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Entre la institucionalidad y la movilización

Álvaro CuadraEl triunfo de Michelle Bachelet

Más allá de las diferencias y tensiones que pudiera generar el triunfo más que previsible de Michelle Bachelet, lo cierto es que su candidatura y su futuro mandato concitan un amplio consenso dentro y fuera de Chile. Desde sectores empresariales nacionales e internacionales, hasta la izquierda tradicional, incluidos los comunistas, se ha respaldado un programa de gobierno que apunta a reformas de mediana intensidad en el ámbito educacional, tributario y constitucional.

En esta segundo vuelta electoral, la triunfadora es Michelle Bachelet, su figura y su programa. Casi como en una profecía auto cumplida, la ex mandataria fue reafirmando su liderazgo en amplios sectores de la ciudadanía, seducidos por sus “cualidades blandas” que contrastan con el talante tecnocrático de la candidata de la derecha, la ex ministra señora Evelyn Matthei. Triunfó la simpatía de Bachelet, fuera de toda duda, pero también triunfó la promesa de reformas democráticas que el país anhela. Pero las movilizaciones sociales de los últimos años están marcando un nuevo tiempo político en Chile que reclaman más que empatía ciudadana.

El triunfo de Michelle Bachelet no ha sorprendido a nadie, más bien se ha confirmado lo que muchos esperaban. Su regreso a La Moneda plantea una serie de preguntas en el medio político en torno a la profundidad de las reformas prometidas. Tales reformas son vistas como amenazas por los sectores más conservadores, mientras que a la izquierda de Nueva Mayoría se las concibe como claramente insuficientes. Uno de los desafíos del futuro gobierno de Bachelet será, precisamente, mantener los equilibrios políticos para avanzar en su propuesta de programa, manteniendo al mismo tiempo un diálogo con los movimientos sociales.

En el plano internacional, Michelle Bachelet tampoco lo tiene fácil. El clima económico a nivel global presenta algunos nubarrones que auguran una disminución del crecimiento económico durante el próximo año. A esto se agrega el inminente fallo del Tribunal de La Haya sobre los límites marítimos con el vecino Perú y una demanda en curso planteada por el gobierno de Evo Morales. Su presencia en el gobierno es un signo alentador para mejorar los nexos con los vecinos y revitalizar lazos más fuertes con algunos gobiernos regionales como Ecuador, Brasil y la Venezuela de Maduro. No olvidemos que la señora Bachelet viene ahora nimbada por un prestigio mundial tras ocupar el más alto cargo en ONU Mujeres.

En esta hora de triunfos para Michelle Bachelet, una mayoría de chilenos ha confiado en ella para dirigir el país los próximos cuatro años, otorgándole de paso una mayoría parlamentaria a su coalición hace pocas semanas. Después de cuatro años de un gobierno pragmático de derechas que no logró seducir a las mayorías, hay un giro hacia la centro izquierda. Una nueva coalición de gobierno, Nueva Mayoría, quiere dejar atrás el recuerdo de la llamada Concertación, un recuerdo agridulce de veinte años de reformas débiles, demasiado débiles y de un clima de corruptelas escandaloso, demasiado escandaloso.

ENTRE LA INSTITUCIONALIDAD Y LA MOVILIZACIÓN

El próximo gobierno de Michelle Bachelet se va a instalar en un país que se encuentra sometido a la tensión entre dos tendencias, una hacia un fortalecimiento de la institucionalidad y otro hacia la movilización, una tensión que atraviesa a los distintos sectores políticos. Se trata, ciertamente, de dos polos que se ordenan en diversos grados de radicalidad y que estructuran el espectro político desde el conservadurismo extremo hasta movimientos sociales y ciudadanos muy activos.

La presidenta electa ya ha comprometido una serie de reformas que pretenden mantener condiciones de gobernabilidad y, al mismo tiempo, satisfacer las demandas de los distintos sectores sociales, especialmente del mundo estudiantil. Entre las muchas claves que determinarán los años venideros en Chile está, en primer lugar, la unidad de la Nueva Mayoría, un conglomerado diverso no exento de tensiones. Llevar adelante un proceso de reformas, escuchando a la calle.

Si bien el programa del nuevo gobierno apuesta a una nueva constitución para el país y a cambios sustanciales en cuestiones tan sensibles como la educación y las leyes tributarias, lo cierto es que muchas de ellas van a tener que ser consensuadas con sectores opositores en el parlamento. La derecha chilena está lejos de ser un bloque compacto y uniforme, sin embargo, han demostrado históricamente gran cohesión ante reformas que llegan a considerar amenazas. El proceso de reformas se augura complejo y difícil, un camino no exento de riesgos.

La elección de la presidenta Bachelet ha mostrado, entre otras cosas, un amplio grado de desafección ciudadana hacia las prácticas democráticas. El abstencionismo es un síntoma que persiste, inquietante, en la democracia chilena. Si bien la presidenta ha sido elegida por un amplio margen, lo cierto es que su votación, al considerar la totalidad del padrón electoral, desdibuja su aplastante triunfo. Esta es una mala noticia para el sistema democrático y requiere ser tomada muy en serio en el futuro inmediato.

El próximo gobierno de Nueva Mayoría tiene la tarea de demostrar que el apego a la institucionalidad incluye la posibilidad de reformas democráticas serias y profundas. Solo de este modo podrá exorcizar los fantasmas de dos décadas de gobiernos concertacionistas marcados por su incapacidad transformadora y una serie de malas prácticas que terminaron con su total descrédito. El rostro amable de la presidenta electa Michelle Bachelet ha logrado desplazar a la derecha más dura de La Moneda, habrá que ver si es suficiente para encantar a los ciudadanos en un proceso de reformas democráticas en los años que vienen.

Por Álvaro Cuadra

Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. Elap. Universidad Arcis

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