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El día de los muertos

En Aguas Calientes, ciudad capital del estado mexicano homónimo, se encuentra el Museo Nacional de la Muerte. En un viejo edificio que data de 1676 se ha reunido una singular colección donada por el grabador Octavio Bajonero. Artesanías, obras plásticas, textiles que recorren la historia de México en relación al motivo de la muerte. Desde el arte mesoamericano hasta el presente, pasando, desde luego, por el rico pasado sacro colonial que incluye la Virgen de la Buena Muerte, la Llorona y la Santa Muerte.

Es interesante descubrir cómo la muerte ha sido una presencia en la cultura mexicana y latinoamericana desde sus más remotos orígenes, hoy convertida en museo. La iniciativa de la Universidad Autónoma de Aguas Calientes, nos obliga a reflexionar sobre la ausencia de la muerte en las frívolas sociedades de consumidores que expurgan esta dimensión de la existencia humana. Podríamos aventurar que, nunca como ahora, nuestra relación con la muerte ha sido tan miserable y precaria.

En un mundo que lo ha mercantilizado todo, nada tiene de extraño que la realidad de la muerte se haya banalizado hasta expulsarla del imaginario contemporáneo. Si la tragedia de antaño le otorgaba grandeza y significado a la muerte, la comedia en que se ha convertido nuestro mundo actual esconde con eufemismos el más importante instante de nuestras vidas y las necrópolis de las grandes ciudades. La palabra “cementerio” no se ajusta al vocabulario de una sociedad tardo capitalista hedonista y serializada, los publicistas y el marketing han convertido dichos lugares en “parques” o “jardines”.

La muerte misma está exenta hoy de toda dimensión de misterio, de todo valor numinoso, se trata más bien de un “último trámite”, un servicio dispuesto por el mercado en las proximidades de los hospitales. Los servicios funerarios están dispuestos, como las tumbas y nichos, según lo que están dispuestos a desembolsar los deudos. Todo ello nimbado con “marcas” que nos remiten vagamente a lo religioso. La muerte misma se ha instalado en el lenguaje aséptico de una “tecno muerte”, mezcla de clínica y ciencia.

A la banalización de la muerte, le corresponde la banalización de la vida, es decir, de la existencia humana. La muerte ha dejado de ser esa experiencia única y singular para devenir una particularidad en serie. Al igual que las pantallas de un Smart Phone, solo se nos concede “personalizar” la muerte de acuerdo a los estándares funerarios prescritos por el mercado. Por ello, el Museo Nacional de la Muerte es, bien mirado, una notable iniciativa de las autoridades hidrocálidas y, al mismo tiempo, un reclamo por restituir a la muerte su memoria eterna. No nos parece casual que ello acontezca, precisamente, en uno de los más importantes centros industriales de México donde la Nissan Motor Corporation se esmera en fabricar sus modelos de automóviles en serie para toda América Latina.

Por Álvaro Cuadra

Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. Elap. Universidad Arcis

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