Por Claudio Katz

SOBREEXPANSIÓN MILITAR
Algunos exponentes del liberalismo crítico han expuesto diagnósticos del declive de Estados Unidos, centrados en la sobreexpansión militar de esa potencia. Es una mirada de larga data que se ha renovado en forma periódica y en contraposición a sus pares convencionales, reconoce la regresión y le atribuye un determinante bélico.
Un exponente clásico de esta mirada estima que el gigante norteamericano repite un síndrome que afectó a todos sus antecesores históricos, centrado en la ruptura del equilibrio entre el desenvolvimiento económico y el poder militar. Considera que esta segunda esfera se amplió por encima de sus posibilidades, en creciente conflicto con el cimiento productivo que lo sostiene (Kennedy, 1989: 539-577).
Su enfoque objeta la dilatación bélica de Estados Unidos, señalando que luego de conquistar el dominio mundial con ventajas económicas, el gigante norteamericano quedó entrampado por la adversidad militar. Ilustra cómo ese deterioro ha sido convalidado por todos los ocupantes de la Casa Blanca.
Remarca, además, el impacto negativo del belicismo sobre todas las áreas de la economía y recuerda que ese mismo tipo de déficit fiscal y endeudamiento afectó al reinado español, al imperio otomano y demolió tanto a los Habsburgo en el siglo XVII, como a Gran Bretaña en el XIX.
La explicación del declive yanqui por su sobreexpansión militar fue especialmente expuesta en los años 80, cuando Reagan inauguró el neoliberalismo e instauró un modelo de ofensiva del capital sobre el trabajo, para recomponer los beneficios de las clases dominantes. Buscó por esa vía restaurar la deteriorada economía estadounidense frente a la alta competitividad de las exportaciones japonesas y se propuso relanzar la primacía militar norteamericana con amenazas a la Unión Soviética.
El rearme del Pentágono a través de la “guerra de las galaxias”, fue en esos años un típico ejemplo del uso del poder militar como instrumento de compensación del retroceso económico. Aportó nítidas evidencias de los efectos negativos de esa expansión bélica.
Pero esa adversidad quedó enmascarada por la inesperada implosión de la URSS y la consiguiente extinción del denominado campo socialista. Ese acontecimiento redujo también la incidencia conceptual de la sobreexpansión imperial estadounidense, que había logrado una alta recepción en los años 80 y quedó relegada a ámbitos minoritarios en la década posterior. El desplome de la URSS recreó la imagen un poder perdurable de Estados Unidos, primero con el episódico revival del reaganismo y luego con el espejismo unipolar (Kennedy, 2003).
Ese transitorio período -equiparable al pasajero renacimiento que tuvo Gran Bretaña a principios del siglo XX (Belle Epoque)- fue observado como el reinicio de “un siglo americano”. Suscitó lecturas equivocadas, que ignoraron la dinámica prolongada de los declives generados por el descontrol militar. Esos retrocesos de largo plazo pueden ser interrumpidos por efímeros resurgimientos, que no alteran el repliegue estructural de la potencia. Esa regresión subyacente resurgió a pleno posteriormente en la era Bush y se verifica a pleno en la actualidad.
Los autores que sitúan el determinante del declive estadounidense en la sobreexpansión bélica, suelen proponer la reducción del gasto militar como el remedio a la enfermedad que socava al país.
La guerra de Irak, la ocupación de Afganistán, la incursión contra Libia, la devastación de Siria y el conflicto de Ucrania, ilustraron la forma en que opera la sobreexpansión militar, como un rasgo de períodos decadentes. Ese declive no obedece tan solo a políticas exteriores específicas de uno u otro gobierno, sino que deriva de los nocivos efectos que generan los desbordados operativos imperiales.
En todos los casos, la embestida comienza con gran aliento, cantos de victoria y expectativas de florecientes negocios, pero al poco tiempo los invasores quedan atrapados en el mismo pantano que anticipó Vietnam. Los éxitos de la edad ascendente del imperio ya no se repiten y la guerra se convierte en una carga insostenible para su iniciador.
Ese efecto es un dato abrumador de las últimas décadas. Salta a la vista que Estados Unidos ha sobreexpandido su capacidad de acción, con o sin tropas propias. En el caso más reciente de Irán soslayó esa presencia y sufrió la misma derrota, comprometiendo un descomunal despilfarro de recursos en acciones con resultado adverso.
