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El hombre de la cancha

Y puede haber sido ayer, cuando el ayer era una promesa mariposeando mañanas escolares rumbo a clases. Apenas con siete años junto a mi hermano saltando pozas, quebrando espejos de cielo azulino y nubes albas, tizadas de pájaros en vuelo. Pudo ser en esos días de primavera, ese solcito dorado calentando la miseria de latas y piojales en la capital de los sesenta… Brincando alegres, riendo de todo, total la vida se derrama a los pies de los niños que estrenan al mundo su mirada panorámica y perpleja. Y todo atrae, todo brilla para el ojo infante que colorea la miseria con su alarido precoz. Siempre primavera sin duda, la estación fatal para los deprimidos que se suicidan porque no soportan que la naturaleza resucite con sus matices burlescos.

Era la primavera pobre, pero primavera al fin… amarilleaban los yuyos el tierral de los potreros, nubes de insectos desplegando sus alas de la noche invernal. Y con mi hermano mayor íbamos de mala gana, pateando la escarcha, pensando que era infanticidio encerrarnos en la escuela habiendo un día tan lindo con un sol gratuito que bebíamos a bocanadas.

Y fue él quien divisó a lo lejos al grupo de gente apilada en la cancha de tierra. A la distancia, se veían rodeando el arco de fútbol en torno a un bulto colgando. Entonces, corrimos a mirar lo que había pasado. En dos segundos estábamos allí, testigos acezantes. Aún no había llegado la policía y el cuerpo del ahorcado apenas se balanceaba sobre mis ojos. Lo miré hacia arriba, y era un hombre de mediana edad en mangas de camisa, el vestón lo había colgado de un extremo del arco en un raro gesto obrero de asumir el suicidio como un trabajo, sacarse el vestón y arremangarse la camisa para morir. El hombre era alto porque sus zapatos bien lustrados casi rozaban el suelo. Era flaco y el pantalón delgado de color claro, traslucía la musculatura tensa de la asfixia. Su cara pálida lucía bien afeitada, rojiza, como si se hubiera afeitado recién muy de mañana. Sus manos agarrotadas colgaban lado a lado como dos arañas violáceas. Un hilo de baba espesa se desprendía desde la lengua carnosa asomándose por sus labios hinchados. Tenía cerca de 30 años a lo sumo, y una partidura de pelo lacio, hacía ver su cabeza como un libro abierto. Aquel ahorcado de mi niñez, ni siquiera esperó la llamada del amor, nadie le dijo: no lo hagas, mintiéndole un te quiero. Quizás nadie lo amó, y la soledad apretó el nudo de su pescuezo, y solitario tomó la decisión.

Entonces, no hubo nadie que le mintiera versos sobre la vida bella. Todos los ahorcados deben estar tan solos en ese momento, pensé, mirando la figura de pelo liso que desflecaba el viento. Entonces me fijé en esa cosa dura que flechaba el pantalón. Era raro ese clavo que sobresalía de su entrepierna. Desde mi metro de estatura, me extrañó la erección puntuda que levantaba la tela suave color té con leche. Sorprendido, no lograba explicarme qué era aquello que alzaba como una carpa la pierna del muerto, de aquel triste suicida que me miraba con un ojo azul desde lo alto.

Nunca pude olvidar ese detalle, tampoco nadie lo comentó, ni siquiera mi hermano. Y permanecí toda mi niñez preguntándome por qué el dedo tieso del ahorcado me apuntaba a mí, esa mañana en que llegamos atrasados a clases, corriendo, transpirando, trotando, cruzando los potreros de la primavera torreja sembrados de florcitas, contándole a la profesora que habíamos visto un muerto, bien muerto, ahí en la cancha donde los domingos la pobla celebra los campeonatos, señorita… un ahorcado… reciencito muerto.

Por Pedro Lemebel

Ojo de loca no se equivoca

El Ciudadano Nº144, julio 2013

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