Limache, el municipio y el sentido común

Los procesos electorales desatan el derroche de recursos financieros y materiales (donde los que tienen dinero llevan amplia ventaja), desatan la creatividad (donde las candidaturas más pobres tienen la posibilidad de emparejar la cancha), desatan la hipocresía y las falsas promesas (donde la mayoría de postulantes, intentando mostrar sus fortalezas, terminan evidenciando sus debilidades) y […]

Por Wari

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Columnas

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Los procesos electorales desatan el derroche de recursos financieros y materiales (donde los que tienen dinero llevan amplia ventaja), desatan la creatividad (donde las candidaturas más pobres tienen la posibilidad de emparejar la cancha), desatan la hipocresía y las falsas promesas (donde la mayoría de postulantes, intentando mostrar sus fortalezas, terminan evidenciando sus debilidades) y desatan, por cierto, las pasiones.

La disputa por el poder institucional, allí donde se consagra la posibilidad de hacer lo propio en nombre de todos, siempre es descarnada. La democracia representativa que basa su poder en la ley de la oferta y la demanda, en el clientelismo, en las contradicciones –cuando no, la ignorancia cívica- de los mismísimos electores, resulta perversa.

No obstante, la experiencia nos indica que marginarse de la disputa del poder institucional ha resultado favorable sólo para quienes han manejado este país los últimos 31 años, donde la democracia representativa se acotó a los consensos neoliberales y a la justicia en la medida de lo posible, según los intereses de los poderosos.

Para quienes hemos privilegiado las autonomías respecto del aparato estatal, para quienes relevamos el campo de lo social como un espacio de luchas concretas por sobre la discusión puramente teórica, para quienes nos definimos radicalmente por una democracia participativa; nos resulta complejo adentrarnos en el terreno de la democracia representativa y sus trampas.

Pero si decidimos entrar, debemos aceptar las reglas del juego. No la corrupción del sistema, no la traición que la caracteriza. Lo que debemos hacer es reconocer y asumir sus límites para poder correr los cercos, para tensionarla.

En este contexto, la disputa específica por la alcaldía de Limache nos pone ante un escenario que podría significar una corrida de cerco, una posibilidad de gobierno distinto a lo que esta comuna ha conocido por décadas. Si bien un gobierno tal está sujeto a los condicionamientos normativos, a la correlación de fuerzas en el Concejo Municipal y al tema presupuestario; es la voluntad política de un potencial nuevo gobierno, su coherencia y consistencia en la gestación y desarrollo de un proceso realmente participativo, donde los ciudadanos puedan opinar sobre los asuntos comunes, pero sobre todo, donde puedan incidir en la toma de decisiones, es lo que permitirá un avance democrático y una diferenciación sustantiva de los gobiernos conservadores y neoliberales que hemos sufrido desde la dictadura hasta hoy.

Hace unos días, las declaraciones de un vecino de la comuna respetado transversalmente, vino a coronar un proceso de adhesiones, donde el sentido común se transformó en el eje de una opción a ganar la alcaldía y terminar con la lógica antidemocrática y depredadora de los representantes de la derecha.

En efecto, el llamado hecho por Gastón Soublette a votar por Sebastián Balbontín tiene el sustrato ético y la convicción política del filósofo, pero en el fondo apela al sentido común que debiera prevalecer entre quienes buscamos terminar con la cultura política dominante.

Para que el sentido común se transforme en los apoyos que permitan que el proyecto alcaldicio encabezado por Balbontín se concrete, no basta con declaraciones formales de los partidos de la ex Nueva Mayoría (democristianos, radicales, pepedés, socialistas y comunistas). Se requiere un compromiso explícito en el discurso y la campaña que cada uno de esos partidos está desarrollando hacia su militancia y adherentes electorales. Se requiere de gestos contundentes que evidencien su compromiso con el proyecto alternativo.

Es preciso decirlo con todas sus letras: aquellas candidaturas a concejales cobijadas en cupos de los partidos de la ex Nueva Mayoría que hacen campaña explícita o encubierta por el candidato Sandoval, que no sólo fue un adherente de la UDI, sino que fue su presidente local. El mismo partido del pervertido Novoa, del socio de la CNI Merelo, de todos los procesados por corrupción; del mismo partido que apoya al peor presidente de la historia de Chile, al del 4% de aprobación. Y lo que es más patético, que pretenden –a propósito de su carácter de “independiente” recientemente estrenado, convencernos que el mismo candidato que apoyó (junto a Morales, por supuesto) el Rechazo, puede resultar ser una alternativa para el 79% del electorado que en Limache apoyamos el Apruebo como señal de querer cambiar, de una vez por todas, esta basura que ha gobernado para satisfacer sus intereses.

No la adscripción ideológica, no el fanatismo que centra en las personas la posibilidad de cambios, no la negación del riesgo de futuras traiciones; lo que nos hace optar por una alternativa como la que representa el proyecto encabezado por Balbontín es el sentido común, el dos más dos de la política.

La alternativa para terminar con los gobiernos de derecha en Limache es la candidatura de Balbontín, independientemente de cualquier consideración relacionada con permanencia y testimonio territorial, con la militancia del propio candidato o con cualquier cahuín barato que los detractores se esmeran en relevar.

Es evidente que la candidatura del compañero Francisco Arias no tiene posibilidades de competir electoralmente con éxito en esta pasada. Entonces, la pregunta es, y sobre todo para el sector más de izquierda de la política limachina, ¿preferimos que siga gobernando la derecha, en cualquiera de sus dos versiones? Si la respuesta es no, tendrán que concederme que Balbontín es, sí o sí, la alternativa.

Es más, el desafío político para un polo que apuesta por cambios sustanciales en favor de las mayorías, y un proyecto construido y desarrollado con las mayorías en toda su compleja diversidad, es generar hoy los lazos y las instancias que nos permitan levantar un proyecto tal. Involucrados en la alternativa que emerge podremos aportar y fiscalizar que el proyecto sea colectivo y participativo.

La laxitud, la indiferencia o la tozudez, es la que permite que los discursos se queden en promesas. Hagamos que esta alternativa se convierta en realidad.

Por Roberto Córdova

Coordinador Nacional Proyecto La Comuna

Publicado originalmente el 9 de abril de 2021 en el diario La Quinta.

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