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¿El fin del mundo?

Es interesante constatar cómo el discurso del conservadurismo chileno adquiere un talante apocalíptico cada vez que un candidato se refiere a reformas tributarias o a un cambio constitucional y, ni hablar, de una asamblea constituyente. Pareciera que cualquier modificación sustancial al modelito construido en la era de Augusto fuese, sin más, la antesala del infierno, acaso del fin del mundo. Esta conducta paranoica, una suerte de síndrome de ocaso, recorre las filas de una derecha que sabe que tras varias décadas de forzado inmovilismo, están soplando vientos de cambio entre nosotros.

Los anuncios las diversas candidaturas opositoras prometen transformaciones y cambios. En efecto, pareciera que la “era dorada” de una derecha hegemónica en lo político, lo económico y lo cultural va tocando a su fin. No se trata, desde luego, del fin del mundo sino más bien del “fin-de-un-mundo” que ya no se sostiene. Aquel mundo idílico que nació de la mano militar y que consagra la actual constitución, un mundo en que los rotosos viven con resignación sus miserias y celebran alborozados y mansos el enriquecimiento de los nuevos patricios.

Las nuevas generaciones de chilenos ya han conocido lo suficiente de ese mundo de la derecha: bajos salarios, alto endeudamiento, lucro y codicia en salud, educación y pensiones. Un mundo policial de represión e impunidad, el mundo de las injusticias, la corrupción y las mentiras. Estamos, por cierto, ante el fenómeno político más importante de los últimos decenios en el país, por vez primera los jóvenes y otros incipientes movimientos sociales desafían abiertamente el viejo orden oligárquico y exigen una democracia mucho más avanzada en que ellos puedan tener un lugar. El discurso derechista ha adquirido en esta elección presidencial la hediondez de pasado, un balbuceo ronco y rancio que insiste en prometer “un país desarrollado” que es desmentido en cada esquina por mendigos y vendedores ambulantes. El discurso de la derecha ha adquirido un tufo desagradable, paranoide y avinagrado, que nos recuerda el “Sí” a Pinochet hace algunos años.

Cuando las nuevas generaciones políticas de la derecha apuestan por perpetuar el modelo político y económico creado por sus padres y abuelos, no hacen sino poner de manifiesto su incapacidad para imaginar nuevas dignidades en un mundo nuevo y distinto. Cuando las elites empresariales y políticas de la derecha chilena no han sido capaces de superar críticamente los horrores de la dictadura militar que ha hecho posible su mundo, muestran su falta de espesor histórico y moral para ser una opción viable en una democracia avanzada.

Por Álvaro Cuadra

Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. Elap. Universidad Arcis

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