Por Álvaro Ramis
Cuando el Vaticano anunció en agosto la gira de León XIV por Uruguay, Argentina y Perú, la nueva derecha parecía tener el viento a favor en todo el continente. Milei gobernaba con el respaldo explícito de Washington, Keiko Fujimori se preparaba para asumir en Lima y Flávio Bolsonaro encabezaba las encuestas en Brasil.
El Papa aterrizó ayer en Montevideo, y en las semanas previas ese panorama cambió bastante.
El 25 de octubre, Lula revirtió una primera vuelta adversa y venció a Flávio Bolsonaro con el 51,76% de los votos. El 3 de noviembre, en una elección de medio término que funcionó como plebiscito sobre Trump, los demócratas recuperaron el control de ambas cámaras del Congreso, con un giro del voto latino que pesó en Texas.
Dos días después, Santiago Peña renunció a la presidencia de Paraguay y la Cámara de Diputados votó por unanimidad someterlo a juicio político por el colapso de Ueno Bank.
Sería apresurado hablar del fin de un ciclo. Lula ganó por poco más de tres puntos, los demócratas capitalizaron un voto de castigo por los precios y la guerra en Irán, y lo de Paraguay es un escándalo financiero con lógica propia. La derecha radical conserva gobiernos, votos y capacidad para fijar los términos del debate. Pero la sensación de que el futuro le pertenecía se alimentaba de victorias sucesivas, y en pocos días acumuló varias derrotas.
En ese clima llega el primer Papa estadounidense de la historia, tres días después de que sus compatriotas castigaran al gobierno que más hizo por convertir la guerra cultural en política de Estado.
Javier Milei es el anfitrión que más siente el cambio. Su gobierno invitó al Papa pensando en mostrar normalidad institucional y bajar la tensión con la Iglesia, y lo hizo cuando Trump parecía intocable y Bolsonaro se perfilaba para volver.
En julio había llamado «ladrón» a Lula en un acto junto a Flávio Bolsonaro. Cuando su candidato perdió, evitó pronunciarse hasta conocer la línea de la Casa Blanca, y desde entonces la prensa argentina registra señales de acercamiento entre Trump y Lula que devalúan el papel de Milei como aliado de Washington.
Con su protector enfrentado a un Congreso adverso, Brasil otra vez en manos de Lula y Paraguay en plena crisis institucional, Milei recibirá al Papa con muy pocos amigos en el vecindario.
Lo recibe, además, una Iglesia que hace tiempo dejó de callar. En los tedeums de mayo y julio, con Milei en primera fila, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, pidió terminar con la polarización y habló de «el camino de la crueldad hacia los más débiles».
El entorno presidencial respondió con ataques en redes, y diputados oficialistas calificaron sus homilías de injustas. Los obispos sumaron reclamos por la crisis en discapacidad y por la política migratoria, y en octubre García Cuerva anticipó que el Papa encontraría «una Argentina donde la descalificación y la intolerancia están a la orden del día».
La agenda recoge esa historia. La primera actividad del lunes será en el Cottolengo Don Orione de Claypole, un hogar para personas con discapacidad, en el año en que el gobierno vetó la ley de emergencia del sector, el Congreso la repuso y el Ejecutivo suspendió su ejecución.
Esa foto difícilmente le servirá a la Casa Rosada para mostrarse integrada al mundo.
En Perú el escenario es otro. El gobierno de Keiko Fujimori dijo esperar que la visita contribuya a la «reconciliación» del país, una palabra con historia.
En 2017, Pedro Pablo Kuczynski indultó a Alberto Fujimori un mes antes de la llegada de Francisco, y el fujimorismo presentó ese indulto como un gesto de reconciliación nacional.
El Palacio de Gobierno quizá no pensó en la biografía de su invitado. Robert Prevost tiene una larga trayectoria peruana en la relación entre verdad, poder e impunidad. Cuando los periodistas Pedro Salinas y Paola Ugaz expusieron los abusos del Sodalicio de Vida Cristiana, el grupo fundado en 1971 para contrarrestar la Teología de la Liberación, terminaron perseguidos en tribunales.
