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Justicia, perdón y clemencia

En el Chile de hoy se ha hecho ya un lugar común “pedir perdón”. Es claro que un discurso tal, si está bien inspirado, propende a la paz y cohesión social, pero también implica una renuncia frente a ofensas graves. El perdón significa renunciar al reclamo del justo castigo, aplacando cualquier ira o venganza y evitando prolongar en el tiempo una situación dolorosa y agraviante. Por ello, muchos sabios recomiendan más bien la clemencia, mas no el perdón, evitando así renunciar a la justicia.

La clemencia es la actitud benévola, no vengativa, ante quienes aparecen como causantes de una ofensa en un juicio justo. Es decir, lo primero es esclarecer las circunstancias de lo acontecido, identificando a los responsables y, eventualmente, reconociendo a los culpables de dichos actos. Se evita así que un crimen quede impune ante las víctimas y ante la sociedad. En tal circunstancia, la justicia debe obrar con clemencia, considerando atenuantes si los hubiere, aboliendo la pena de muerte si procediere, en fin, respetando en todo momento la dignidad humana del condenado.

Una sociedad obligada a hacerse cargo de episodios de barbarie en su propia historia debe estatuir nuevos criterios jurídicos y morales para emprender tal empresa. Esto es, debe darse las condiciones de posibilidad para esclarecer lo hórrido, sin renunciar nunca al principio fundamental de la justicia. Conocer la verdad de lo ocurrido, observar con acuciosidad los eventos que protagonizaron víctimas y victimarios, separando con precisión conceptual y práctica lo que hemos de entender por justicia de cualquier otro enfoque pasional.

En la sociedad civilizada a la que aspiramos, la justicia debiera ser como el aire que respiramos. Nada puede borrar los trágicos sucesos de septiembre de 1973, nada podrá resucitar a los muertos ni curar las heridas y los dolores de los torturados ni aplacar la pena de los familiares de tantos desaparecidos. Tanto dolor plantea el legítimo reclamo de justicia, solo después de ella podemos plantear la grandeza y la clemencia.

El perdón corresponde al fuero interno de los ofendidos, es en aquella subjetividad herida donde se resuelve tal sentimiento. Ante las ofensas causadas a tantos compatriotas solo cabe a la sociedad encontrar los caminos de justicia real y efectiva. Corresponde a las víctimas y sus familias el perdonar o no a los victimarios, sea por razones filosóficas, religiosas o morales. A la sociedad chilena le corresponde hacer justicia allí donde muchos civiles y uniformados siguen impunes.

Por Álvaro Cuadra

Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. Elap. Universidad Arcis

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