El diagnóstico de la sobrecarga imperial ha sido formulado por otros autores, que remarcan su efecto nocivo sobre la estabilidad de la primera potencia. La evidencia más palpable es el deterioro de la competitividad, a medida que los contratistas del Pentágono acrecientan ganancias, a costa del grueso de la economía (Ortiz García, 2023).
Este efecto negativo del militarismo no es un principio invariable de cualquier época o coyuntura, ni una desventura para todos los dominadores. Depende de la era en que se encuentra cada imperio. El belicismo apuntaló la economía estadounidense en la primera mitad del siglo XX y se convirtió a posteriori en su gran desdicha. Es la preeminencia de etapas de auge o declive lo que determina ese resultado disímil.
En un período del primer signo, las nuevas tecnologías desarrolladas en el área militar se reconvierten en rentables innovaciones de la esfera civil. Por el contrario, en las etapas opuestas esa mutación queda bloqueada. Lo mismo ocurre en la industria. El estímulo militar a los nuevos procesos de fabricación en cierta fase se transforma en su opuesto obstructor en los momentos inversos. Basta observar la desindustrialización y la baja productividad fabril de Estados Unidos, para notar en qué período de esa secuencia se encuentra el país. El contrapunto con China confirma ese retrato.
Los autores que sitúan el determinante del declive estadounidense en la sobreexpansión bélica, suelen proponer la reducción del gasto militar como el remedio a la enfermedad que socava al país. Postulan un repliegue imperial que corrija esa afección, repitiendo la trayectoria que siguió Gran Bretaña.
Pero ese curso tendría enormes implicancias para un orden mundial forjado en torno a la supremacía estadounidense. El análisis de esos efectos exige situar la teoría de la sobre expansión militar en el marco conceptual de dos nociones -capitalismo e imperialismo- que el marxismo privilegia y el liberalismo crítico relativiza o ignora.
Las tesis antideclinistas volvieron a primar en los años de unipolaridad y confianza en el resurgimiento del “siglo americano”, pero perdieron nuevamente relevancia en las últimas dos décadas de retroceso económico y fracasos bélicos.
¿DECLIVE RELATIVO?
En los análisis sobre el declive son muy frecuentes las descripciones, las evaluaciones del debate y los registros de opiniones que evitan definir el acierto de una u otra postura. Se destacan, por ejemplo, las cambiantes funciones que cumplen los planteos declinistas y antideclinistas, como argumentos de las elites para justificar distinto tipo de políticas exteriores (Slaughter, 2026).
En otros casos, se retrata cómo un enfoque consiguió más relevancia que el opuesto, en los variables escenarios de la historia norteamericana contemporánea. En esas revisiones, se recuerda que hasta los años 60 prevalecía un optimismo sin referencias al declive, mientras que en la década posterior se impuso ese señalamiento, al compás de lo ocurrido con Vietnam, la crisis del petróleo y el avance de los procesos socialistas (Reguera, 2021).
Las tesis antideclinistas volvieron a primar en los años de unipolaridad y confianza en el resurgimiento del “siglo americano”, pero perdieron nuevamente relevancia en las últimas dos décadas de retroceso económico y fracasos bélicos.
Las miradas descriptivas suelen aportar fundamentos para los enfoques que buscan situarse en un punto intermedio de relativización del declive. No niegan el retroceso, pero moderan su alcance, acotan su relevancia o destacan la existencia de una caída contrarrestada a través de secuencias cíclicas.
Esos enfoques intermedios repasan los debates entre los exponentes de una u otra postura, para constatar la perdurable reaparición de la controversia. Consideran que esa problemática aparece, se disuelve y resurge periódicamente, sin quedar nunca zanjada (D’Eramo, 2022). Estiman que esa oscilación conceptual refleja la dinámica de un proceso de regresiones contrabalanceadas. Lo que Estados Unidos suele perder en el plano económico lo recuperaría en la esfera militar, tecnológica o financiera, introduciendo límites que le permitirían concretar un periódico renacimiento.
Pero esa mirada impide reconocer cuáles son las tendencias subyacentes que determinan el devenir general del país. Computan la existencia de fuerzas en direcciones contrapuestas suponiendo que no definen resultados. Con ese enfoque no logran explicar el problema. La forma agresiva, descontrolada y autodestructiva que asume el belicismo yanqui es divorciada del declive y esa disociación obstruye la comprensión de la lógica de un militarismo desenfrenado.
