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La derecha y su campaña del terror

Ante los anuncios del comando de la candidata Bachelet, diversos sectores de la derecha chilena han orquestado una verdadera “campaña del terror”. Se trata de atemorizar al electorado frente a cualquier propuesta de cambio que aminore las millonarias ganancias del empresariado criollo. Así, el ministro de Hacienda Felipe Larraín sostiene sin sonrojarse siquiera, que la caída en la inversión este año se debe a los anuncios de la candidatura concertacionista. Por su parte, el columnista Hermógenes Pérez de Arce declara que si se avanza hacia una Asamblea Constituyente se produciría una grave crisis institucional y no se puede descartar un nuevo golpe de Estado. Después de todo, afirma este exótico personaje, cada 40 años se producen crisis profundas en la democracia chilena.

Esta campaña del terror vuelve, con décadas de atraso, sobre el tópico de la “amenaza comunista” y la amenaza de una intervención militar. Se quiere hacer creer a los chilenos que solo con la constitución de Pinochet es la garantía para el crecimiento económico y que la única democracia posible es la que conocemos, la democracia binominal. En pocas palabras, se quiere hacer comulgar a los chilenos con ruedas de carreta que se resumen en una sola idea: Todo cambio en el Chile actual es peligroso.

La campaña del terror que ha emprendido la derecha es ya un buen indicio de lo que será su papel en el parlamento y en los medios frente a un eventual segundo gobierno de Bachelet. Frente a temas tales como una AFP estatal o una reforma tributaria profunda, para no hablar de una Asamblea Constituyente, la derecha será una oposición implacable y conspirativa. Más allá de sus sonrisitas de campaña, este sector político está dispuesto a defender aquello que obtuvo a sangre y fuego hace 40 años de manos de una dictadura militar.

Los personeros de la derecha chilena saben que es muy improbable volver a la presidencia en lo inmediato y saben también que en la sociedad chilena corren vientos de cambio. La candidatura reformista de Michelle Bachelet representa ya un riesgo al modelo que han implementado en el país. La constitución del 80 es la última frontera. El único modo de defenderla es convertir el parlamento y los medios en una trinchera para defender sus intereses.

La democracia chilena ha llegado a un punto en que la soberanía popular se contrapone a una democracia oligárquica que la ha excluido desde hace mucho. Los distintos movimientos sociales, en estado embrionario, muestran que las nuevas generaciones no están dispuestas a seguir soportando calladamente la injusticia convertida en ley. La tarea de los gobiernos venideros es, precisamente, cambiar profundamente el diseño malsano que ha presidido nuestra vida ciudadana estos últimos decenios.

Por Álvaro Cuadra

Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. Elap. Universidad Arcis

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