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Exordio pre electoral

A pesar de las cuentas alegres que las élites políticas-empresariales tratan de ostentar -de las primarias del 30 de junio pasado- con respecto a la asistencia de votantes, es necesario puntualizar algunas reflexiones.

Recordemos que inusualmente por unanimidad los aliancistas y concertacionistas, aprobaron el voto voluntario, quedando entonces el padrón electoral en 13.106.544 habilitados para votar. Desglosando tal cifra apreciamos que el candidato ABSTENCIONISTA más que quintuplicó a la abanderada ganadora, Michele Bachelet (sufragaron en total 3.768.760, que representan solo un universo del 22% inscrito). Por la ex mandataria se inclinaron un poco más de dos millones y por el hoy retirado Pablo Longuiera, unos 800 mil. En cambio la oposición o indiferencia al juego binominal, alcanzó el 77%.

Este cuadro demuestra además el estrepitoso fracaso del Estado, en su misión de organizar -con recursos millonarios del erario nacional- estas elecciones.

Este interés estatal, gestado entre los politicastros de turno y su aliados, los grandes empresarios, busca solo y desesperadamente darle al entramado constitucional de 1980, legitimidad o reconocimiento. Tal gesto se hace imprescindible según las doctrinas del derecho y de la filosofía política, pues pretende que los individuos organizados socialmente -que hacen del voto delegatorio, en sociedades como la chilena, su base institucional primaria- justifiquen sus actos, en conductas forjadas en el marco legal vigente. Pero en nuestro país, donde las más ínfimas e insignificantes disposiciones no han sido generadas por sus propios afectados, sino por la coalición político-financiero, arbitrada por las FFAA y sancionadas legalmente por sus sirvientes, hacen que el dominio de ese andamiaje constitucional sólo sea de un minúsculo grupos de familias. Esta circunstancia no es exclusivamente repudiable desde el punto de vista de la justicia social, sino que éticamente es inaceptable. Ningún país, menos su población, debieran acatar o defender leyes al servicio del grupúsculo de clase. Quizás ello explique la razón espontánea del crecimiento del estamento de los no sufragistas.

La existencia de estas marañas legales, han tenido en la historia encarnizados adversarios, que desde sus posturas subversivas e individuales han sido referentes en desconocer su legitimidad pública y abiertamente. Henry David Thoreau, filósofo ermitaño estadounidense fue recluido en 1836 al rehusar a pagar impuestos de guerra, ya que el Estado norteamericano libraba una confrontación bélica contra México por el territorio texano e igualmente buscaba con esos fondos formar una policía para mantener el sistema de esclavitud contra los negros. En su libelo acusatorio “Desobediencia Civil”, Thoreau enfatiza su accionar señalando que la autoridad del gobierno, para ser estrictamente justa debe tener la ratificación y el consentimiento de los gobernados. “No puede tener total derecho sobre mi persona y mi propiedad, sino el que yo lo admita”. Años después, su discípulo predilecto, el gran escritor ruso, León Tolstoi, desde su comunidad anarcocristiana “Yasnaia Poliana”, exhortará a no obedecer preceptos legales que son malignos para el individuo: “Debemos cada uno de nosotros resistir al mal, como entre otras cosas no colaborar con los opresores”.

Mahatma Gandhi -continuando con la obra de su maestro Tolstoi- llamó en Sudáfrica primero y en India después a implementar la “No violencia activa”, impulsando entre otras acciones, el boicot electoral (Abstencionismo). Para tal propósito creó en 1906, en África del sur, el diario “Indian Opinion”, logrando en 1910 que la no asistencia a las urnas fuera una de las más importantes herramientas de presión a las autoridades. A contar de 1919, por medio del semanario que él dirigía “Navajivan”, logró repetir exitosamente la misma campaña abstencionista en contra de los ingleses.

Otro camino se recorrió en el seno de la Asociación Internacional del Trabajo -entidad que aglutinaba a los sindicatos de diversos países europeos- Marx y Bakunin entre los años 1864 – 1872, debatieron si los obreros deben avalar con sus votos los procesos electorales que los patrones buscaban para legalizarse. Finalmente venció en su fundamentación, el alemán Carlos Marx, al plantear que desarrollar los partidos obreros precipitaría en corto tiempo la ilegitimidad del sistema…

Jorge Sorel, cercano a Miguel Bakunin, diseñó la doctrina del sindicalismo revolucionario, descrito en “Reflexiones sobre la Violencia” el año 1902, como el ariete que destruirá al capitalismo y simultáneamente construirá el socialismo. Uno de sus postulados es que el sindicalismo debe aborrecer al electoralismo democrático liberal, creando con este fin un fuerte movimiento que ponga en tela de juicio al sistema, por medio del boicot electoral. “A medida que menos personas voten, se le estará negando la autenticidad y el respaldo mayoritario que desea el orden burgués”. Tan trascendental fue esta postura, que aún algunas centrales sindicales del orbe la abogan (CGT española, CNT de Francia, COB de Bolivia), a pesar del predominio ideológico que mantiene en ese campo, el sindicalismo partidista.

En Chile, en agosto de 1980 -dentro del espíritu ya citado- integrantes del Comité de Defensa de los Derechos Humanos y Sindicales (Codehs), presidido por Clotario Blest y acompañados por algunos sindicalistas y sacerdotes obreros, constituyeron el Comando Nacional por la Abstención, con el fin de oponerse y deslegitimar la convocatoria hecha por la dictadura, destinada a aprobar su nueva Constitución. Fue la única organización que adoptó tal resolución, repitiéndola en 1988, durante el plebiscito. Si bien tal llamado tuvo escaso eco entre sus contemporáneos, históricamente quedó de manifiesto que la democracia no fue conquistada, sino que pactada por y para negociantes que figuran hasta el día de hoy.

Años antes, en otra latitud, Martin Luther King con el Movimiento de Derechos Civiles, en conjunto con la Nueva Izquierda norteamericana y acompañada por núcleos de hippies, estimularon a ignorar las leyes degradantes, racistas y explotadoras, instando a no recurrir a las jornadas electorales. Memorables fueron las movilizaciones contra las presidenciales de 1964 y 1968.

Al evaluar históricamente estas referencias seleccionadas, la gran interrogante a dilucidar es ¿Qué motivo lleva a que se levante -usual en las últimas décadas- candidaturas presidenciales alternativas (¿ a qué ? ), concibiendo así la equivocada idea de que la actuación política sin participar en elecciones es una actitud antidemócrata?

Al día de hoy, de las diez candidaturas que supuestamente buscan llegar al sillón presidencial, ¿cuántas realmente se inscribirán el 14 de septiembre legalmente para la disputa? Y los que no, ¿a cuánto venderán su masa votante? Recordemos las tristes experiencias de Navarro ( que terminó apoyando a MEO) de Zaldívar (Piñera) o de Sara Larraín (Lagos).

Quizás entre los múltiples factores que permiten que los no sufragistas solo sean cifras estadísticas o anécdotas de la historia, es la ineptitud de articularse permanente y organizadamente en una campaña por desautorizar las bases del régimen. Es fundamental entender que como persona tenemos todo el derecho de vivir en libertad y justicia, rechazando sin más toda ley que nos oprime y aceptando y perfeccionando todo lo que nos aproxima a una convivencia libertaria. Contamos para ello, con una arma más devastadora que la nuclear: La no cooperación.

Por Óscar Ortiz

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