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¿Hacia dónde va nuestra educación? Políticas educativas sin pedagogía

Durante este segundo semestre probablemente se agolpen noticias respecto a la crisis del sistema escolar chileno. La verdad es que a estas alturas es una letanía, el Ministerio publica ciertos resultados producto de pruebas u otros artilugios y la prensa los modela de tal forma que la sensación de gravedad o crisis terminal de todo lo que se cobija bajo la equivoca expresión “sistema educativo” es lo que nos confirma esa sensación de camino al precipicio.

Una de las más recientes “noticias de impacto” son los resultados en la prueba INICIA. Universidades, facultades y carreras salen al pizarrón esta vez, para decirles “genéricamente” que lo hacen mal y que sus egresados no saben nada. Portada LUN, portada La Tercera, portada El Mercurio. Se agregan luego solo algunos matices referidos a quienes puntúan mejor, o peor, los pormenores del ranking de rigor. El ritual ya lo tenemos internalizado, todos caemos en la tentación de ver “en qué lugar quedamos”, con lo cual se completa el circuito de la dominación de una ideología perversa.

Por lo mismo, más que referirme sobres las virtudes o defectos de esta última prueba o de otras que se aplican hoy en día, quisiera llamar la atención sobre lo pusilánime que es este debate sobre “resultados”.

En primer lugar, cabe preguntarse cómo es que hemos llegado hasta aquí. Es decir, cómo es que como sociedad hemos ido suscribiendo cada una de estas evaluaciones como quien consulta un oráculo nada de benevolente. De hecho, académicos, docentes, estudiantes, padres, periodistas y políticos comentan estos resultados e idean modos de resolver cada uno de estos problemas a sabiendas que se trata de un camino largo y empinado para llegar a la calidad. Pareciera que conociéramos el camino.

Sin embargo, es justamente aquí dónde emerge uno de los problemas más graves. Creemos que las evaluaciones en sí son la brújula y que mejorar la calidad es el camino… Todo indica, después de décadas en lo mismo, que nada de esto es cierto.

¿Tan perdidos andamos? Parece que sí. Una mirada brevemente retrospectiva a la trayectoria de las políticas (breve es al menos los últimos cincuenta años), nos indica que hemos tenido crisis de crecimiento (reforma educativa de la democracia cristiana y periodo de la Unidad Popular), crisis de reorientación ideológica (primeros años de la dictadura militar), crisis de ajuste estructural orientado a la privatización (décadas de 1980 en fase terminal de la dictadura) y crisis de gestión de la privatización (desde la concertación a la fecha). En el trayecto, y sobre todo tras el golpe de estado, se fue disolviendo la comprensión de lo pedagógico en las crisis del sistema educativo. Vale decir, fuimos disolviendo el sentido de lo que queríamos mejorar.

En la coyuntura actual parece que nada de esto se ha pensado. El muy probable futuro gobierno no tiene a ni un solo experto del campo de la pedagogía en su plana más visible. Predominan los ingenieros y economistas, que por supuesto, están calculando los presupuestos necesarios para “mover las variables”, pero en ningún caso para entrar en lo que para ellos son verdaderas cajas negras (las escuelas, el aula, los niños y los jóvenes en este multifacético país). Claro, el juego de los indicadores parece muy atractivo, pero no son más que eso, “indicadores”. La comprensión profunda de lo que está pasando y por qué no se mueven las variables quedan más patentes en series de televisión (como El Reemplazante) que en los informes escrupulosamente bien documentados cuantitativamente de quienes pretenden apuntar a la calidad (de sus indicadores).

Es por esto que hoy tenemos políticas educativas sin pedagogía, o lo que es lo mismo, un sistema educativo sin alma. Viene siendo hora de rediscutir en profundidad lo que estamos diciendo y haciendo en educación, la literatura “especializada” no sólo habla hoy en día de la estrategia o la táctica más exitosa para que niños, niñas y jóvenes aprendan, sino que también habla de la necesidad de cambiar paradigmas, de volver a poner el acento en los contextos, los actores y sus subjetividades y en el valor formativo de la cultura (no de las materias escolarizadas) en el desarrollo autónomo y consciente sociopolíticamente de nuestros ciudadanos. Eso también lo dice la literatura especializada. De no mediar un cambio de foco sobre cómo se discuten los problemas educativos, seguiremos en un simple juego de reorientación de recursos para “gestionar la privatización”, moderando sus efectos más perversos y muy probablemente, reforzando otros que hoy en día no lo son tanto. Tampoco pasa solo por hablar de escuela pública (gratuita y de calidad) porque ello puede adolecer del mismo déficit, una escuela pública sin pedagogía en el corazón de su quehacer podría ser tanto o más terrible que la situación que tenemos hoy.

Por Luis Osandón Millavil
Decano Facultad de Pedagogía
UAHC

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