jueves, octubre 17, 2019

En la muerte de Daniel Zamudio

Cuando escribo este post no sé exactamente si el joven Daniel Zamudio ha muerto efectivamente o sigue conectado a una máquina que le mantiene muerto en vida. Es lo mismo. Lo que sí es seguro es que fue torturado y finalmente asesinado por una jauría de bárbaros. Hoy mismo, el día en que me entero de la muerte de Daniel, ha finalizado el congreso de la FELGTB, la principal organización lgtb de mi país y hemos dedicado algunas palabras a Daniel.

En España hemos conseguido la completa igualdad legal para las personas gays y lesbianas y enormes avances en la situación legal y social de las personas transexuales. Existe, obviamente, homofobia y transfobia, pero no suele manifestarse de manera violenta y las leyes la persiguen. No obstante, sabemos de sobra que no estamos seguros, que no somos libres, que no somos iguales. Que no estaremos seguros, libres e iguales hasta que la homofobia y la transfobia no hayan desaparecido de nuestras vidas, de todas las vidas. Hasta que sea un sentimiento completamente residual, reconocido como inhumano; hasta que la mayoría de la gente sepa que el odio a la diferencia sexual es irracional, injusto, aborrecible y que puede llegar a ser asesino.

Por eso no basta con lamentar el asesinato de Daniel. El asesinato de Daniel se produce porque hay muchas instancias entendidas por la mayoría como legítimas y respetables que alientan una homofobia, lesbofobia o transfobia de baja intensidad que sirve para dar cobertura a la barbarie; que no llama directamente al asesinato, pero que llama al desprecio, a la discriminación y finalmente al odio, al diferente. No estar activamente posicionado en contra de cualquier tipo de discriminación es dar alas al odio y a la violencia. No hace falta llamar directamente a la violencia legitimar la violencia. No reconocer que las personas lgtb somos merecedores de exactamente los mismos derechos, es no querer reconocer que somos merecedores del mismo respeto, de la misma dignidad; es no querer reconocer que compartimos exactamente la misma humanidad. Y finalmente cuando no se reconoce la misma humanidad ni la misma dignidad, se termina por favorecer que alguien entienda que somos merecedores de algún tipo de castigo.

Por eso, en la muerte de Daniel, en la muerte de cualquier persona homosexual o transexual en cualquier lugar del mundo, los principales culpables son, desde luego, los agresores. Pero son culpables también la Iglesia Católica o cualquier otra iglesia o fe irracional que nos niegue la igualdad; culpables las instituciones políticas que no se implican en la lucha contra la discriminación ni en la educación para la igualdad. Culpables son la mayoría de los políticos o personalidades que ahora dirán sentirlo mucho, que ahora reprobarán la violencia, pero que cada vez que se niegan a dar un paso hacia la igualdad completa no hacen sino favorecer la violencia. Son culpables y son hipócritas.

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Las personas lgtb que somos activistas por la igualdad y la dignidad somos cada una de nosotras y de nosotros parapeto, red de seguridad, para las vidas, los cuerpos, y la felicidad de cualquier gay, lesbiana o transexual del mundo. Si hay una causa social o política que cada uno de nosotros o de nosotras sienta personalmente, encarnadamente, es esta: la de la igualdad lgtb, la de nuestra igualdad, nuestra libertad, nuestra dignidad. No me gusta desear paz ni descanso a los muertos porque la paz y el descanso todo el mundo merece tenerlos en vida; pero sí deseo que los asesinos de Daniel no lo encuentren nunca y que sobre ellos caiga una justicia que aun deseando que sea tan dura como pueda serlo, será seguramente -y yo así lo defiendo- más piadosa con ellos que ellos lo fueron con Daniel.

Por Beatriz Gimeno

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