Las tesis de la regresión relativa tuvieron gran predicamento en los años de unipolaridad, en polémica con la tesis de la continuada declinación norteamericana. Objetaron las exageraciones de este último enfoque, cuestionando su desconocimiento del repunte logrado por la primera potencia. Convocaron a estudiar todo el problema como una contradicción y no como un inexorable curso de la historia.
Pero el declinismo no es una petición de principio que organiza el análisis de Estados Unidos, presuponiendo un destino predeterminado para esa potencia. Constituye un registro de tendencias efectivas, que reproducen comportamientos análogos de los imperios precedentes. Con esa mirada se explica por qué razón el epicentro del capitalismo mundial sostiene a este sistema, con un vandalismo militar acorde a la decadencia de ese régimen social. El declive de Estados Unidos expresa la pérdida de poder de la primera potencia, en un sistema afectado por su propia regresión.
Estados Unidos declina porque concentra desequilibrios capitalistas que China logra gestionar con un Estado regulador y autónomo de las clases dominantes.
Esa gravedad de la crisis norteamericana -por el carácter capitalista de la estructura que intenta apuntalar- ilustra a pleno el escenario actual. Estados Unidos intenta contrapesar desequilibrios propios y sistémicos con incursiones externas. La dinámica del capitalismo y del imperialismo se entrecruzan en su accionar, mediante una confluencia mayúscula de desequilibrios.
CONTRAPESOS SIN TENDENCIAS
Ciertos autores definen el declive absoluto como una situación que definitivamente impide a la potencia afectada revertir su regresión. Consideran que Estados Unidos no se encuentra en ese estadio, sino que puede recobrar poder con políticas adecuadas.
Encaran esa evaluación mediante un análisis empírico del declive norteamericano, en comparación al afrontado por otras 16 potencias desde 1870 hasta la fecha. Indagan el retroceso del producto interno bruto y también la solvencia geopolítico-militar de los involucrados. De ese contrapunto deducen la presencia de un declive estadounidense acotado y reversible (Mac Donald; Parent: 43-68).
Pero la propia evaluación en esos términos no parece procedente, porque el lugar dominante que alcanzó Estados Unidos no se asemeja a cualquier gama de contendientes. El gigante del Norte alcanzó un grado de primacía mayúsculo, cuyo devenir debe contrastarse con las potencias que alcanzaron ese podio, como Roma, España, los otomanos o Gran Bretaña.
La insistencia en subrayar el alcance acotado del declive estadounidense actual apunta a señalar que el país experimentará desventajas en la próxima década frente a China, pero con efectos manejables. Podría sobreponerse a ese impacto y lograría timonear ulteriormente el nuevo escenario. No afrontaría una categórica caída, ni tampoco conseguiría un rotundo éxito frente a su retador.
Pero ese cauteloso optimismo constituye una simple profesión de fe, que soslaya los procesos determinantes de la pugna en curso. Estados Unidos declina porque concentra desequilibrios capitalistas que China logra gestionar con un Estado regulador y autónomo de las clases dominantes. Su oponente carece de ese atributo y opera con una administración sometida a los milmillonarios del mundo digital. Esa diferencia no se corrige con ningún cambio de políticas oficiales.
China evita, además, el uso de la fuerza frente a un competidor que intenta recuperar primacía con desenfrenado belicismo. De esta contraposición pueden deducirse pronósticos muy variados, pero, omitiendo esos determinantes, no hay forma de ensayar previsiones de alguna consistencia (Katz, 2026).
El otro fundamento habitual para postular el carácter acotado del declive estadounidense es la continuada preeminencia de ciertos pilares de esa preeminencia. Se afirma que el dólar persiste como moneda mundial, Wall Street como epicentro del sistema financiero, los gigantes digitales como líderes de alta tecnología y el Pentágono como cabeza del poder militar global (D’Eramo, 2022).
La desdolarización sigue un curso lento, pero persistente, y está erosionando la capacidad de Washington para emitir sin control y endeudar al fisco.
Estos cuatro factores efectivamente indican que el término primera potencia aún se ajusta al lugar que ocupa Estados Unidos en el planeta. Pero lo que está en debate no es ese reconocimiento, sino las evidentes tendencias al retroceso estructural de esa preeminencia.
La desdolarización sigue un curso lento, pero persistente, y está erosionando la capacidad de Washington para emitir sin control y endeudar al fisco. Wall Street alberga una nueva burbuja financiera, asentada en la capitalización sin contrapartida en los ingresos de las megaempresas digitales.
