiguiente capacidad para sobreponerse a cualquier malestar (Nye, 2024b). Pero no se entiende por qué razón esa cualidad sería tan exclusiva de esa nación. La historia del siglo XX indica que un gran número de países han logrado superar situaciones más traumáticas, que las padecidas por Estados Unidos. Ese país siempre libró guerras fuera de sus fronteras y nunca tuvo que lidiar con la tragedia de las invasiones, que por ejemplo sufrieron Rusia o China.

El antideclinismo liberal postula que Estados Unidos encarna los valores universales del liberalismo y tiende a exportar esos ideales al resto del mundo. Sería el portador de la democracia a todos los rincones del planeta y esa promoción de la civilización lo diferenciaría de otros imperios (Ikenberry, 2024).

Pero esa autoasignación de virtudes educativas oculta la hipocresía de una potencia, que utiliza estandartes altruistas para justificar incursiones brutales. Esos operativos invocan los derechos humanos, la justicia, la contención de enemigos impiadosos o el auxilio de poblaciones afectadas, cuando en los hechos simplemente apuntalan los negocios de los capitalistas. Con alabanzas a la concordia y la cooperación, consuman matanzas para favorecer a la elite de enriquecidos que comanda al país. Además, Washington siempre emitió mensajes salvadores para edulcorar intervenciones, que invariablemente empeoran los escenarios a enmendar.

El imperialismo norteamericano ha ejercido desde la mitad del siglo XX un control militar del planeta, a través de un sistema de bases militares que sustituyó al dispositivo colonial europeo. Asentó su predominio en un coercitivo mecanismo, ubicado en las antípodas de cualquier cooperación.

La duplicidad liberal oculta ese basamento, recreando los engaños de respeto a la soberanía ajena. Esa tolerancia siempre tuvo un alcance limitado para los socios o vasallos y fue directamente nula para los adversarios o desafiantes. El liberalismo persiste como el principal transmisor de las falacias estadounidenses y por eso desconoce el descreimiento que actualmente suscitan esas falacias.

EL MITO DEL PODER BLANDO

Cada tanto, los teóricos liberales reconocen el declive de Estados Unidos, pero asignándole una escala acotada. Destacan que su país conserva ventajas de geografía (rodeado por océanos), moneda (primacía del dólar), demografía (renovación de la fuerza laboral) y tecnología (especialmente digital) (Nye, 2024a).

Pero desconocen las nuevas adversidades en esos campos e ignoran la limitada relevancia de esas áreas, en comparación al desmoronamiento industrial y la baja productividad de la economía estadounidense.

Las miradas condescendientes suelen considerar que Estados Unidos vencerá a China por atributos de larga data. Con anteojeras eurocentristas, no registran que el desafiante asiático está conquistando, uno tras otro, todos los podios en disputa. La férrea defensa que exhibe Beijing del libre comercio, contra el renacido proteccionismo de Washington, trasparenta quién detenta la mayor competitividad.

Pasando por alto estos cruciales basamentos económicos, el antideclinismo liberal proclama que Estados Unidos vencerá, por el poder blando de atracción que mantiene frente a un rival carente de esa cualidad (Nye, 2024a). Destacan la enorme capacidad de persuasión que conserva la potencia dominante, para que otros hagan lo que ella anhela. Estiman que Estados Unidos puede recrear y actualizar esa modalidad de poder para perpetuar su primacía.

El liberalismo comparte el diagnóstico globalista, que presenta la regresión estadounidense como un episodio coyuntural, derivado de la alocada gestión de Trump.

Pero esa enorme influencia ideológica, cultural y política no deriva de los valores universales, que el liberalismo remarca e idealiza, sino de la pujanza que exhibió el capitalismo yanqui en el pasado. En ese vigor económico y productivo se asentó el americanismo, como ideología exaltadora del capitalismo en estado puro.

Los mensajes de contractualismo espontáneo, conveniencias de la desigualdad social y méritos de la privatización ilimitada -que tradicionalmente difundió Estados Unidos- atrajeron la admiración de las clases dominantes de todo el mundo. Todas quedaron fascinadas por la adulación de la empresa, como un campo de cristalización del talento, que despliega el espíritu aventurero de los inversores y la creatividad de los gerentes.

Ese elogio de la firma fue complementado con la veneración del individualismo, como virtud suprema de la personalidad y la exaltación de la acumulación, como una larga travesía de capitalistas heroicos. El poder blando de Estados Unidos se afianzó por la internacionalización de esa ideología, que reverencia al capitalismo en forma irrestricta.

