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El largo paréntesis de la izquierda

ricardo-candia

Cabros chicos achorados salvan lo que va quedando del saqueo. A dos manos, poderosos seguirán esquilmando al pueblo hasta que nos amarremos bien los pantalones.

Septiembre es y será para Chile una referencia relacionada con sueños y tragedias. A cuarenta años de la más trascendente audacia a la que el pueblo chileno se haya lanzado en su historia, aún no se apagan esos ecos molestosos.

Más allá del reguero de sufrimiento en que derivó esa gesta, lo que trasciende es un ejemplo testarudo, una porfía que desafió la certeza de los poderosos y que, a pesar de todo, anida aún hoy en la esperanza de millones.

Pero lo que sí se ha desvanecido en este lapso, es la izquierda que dirigió esa epopeya. Repartida en pedacitos flotantes, durante todos estos años distintas iniciativas han intentado encontrar el nudo que lo define casi todo: la unidad. Pero díscola ella, no se deja atrapar.

De lo que fue la Unidad Popular no queda sino una rémora anclada en discrepancias propias de los enemigos, a pesar de lo idénticos que se veían en las cámaras de tortura, en los paredones y en las fosas clandestinas, compañeros de uno y otro lado.

En gran medida, lo que el país ha vivido desde el retiro de la dictadura hasta nuestros días se explica por la evaporación de la izquierda, desaparecida con sus sueños en un paréntesis misterioso que no ha sabido cerrar, afectada por el virus poderoso de la derrota consuetudinaria.

Incapacitada para vincularse con la realidad, sueña con desfiles de banderas rojas y con las claves del levantamiento definitivo para instaurar con el apresto de las cosas urgentes, la Patria Nueva, el Mundo Mejor que Soñamos.

Han sido más de veinte años de una sordomudez anclada en marchas amaestradas, consignas aburridas, y sueños estrafalarios que se dan una vuelta en redondo para partir desde donde se va a ninguna parte.

Hasta que comenzó a suceder la realidad en las escuelas y liceos el año 2006, y el reclamo tímido por el pase escolar, derivó en una movilización que deberá será recordada como el comienzo de la muerte de una vieja manera de hacer izquierda, y la preñez de una nueva.

Estudiantes de la enseñanza media y de básica salieron a las calles levantando extrañas consignas. Otros estudiantes tardaron un par de años en entender que eso que andaba en los colegios, era algo que también andaba en sus aulas.

Cautos, los sindicatos y gremios, tardarían en aceptar que sus maquinarias, anquilosadas y reumáticas, se habían quedado en la prehistoria, ateridas y con estipendios.

A falta de clase obrera, bienvenidos los estudiantes.

En poco tiempo, el sistema comenzó a mostrar sus debilidades, y el mal ejemplo cundió. En ciudades y pueblos castigados por la cultura imperante se entendió que sólo lograrían respeto a sus demandas si luchaban, y pobladores de Aysén, Freirina, Tocopilla, Calama, Quellón, Maipú, Quilicura, y en cualquier lugar en que hubiera una exigencia que levantar, desempolvaron métodos de lucha usados en tiempos de la dictadura.

Y mientras allí sucedía la realidad, los residuos de la izquierda giraban al garete, sin entender lo que pasaba, sumida en ese largo paréntesis en el que parece naufragar de consigna en consigna, de sueño en sueño, de elección en elección, de fracaso en fracaso, desde hace tanto tiempo.

Y contrariando el sentido común, justo cuando no era menos propicio, el Partido Comunista, abandona su historia y se pone de lado de los que ayer habían perfeccionado la cultura del enemigo.

La herética estudiantil llega a exigir extravagancias tales como una nueva constitución, fin al lucro en educación, y un cúmulo de sueños y delirios imposibles.

La respuesta no se hizo esperar y desde el status quo, ni cortos ni perezosos, se apresuran leyes, se afinan planes de contingencia, legales y de los otros.

En ese contexto movedizo y difuso, algunas buenas personas han levantado candidaturas que demuestran la anomia que trastoca las cosas. Como si el horno estuviera para bollos, pierden el tiempo esgrimiendo su mejor opción, con la certeza ciega en el triunfo a la vuelta de la esquina.

La interrogante de cómo la izquierda es capaz de cerrar el paréntesis abierto hace tanto tiempo, para comenzar de otra manera, por sobre lo que fue, no se responde por esa vía.

Pero lo cierto es que hay un nuevo pálpito en el país. Las cosas no son como antes en casi todo. Lo que fue ya no necesariamente puede volver a ser. Y hasta los errores contemporáneos son mucho más atractivos que los aciertos anteriores.

Y esa nueva lógica ofrece una opción a una izquierda que debería aceptar la existencia de nuevas contradicciones y nuevos verbos.

En esta nueva época, los dirigentes jóvenes que este breve pero intenso tiempo ha forjado, tienen mucho qué decir y mucho más que hacer, si son capaces de pensar por su propia cabeza y caminar por sus propios pies.

Agudos, decididos y valientes, parecen avisar que algo está recién comenzando y que ha llegado el tiempo del relevo necesario.

Esta sensación de cosa nueva pone como condición la clausura definitiva de ese paréntesis abierto hace tanto, en el cual la izquierda ha vivido a la gira durante el último medio siglo.

Y para los jóvenes de izquierda que comienzan a aparecer, los únicos capaces de hacerlo, más vale que tomen en serio aquello a lo que dieron vida o se vayan de vuelta a sus casas.

Por suerte les asiste la realidad, esa inoportuna, que no cede en sus esfuerzos por contrarrestar los absurdos ataques de optimismo irresponsable que tan mal hace para la salud y para todo lo demás.

Mientras las nuevas generaciones que enarbolan un ideario de izquierda no sean capaces de despreciar las victorias morales, y se nieguen a ver en cada cosa repetida una señal de triunfo, no será posible advertir a los poderosos que eso que mataron, no quedó bien muerto.

Por Ricardo Candia Cares

El Ciudadano Nº146 / Clarín Nº6.923

Septiembre 2013

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