Esas compañías efectivamente lideran la Inteligencia Artificial, pero se enfrentan con la creciente productividad del rival chino, que fabrica con mayor eficiencia y menores costos los mismos productos. Finalmente, el propio Pentágono debe lidiar con guerras que pierde, utilizando su obsoleto arsenal en operativos fallidos. El declive de Estados Unidos es un proceso estructural estrechamente asociado a la dinámica del capitalismo y del imperialismo. Soslayando esos dos condicionantes, las explicaciones no logran salir de la superficie.
¿AUSENCIA DE SUSTITUTOS?
Un argumento de peso para postular límites o contenciones al descenso de Estados Unidos es la ausencia de un reemplazante para ejercer la dominación mundial. Esa carencia de sustituto en el liderazgo global es señalada como una restricción, que perpetuaría o al menos recrearía la supremacía norteamericana.
La primera potencia podría decaer, pero nadie lograría suplantarla y esa ausencia de reemplazante amortiguaría el descenso, lo tornaría más lento o le permitiría a Estados Unidos gestionar su propio repliegue (Mann, 2008).
Pero ese contrapeso no desmiente el declive, sino que describe los límites y obstáculos de esa regresión. La ausencia de un suplente no anula o revierte la tendencia declinante y ese retroceso es el dato central del diagnóstico.
La carencia de un sustituto puede, además, convivir con un escenario de variados dominadores emergentes, en reemplazo del hegemón previo. En esa posibilidad se asienta el pronóstico abierto que expusieron algunos teóricos (como Arrighi o Galtung), al entrever escenarios de irresuelto equilibrio entre varias potencias. Esa opción es incluso avizorada por la propia tesis de un freno al declive por carencia de sucesores.
La caída sin reemplazo es una perspectiva abonada por la singularidad del principal desafiante, que no actúa en los hechos como potencia imperial. La cautelosa política exterior de China, su aversión al uso de la fuerza y su exclusivo énfasis en los negocios crea un contexto poco convencional.
Esa peculiaridad de China coexiste, además, con un marco de multipolaridad y dispersión del poder, que se aleja del clásico retrato de belicosos aspirantes al trono hegemónico.
Esa peculiaridad de China coexiste, además, con un marco de multipolaridad y dispersión del poder, que se aleja del clásico retrato de belicosos aspirantes al trono hegemónico. Los BRICS no se comportan, por ejemplo, como la entente que forjaron Alemania, Italia y Japón en la entreguerra.
El diagnóstico de un declive de Estados Unidos impedido por la ausencia de sustitutos presupone que el futuro repetirá el pasado y que la existencia de una potencia hegemónica es indispensable para sostener el sistema mundial.
Ese presupuesto recuerda lo ocurrido con Gran Bretaña -que pudo declinar traspasando su dominación al socio transatlántico- y resalta el hecho de que su reemplazante no forjó un ahijado del mismo porte. Por eso se considera que la orfandad sustitutiva de Estados Unidos genera una situación sin salida para la continuidad del sistema mundial. Pero la emergencia de China y los BRICS ha dado lugar a un escenario distinto.
La tesis de un declive estadounidense -tan solo relativo por la ausencia de reemplazante- podía concebirse, en todo caso, para el período de crisis (1990-2008) del sistema imperial, pero ya no para la etapa en curso. En esos años, el coloso del Norte mantenía el lugar de custodio del capitalismo, que todas las potencias occidentales le habían delegado con anterioridad.
El guardián cumplió ese rol sofocando levantamientos populares en África, Asia y América Latina. Pero ese papel se modificó sustancialmente a fin del siglo XX, primero con el reflujo de las revoluciones y la implosión del campo socialista, y posteriormente con la emergencia de China, la multipolaridad y las propias fracturas de la alianza occidental.
Nuestra propia mirada del sistema imperial realzó la gravitación de Estados Unidos, tanto en el cenit como en la crisis de esa configuración. Destacamos el primordial rol contrarrevolucionario del gestor de la OTAN y su función vigilante del capitalismo, observando cómo ese papel interactuaba sobre la crisis económica de largo plazo que afectaba a la primera potencia. Nuestros señalamientos de esa relación destacaban la existencia de una recomposición periódica del poder estadounidense, que no lograba enmendar la fragilidad de sus bancos y el retroceso de su industria (Katz, 2023: 41-42).
Pero estos diagnósticos -que subrayaban la presencia de una contradicción irresuelta- correspondían a un período ya extinguido y no al contexto actual. Esa diferencia tiene enormes implicancias que analizaremos en los próximos textos.
Por Claudio Katz
Agosto 9 de 2026
REFERENCIAS
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