La posguerra fue la edad de oro de ese americanismo, que logró una sobrevida adicional bajo el neoliberalismo. Pero esa ideología actualmente pierde atractivo, en estricta correspondencia con el declive de su inspirador. Estados Unidos ya no es visto como un exportador de bienestar, sino como artífice de tremendos procesos destructivos y su poder blando no resucitará por simple nostalgia de un contexto ideológico que ha desaparecido.

El ensalzamiento general del capitalismo persiste, fue revitalizado por el neoliberalismo y alcanzó un nuevo cenit con la ultraderecha, pero ha perdido su asociación con la superioridad o primacía de Estados Unidos. La celebración del mercado y las expectativas de rápido ascenso social, ya no son sinónimo del sueño americano.

El liberalismo desconoce ese cambio cualitativo, imaginando que Estados Unidos persiste como una sociedad innovadora y potente, capaz de proyectar su poder sobre el resto del planeta por el dominio ideológico que forjó en el pasado.

Pero esa mirada sobrevalora la capacidad que mantienen las mercancías culturales, los consumos mediáticos y los controles de las redes sociales, para sostener esa influencia. No alcanza con la consolidación del inglés como lengua franca, o con la cooptación educativa de las distintas elites del mundo por los centros académicos norteamericanos. El poder blando opera sobre esas aristas, pero no puede recrearse y pierde efectividad, por el gran retroceso que sufren los basamentos productivos de ese mando.

El liberalismo comparte el diagnóstico globalista, que presenta la regresión estadounidense como un episodio coyuntural, derivado de la alocada gestión de Trump. Supone que, una vez reconstruida la institucionalidad mundial quebrantada por el magnate, Estados Unidos recuperará su autoridad moral y su preponderancia ideológica (Nye, 2024a). Imagina que tan solo bastará con reconstruir las alianzas multilaterales del pasado, para recuperar el mando yanqui de Occidente, resucitando la influencia de Washington que Trump degradó hasta un piso nunca visto (Ikenberry, 2024).

Pero el deterioro de esos atributos precedió a Trump y se consumó bajo la gestión de sus antecesores liberales y globalistas. Del fracaso de esas administraciones emergió el magnate y sus fallidos han confirmado, que el declive del poder blando, no obedece tan solo a la prepotencia despectiva del magnate. Fue el desplome de la globalización neoliberal, lo que potenció la erosión de esa fuerza. La confianza liberal en que Estados Unidos puede sobreponerse a sus desventuras -y recuperar hegemonía por su gran capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias- es un simple mito.

En la óptica neoconservadora, el declive no es un estado de ánimo pasajero, sino un efectivo peligro derivado del repliegue bélico de Estados Unidos.

El declive de largo plazo que afronta la primera potencia demuestra lo contrario. El país exhibe una manifiesta dificultad para reconocer y amoldarse al escenario multipolar. Por eso depende de acciones militares, que los propios promotores del poder blando observan como un recurso insoslayable para sostener la primacía mundial. Auspician especialmente en Ucrania, políticas ultra belicistas, que contradicen la relevancia formalmente asignada al poder blando (Slaughter, 2026).

Ese contrasentido no es la única, ni la menor contradicción que rodea al liberalismo. La negación del declive les impide comprender el problema básico que afronta el país (Wolff, 2026a, 2026b).

LA CRUDEZA DEL PODER FUERTE

La variante neoconservadora de negación del declive, comparte con su par liberal la exaltación de los valores universales, que Estados Unidos exportaría al resto del mundo. Pero discrepa sobre el pilar de esa fuerza benévola. En lugar de situar ese cimiento en el poder blando de Occidente, lo atribuye al poder fuerte que exhibe el Pentágono.

Esa mirada enfatiza el rol de la primera potencia como custodio del planeta e imperio benévolo (Kagan, 1998). Destaca que el abandono de ese papel quebrantaría el orden mundial y desembocaría en un escenario de inmanejable caos. Recuerda que Washington hace valer su protección del mundo mostrando fuerza y que la renuncia a esa ostentación afectaría el liderazgo que necesita la civilización para subsistir (Kagan, 2026a).

Este enfoque resalta la deuda que todo el mundo mantiene con Estados Unidos por el sostén que el Pentágono brinda a la democracia, la libertad y el progreso. Repite esos lugares comunes del discurso liberal, con un agregado de explícita agresividad belicista. Este añadido militarista aporta el ingrediente neoconservador específico al discurso clásico del americanismo (Sanz, 2014).