Según ellos, los obispos que los acompañaron se cuentan con los dedos de una mano, y uno fue Prevost. Escuchó a las víctimas cuando casi nadie lo hacía, firmó desde Roma la salida del obispo sodálite que había querellado a Salinas y empujó la disolución que Francisco decretó en 2025. Lo pagó con una campaña de acusaciones que los propios periodistas atribuyen a sectores vinculados al Sodalicio.
Durante años, la Iglesia peruana respondió a ese escándalo pidiendo prudencia y unidad, y esa prudencia terminó protegiendo a los abusadores.
El caso empezó a cambiar cuando alguien escuchó a las víctimas y se desmontó la institución. Prevost vivió ese proceso desde dentro, y es dudoso que acepte ahora una idea de reconciliación que prescinda de la verdad.
Tampoco llega libre de exigencias, porque las víctimas del Sodalicio sostienen que la disolución aún no les ha dado justicia y le pedirán cuentas en el encuentro que el Vaticano confirmó para esta gira.
Uruguay nunca entró en la ola. Su desacuerdo con el Papa por la ley de eutanasia se procesó en una conversación en Roma en la que, según Orsi, ambos hablaron «sabiendo lo que pensábamos uno y otro».
El caso uruguayo le sirve también a la izquierda, tentada de leer al Papa como aliado de coyuntura. León XIV no viene a festejar a Lula ni a castigar a Trump, y en bioética está más lejos de Orsi que de Fujimori. Su agenda está pensada para que ningún gobierno se quede con la visita.
¿Y Chile?
El Papa no pasará por Chile, aunque lo que ocurre aquí tiene que ver con su agenda más de lo que el gobierno quisiera.
En mayo, León XIV firmó Magnifica Humanitas, su primera encíclica, en el aniversario de la Rerum Novarum, y volvió a poner la dignidad del trabajo y la justicia social en el centro de la doctrina de la Iglesia. Chile va en la dirección opuesta.
José Antonio Kast llegó a La Moneda prometiendo orden y crecimiento, y 8 meses después el desempleo llegó a 9,8%, su nivel más alto desde 2021, con más de un millón de personas sin trabajo y la desocupación femenina sobre el 10%.
El Banco Central, que en diciembre proyectaba hasta 3% de crecimiento para 2026, recortó su estimación a un rango de entre 0,25% y 0,75%. La inflación, que en febrero marcaba su nivel más bajo en cinco años, llegó a 4,1% en septiembre, empujada por los alimentos y la energía, y el mercado proyecta que el año cierre cerca del 5%. Solo el diésel subió 36,8% en nueve meses.
El desempleo y la carestía recaen sobre los mismos hogares que León XIV pone en el centro de cada etapa de su gira.
El malestar se refleja en las encuestas. Criteria situaba la aprobación de Kast en 42% a comienzos de abril, y el 1 de noviembre la midió en 25%, la más baja de su mandato. Pulso Ciudadano la ubica en 22,1%.
El golpe más reciente vino de las rebajas de condena a abusadores sexuales de menores firmadas por el ministro de Justicia, Fernando Rabat, a quien el Presidente mantiene en el cargo aunque un 72% rechaza su continuidad, según Criteria.
Mientras recorre la región un Papa que se ganó enemigos en Perú por ponerse del lado de las víctimas del Sodalicio, el gobierno chileno, que hizo de la mano dura su principal oferta, protege al ministro que rebajó las penas de quienes abusaron de niños. En un país que tardó años en romper el silencio sobre Karadima, el contraste es difícil de ignorar.
La nueva derecha latinoamericana ofreció orden y prosperidad a cambio de mano dura y ajuste. En Chile llegaron el ajuste y la mano dura, pero la prosperidad no. Brasil y Estados Unidos votaron contra esa oferta, y en Paraguay se desmoronó junto con un banco. León XIV no vino a apurar ese proceso y probablemente no lo intente, pero su agenda ya dice bastante.
En los próximos días entrará a la cárcel de Devoto, visitará a personas con discapacidad en Claypole, se reunirá con víctimas de abusos y escuchará en Pucallpa las demandas del pueblo shipibo-konibo.
Queda por ver si además hablará. Si lo hace, dirá en voz alta lo que su itinerario ya sugiere, que a los gobiernos se los juzga por el trato que dan a los más frágiles.
Álvaro Ramis
