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Las demandas de hoy y las de ayer

¿Las demandas de hoy son las mismas que las de hace 40 años? ¿O los movimientos sociales luchan hoy día por los derechos que les arrebató la dictadura?

Las demandas de hoy exigen completar la reconstrucción en que estamos empeñados desde hace dos décadas, de la inmensa destrucción ocasionada por el tsunami reaccionario que se desató hace cuarenta años sobre nuestro pueblo, a consecuencia del intenso terremoto que sacudió a nuestra sociedad desde mediados de los años sesenta y hasta 1973 y que permitió gigantescos e irreversibles avances que la transformaron de arriba abajo y para siempre.
En Chile sabemos de terremotos y también de maremotos, esas olas superficiales que se abaten como un latigazo sobre las costas estremecidas por los avances producidos en las entrañas de la tierra, y que a veces, si no se logran levantar a tiempo las defensas necesarias, pueden resultar más destructivas que el terremoto mismo; pero que no logran retrotraer ni un milímetro los avances logrados en las profundidades tectónicas.
Así ocurre también a veces y en algunos países con las grandes transformaciones sociales. Éstas siempre generan reacciones violentas de los viejos sectores privilegiados, pero en ocasiones éstos logran concitar el apoyo de otros sectores sociales atemorizados y cansados tras varios años de turbulencias políticas y en algunos casos, felizmente los menos, logran provocar una contra revolución triunfante. Cuando ello ocurre, las sociedades se vuelven contra ellas mismas en una reacción de tipo suicida y destruyen no poco de lo que ellas mismas habían construido previamente; es lo que en siglo veinte se conoció como el fascismo.
Así ocurrió en Chile tras el golpe de 1973, con muchos de los brillantes logros del medio siglo previo de desarrollismo estatal, impulsado siempre desde abajo por el pueblo: se destruyeron parcial o totalmente los grandes sistemas públicos de educación, salud, previsión, y transporte, entre otros; se retrotrajeron en varias décadas los avance logrados en el nivel salarial y la organización política y social del pueblo, y su nivel de influencia en todos los ámbitos de la vida social, al tiempo que se restablecían los privilegios de una minoría oligárquica, arrogante y autosegregada, que nuevamente se adueñó de todos los riquísimos recursos de esta tierra para vivir de su renta, como ha sido su costumbre secular, al tiempo que desmantelaba en buena medida la producción nacional de valor agregado por el trabajo de las chilenas y chilenos.
Estamos empeñados ahora en terminar de reparar y reconstruir todo aquello. En los años 1980, una gigantesca y heroica intifada remeció nuevamente a nuestra sociedad a lo largo de varios años y abrió paso al término de la dictadura. Ahora nuevamente, tras veinte años de paciente espera, nuestro pueblo está perdiendo la paciencia, como lo viene haciendo a cada década o dos, a lo largo del último siglo. Con lucidez asombrosa, ha concentrado sus demandas en una sola: cambiar la constitución para abrir paso a la democratización real del sistema político y posibilitar de ese modo todos los cambios requeridos. De seguro lo vamos a lograr.
Manuel Riesco Larraín
Economista Cenda

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