Kagan es un renombrado auspiciante de estos mensajes, que concentra en su propia trayectoria la furia militarista de su vertiente. Fue uno de los principales teóricos del “nuevo siglo americano” en los años de Bush y justificó sin ningún reparo la invasión a Irak y la devastación de Afganistán. Posteriormente, estuvo involucrado en el golpe de Estado perpetrado en Ucrania, para promover el ingreso de ese país a la OTAN y provocar una confrontación con Rusia.

En la actualidad es un estrecho aliado del genocida Netanyahu, rechaza cualquier reconocimiento del escenario multipolar, exige el rearme de Europa y Japón y auspicia alianzas internacionales reconstructoras de la supremacía norteamericana.

Últimamente asumió una postura de indignado halcón contra la humillación propinada por Irán. Despotrica contra la actitud vacilante del Pentágono, que a su juicio expresa la conducta de una “superpotencia rebelde, que no quiere luchar” (Kagan, 2026b). Propone embarcar al imperio en la escalada que Trump intentó soslayar, luego efectivizó a medias y por momentos abandona con inverosímiles maquillajes.

En la óptica neoconservadora, el declive no es un estado de ánimo pasajero, sino un efectivo peligro derivado del repliegue bélico de Estados Unidos. A diferencia de los liberales, no disimulan ni relativizan la centralidad de la acción armada, para sostener el status dominante de la primera potencia. Subrayan sin ningún filtro esa característica, la ponderan como un ADN del país y recuerdan que el Pentágono es artífice de todas las ventajas logradas por el gigante del Norte.

Las miradas negacionistas pierden actualmente auditorio ante la manifiesta contundencia del declive estadounidense.

Esa reivindicación de la coerción se inserta en la narrativa tradicional de un país que naturalizó la guerra, como devenir inexorable de un pueblo elegido para cumplir con mandatos patrióticos. Ese relato oculta la violencia ejercida en los países invadidos y las masacres cometidas por los marines. La dureza de la guerra es simplemente asumida como un dato invariable y, por esa razón, el escenario bélico ha quedado incorporado al sentido de común de gran parte de la población estadounidense.

El matrimonio de Hollywood con el Pentágono contribuyó a generalizar esa ideología, disolviendo el contenido sanguinario de la guerra en la fascinación de las imágenes. Permitió masificar la apariencia misionera de los marines, como salvadores de una civilización amenazada por cambiantes enemigos. La fisonomía racial, idiomática y nacional de los adversarios fue periódicamente modificada para penalizar a comunistas, musulmanes o narcotraficantes, según la conveniencia de cada momento.

El trumpismo soberanista retomó esa exaltación del militarismo estadounidense. Capturó con ese mensaje a una masa plebeya receptiva a los mitos del americanismo y descontenta con las elites globalistas de las Costas. Esas leyendas no solo realzan la genialidad de los estadounidenses, sino que enrostran ingratitud al resto mundo por desconocer lo que Estados Unidos ha hecho por ellos.

Todo el discurso de MAGA se asienta en creencias de ese tipo. El mensaje de restaurar la grandeza de Estados Unidos, está siempre emparentado con una retribución pendiente al benefactor yanqui. El proteccionismo, las exigencias monetarias, los reclamos de reindustrialización o las demandas de territorios, recursos naturales y localidades estratégicas que brutalmente formula Trump, se basan en ese presupuesto de recompensa adeudada al filántropo yanqui.

El trumpismo resalta, además, el fundamento religioso del credo neoconservador, que presenta a Estados Unidos como un país elegido por Dios para consolidar la superioridad anglosajona y las creencias protestantes. Marco Rubio complementa ese cimiento con un revival de la ideología macartista. Esos prejuicios de la guerra fría le asignan a cualquier acción de Occidente un contenido salvador de la única civilización que merece perdurar y gobernar al género humano.

DIAGNÓSTICOS REALISTAS

Las miradas negacionistas pierden actualmente auditorio ante la manifiesta contundencia del declive estadounidense. Por el contrario, sus adversarios declinistas ganan terreno con explicaciones de distinto índole. La influencia de este campo se verifica en los teóricos realistas de la disciplina Relaciones Internacionales, que reconocen el retroceso asignándole un cimiento geopolítico.

Afirman que Estados Unidos desperdició el momento unipolar que sucedió a la implosión de la URSS, librando guerras inútiles para instalar gobiernos del propio cuño en Irak, Afganistán, Libia, Siria, Líbano, Sudán y Somalia. Estiman que la primera potencia dilapidó sus energías y derrochó sus recursos en esos inservibles operativos, que han generado consecuencias negativas de mayor gravedad en Ucrania. Destacan que Estados Unidos quebrantó alianzas y perdió influencia política por sus fracasadas aventuras militares.

