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Elecciones en Chile: la transición democrática que nunca termina

cristina oyarzoEl pasado domingo 15 de diciembre de 2013 se realizó la segunda vuelta electoral que enfrentó a Michelle Bachelet, representando a la Nueva Mayoría, coalición de socialdemócrata y Evelyn Matthei, como continuidad del gobierno de derecha de Sebastián Piñera. El ballotage se zanjó con un triunfo para Bachelet de un 62,26 % contra un 37,73% para su contendora. Junto con esto, es imposible dejar de consignar, como dato fundante de la causa, el más de 60% de abstención del total de los habilitados para votar. Como imagen reveladora, podemos decir que la nueva presidenta de Chile llega al poder con solo 3.212.353 votos, de los más de 13 millones del padrón electoral[1].

Y es que este es precisamente uno de los temas más comentados en la post elección. La gran abstención, sus causas y consecuencias. Hay argumentos que cuestionan la legitimidad de la votación y otros, más conformistas y resignados, tal vez convenientemente, plantean que siguiendo las reglas del juego, la legitimidad no es un tema a debatir.

Dejando a la vista el tema de la abstención como un síntoma del estado de la democracia en Chile, queremos concentrarnos en lo que representa el resultado de la elección. En primer lugar, plantear que más que un triunfo de la Nueva Mayoría y su proyecto, evidenciamos una derrota del gobierno de Piñera, que se presentó, al comienzo de su mandato, como la “nueva derecha”, una corriente liberal, que dejaba atrás el lastre de la dictadura de Pinochet. Pero este dejar atrás implicaba, como mucho, un rechazo a las violaciones a los Derechos Humanos y la puesta en escena de una renovada vocación democrática, más no los legados económicos, sociales y políticos del régimen autoritario. Una sutil limpieza de imagen, que, en los hechos, no representó más que la continuidad de los acuerdos a puerta cerrada de los partidos de la Concertación con el dictador. Y está bien, no es extraño que la derecha siguiera esta línea, ya que es absolutamente coherente con sus principios fundantes. Un neoliberalismo extremo y unos asuntos políticos subsumidos a él.

Lo curioso, por decir lo menos, es que los partidos que representan lo “socialdemócrata”, con la validación de la política en cuanto a los procesos decisionales, el rol del Estado y la importancia del ciudadano, desde la cima de la montaña, se lean más coherentes con un modelo de derecha que con lo que, en el discurso, -y solo en el discurso- han vendido a las chilenas y chilenos.

Por eso planteamos acá que, más que la vuelta a un gobierno de centro o socialdemócrata, un triunfo “socialista” como suelen mencionar los medios de comunicación internacionales, lo que tenemos es la continuidad del modelo de sociedad que ha llevado adelante la derecha económica, hija pródiga de la dictadura, magistralmente desarrollado por quienes negociaron la vuelta a democracia, la Concertación, hoy trasmutada en Nueva Mayoría. En el fondo, nada cambió con el histórico NO y la llegada de los partidos políticos al gobierno, en reemplazo de la Junta Militar.

Aun así, el contexto ya no es el mismo. La socialdemocracia vuelve al poder en condiciones menos favorables, con una ciudadanía en la que ya se ha instalado la sospecha y con un lento proceso de reordenamiento sociopolítico no institucional surgido desde las calles.

La abstención es claro síntoma de ello, junto con la relevancia que van adquiriendo iniciativas políticas no partidarias como por ejemplo la campaña Marca tu Voto, que exige una nueva Constitución por medio de Asamblea Constituyente y que ha mostrado el respaldo con que cuenta también en la urnas, en un acto eminentemente político, -marcar el voto, independiente de la preferencia con las siglas AC (Asamblea Constituyente)- y que se ha organizado al margen de los partidos políticos institucionalizados. Como resultado de esto último, más del 10% de los votantes han declarado explícitamente su adhesión a la constituyente.

Muchos expertos plantean que el acto democrático por excelencia es la emisión del voto, claro está, en un modelo de democracia representativa y liberal. Otras corrientes plantean que aunque e voto es importante, existen otras formas me manifestar lo político, de que el ciudadano se transforme en sujeto político real y que tienen que ver con elementos de democracia directa, participativa, no solo representativa. Creemos que este es el camino y que en Chile, ya se ha comenzado a transitar. El voto, como acto de delegación de soberanía, no es la única alternativa. Muchos sujetos han decidido conscientemente no votar al mismo tiempo que hacen actuación en el espacio político por otro medios. Esta es una buena noticia, la más alentadora quizás luego de esta elección.

Y este hecho enraíza profundamente con un proceso mayor que está en marcha en toda América Latina y en otras partes del mundo. Chile no queda al marchen de ello, aun cuando ese caminar sea más lento. Piñera y Bachelet, la derecha y la socialdemocracia de este país, no tienen muchas diferencias, solo algunos matices que han sido forzados por la iniciativa política ciudadana. Esperamos ahora que el poder que, efectivamente, tiene el sujeto político, se haga sentir por todos los medios que tenga a su alcance. Solo de esta manera, esa transición a la democracia que tantos han dado por culminada, será una realidad para todos los chilenos y chilenas y se constituirá, de paso, en un aporte para el proceso de avance y fortalecimiento político de América Latina.

Cristina Oyarzo Varela

*Analista internacional, colaboradora permanente de HispanTV, El Ciudadano y otros medios escritos, especialista en temas del Mundo Árabe y América Latina. Tw: @CristinaOyarzoV

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