"La moral cristiana enseña que el ser humano posee una dignidad intrínseca y un libre albedrío que deben ser respetados, ello porque cada persona tiene la dignidad de haber sido creada a imagen y semejanza de Dios. Incluso en situaciones de profundo dolor o pecado estructural, imponer por la fuerza de la ley, la exposición a un estímulo de alto impacto emocional, en un momento de vulnerabilidad extrema, no constituye un acto de caridad, ni de verdadera pedagogía, sino una tortura encubierta".