Esta mirada estima que los desaciertos de varios gobiernos desubicaron a la primera potencia, frente al nuevo escenario multipolar. Convocan a registrar que Estados Unidos ya no puede imponer su agenda y debe considerar las demandas de otros jugadores, especialmente las exigencias de sus dos grandes rivales de Rusia y China. Proponen la adopción de políticas de amoldamiento al mundo actual (Mearsheimer, 2023).

Pero, con este enfoque, enaltecen el pragmatismo y eluden indagar la existencia de procesos determinantes de la regresión estructural que afecta a la primera potencia. Por eso el declive no ocupa un lugar significativo en su visión. El realismo evita evaluar la dinámica histórica subyacente de los procesos de auge y caída de las potencias. No conecta en ningún momento esos ciclos con contradicciones del capitalismo o con desequilibrios estructurales de ese sistema.

…el predominio global nunca puede eternizarse en el largo plazo y que la proyección de poder solo es estable a una escala regional de menor alcance.

El realismo tan solo estudia las relaciones entre potencias, entendiendo que están determinadas por la tensión, desconfianza o rivalidad que genera la disputa por el poder. Resalta la presencia de actores que buscan supremacía, guiados por impulsos de predominio o autopreservación y señala que estas percepciones suscitan agresividad, miedo o desconcierto. La dinámica socio-histórica determinante de estos cursos es tan ignorada, como su pilar en el capitalismo. Desconocen la forma en que ese régimen social condiciona todas las tensiones en juego.

Esa indagación es reemplazada por la mera evaluación del estado de los conflictos entre las potencias, a partir de un diagnóstico de invariable provisionalidad de la supremacía lograda por algún contrincante. Destaca que el predominio global nunca puede eternizarse en el largo plazo y que la proyección de poder solo es estable a una escala regional de menor alcance. La propia superioridad militar que disuade a los rivales está siempre sujeta a la erosión de ese comando por los avances bélicos que consigue el enemigo (ESFAS, 2026).

En ese marco analítico, el declive de Estados Unidos es visto como un episodio de rivalidades eternas, que irrumpen con cierta contundencia en el contexto actual. Se observa a ese retroceso como resultado de la simple acumulación de poder por parte de una potencia que suscita la respuesta equilibradora de sus contrincantes.

En el siglo XXI, esa reacción contra el hegemonismo estadounidense es vista como un inevitable correctivo de la prepotencia exhibida por los auspiciantes del “nuevo siglo americano”, que desbalancearon el equilibrio mundial (Waltz, 2000). Esta mirada induce a buscar políticas de amoldamiento de la primera potencia al nuevo contexto global.

Trump intentó seguir ese rumbo con su estrategia inicial de contención bélica, buscando reposicionar a Estados Unidos en el plano económico frente al avasallante competidor chino. Pero, al cabo de un año de fracasado proteccionismo retomó la receta militar, que es el curso familiar a todos los gobiernos yanquis para lidiar con sus fracasos. El magnate se ha empantanado en su ensayo de algún camino sustituto del aventurerismo militar, porque enfrenta el mismo dilema sin solución de todas las administraciones confrontadas con el declive de Estados Unidos.

Los teóricos del realismo no registran el fracaso de esta experiencia reciente de su propio recetario y repiten propuestas correctivas, sin ofrecer soluciones a las disyuntivas que genera el retroceso de la primera potencia. Reafirman ciertas obviedades -como la imposibilidad de eternizar el dominio de un hegemón- omitiendo los determinantes históricos de esa incapacidad.

En los hechos, participan de las mismas fluctuaciones políticas, que exhiben los pensadores de otras corrientes de la elite gobernante. El realismo aporta argumentos de justificación a la política exterior de los trumpistas, anti trumpistas, soberanistas, aislacionistas o neoconservadores.

Apuntalan en ciertas circunstancias al americanismo y en otras al globalismo, porque la propia concepción realista tan solo jerarquiza una acertada evaluación de las relaciones de fuerza internacionales y el consiguiente comportamiento de sus actores protagónicos. No cuenta con un diagnóstico del sentido histórico de la regresión que afronta Estados Unidos.

Continuará…

Por Claudio Katz

Economista, investigador del Conicet, profesor de la UBA. Su página web es: Claudio Katz.


Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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