Los “Novísimos Movimientos Sociales” y la demanda por ser escuchados

El 26 de junio a las 11 horas se desarrolló una movilización ciudadana en El Ingenio, Cajón del Maipo, un lugar del que tengo los mejores recuerdos y que me llevaron a especializarme en ‘Investigación para la Paz’

Por Wari

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El 26 de junio a las 11 horas se desarrolló una movilización ciudadana en El Ingenio, Cajón del Maipo, un lugar del que tengo los mejores recuerdos y que me llevaron a especializarme en ‘Investigación para la Paz’. La convocatoria decía: “Vecinos y vecinas de El Ingenio: Estamos aquí reunidos porque nuestros derechos de participación ciudadana están siendo pasados a llevar”.

El derecho de ser escuchados. Lo que ocurrió y que se repite en miles de lugares del planeta es que, como aseguran los vecinos y vecinas, nadie escuchó, nadie les preguntó, nadie les consultó si lo necesitaban, si estaban de acuerdo con la instalación de un “Mega Puente” por parte del Ministerio de Obras Públicas (MOP). El grupo de vecinos movilizados plantea su interés y no es económico: “Nos gustan las noches estrelladas y la contemplación, el silencio y la tranquilidad. Queremos vivir en armonía con el medio ambiente. El ‘Mega Puente’ amenaza lo que somos y queremos ser. El mega puente nos ofende. La comunidad de El Ingenio exige respeto”.

No se les escucha, se les teme. Expliquemos un poco lo que se ha repetido en artículos y libros académicos en los últimos años referido a la acción colectiva de los “Novísimos Movimientos Sociales”.

Luego de las grandes movilizaciones entre el año 2009 y 2013, a escala planetaria (primaveras árabes, de ciudadanos indignados, estudiantiles, medioambientales, entre otras) vino un reflujo movilizador y organizativo de estos nuevos movimientos sociales que demandaban mayor justicia y dignidad. En estos últimos años, en diversas partes del mundo los movimientos sociales volvieron a focalizarse en la escena local, en los territorios, y volvieron a realizar nuevas demandas cada vez más variopintas. Una variable de este cambio fueron los devastadores efectos sobre las condiciones laborales y los proyectos de vida que supuso la última crisis financiera, principalmente en Europa, a lo que se sumó los casos de corrupción y crisis del sistema de partidos tradicionales en el caso de América Latina.

No hemos querido escuchar que “los tiempos están cambiando”, como decía Bob Dylan. Y es que los actuales sonidos nos cuentan del surgimiento en las dos últimas décadas de un nuevo ciclo global de acción colectiva, organizada a través del Internet y que se ha hecho visible durante protestas masivas, pero también ha sido configurado localmente por diversas organizaciones, redes, plataformas y grupos.

En Ciencias Sociales, algunos autores sostienen que este ciclo de protestas ha dado lugar a nuevos tipos de movimientos, a los que denominan “Novísimos Movimientos Sociales”. Los científicos sociales y los activistas se han referido a este movimiento y lo han analizado utilizando diversos términos: movimiento anti-globalización, movimiento en contra de la globalización corporativa, movimiento de la globalización alternativa, movimiento de la democracia radical, movimiento por la justicia global, o movimiento de resistencia al neoliberalismo.

No son sonidos del silencio como pregonaban Simon and Garfunkel, sino que resuena que los “Novísimos Movimientos Sociales” se han constituido en una fuerza propia de la globalización alternativa (alter-globalization) en que están desarrollando sus propios modos alternativos de globalización con base en la democracia y en la justicia social, en contraposición del modelo neoliberal dominante de la globalización que apoya los intereses corporativos.

En los años 60 del siglo pasado, ya se escuchaban sonidos nuevos y el nacimiento de una contracultura que se convertía en poesía sonora, y en movilizaciones icónicas de la historia, como el Mayo del 68 en Francia, en que se anunciaba que se debía ser realista y pedir lo imposible.

King Crimson sostuvo en la canción Epitafio (1969): “El muro en el que los profetas escribieron, se está resquebrajando. Sobre los instrumentos de muerte, la luz del sol brilla resplandeciente. Cuando todos los hombres se desgarren, con pesadillas y con sueños, nadie va a depositar la corona de laurel, mientras el silencio ahogue los gemidos”.

En esos años soplaba en el viento que los nuevos movimientos sociales se contraponían a los “viejos”, asociados con el surgimiento de la sociedad industrial; tales movimientos eran con frecuencia percibidos como luchas masculinas, adultas, y basadas en la clase, incluso si muchos de sus protagonistas eran de hecho estudiantes, bohemios y trabajadores jóvenes, que dieron lugar a un nuevo actor social: el adolescente que intenta convertirse en un adulto. El término “viejos” movimientos sociales por lo general se refería al movimiento de los trabajadores, en especial durante el periodo clásico de fines del siglo XIX a principios del XX.

El surgimiento de los “nuevos” movimientos sociales en los años sesenta estuvo asociado con el surgimiento de nuevos modos de acción colectiva en la era de los medios masivos y las contraculturas juveniles. Éstas últimas con frecuencia eran luchas juveniles multiclasistas y multigénero, que dieron lugar a otro nuevo actor social: el adolescente prolongado que se niega a convertirse en adulto. Los “nuevos” movimientos sociales –ecológicos, pacifistas, feministas, estudiantiles– y otros movimientos se asociaban por una abrumadora preocupación por la identidad, en contraposición al enfoque estratégico de los movimientos más viejos.

En cambio, el surgimiento de los “Novísimos Movimientos Sociales” está asociado con el surgimiento de nuevos modos de activismo colectivo en una era de redes globales y de ciberculturas juveniles: luchas intergeneracionales, transexuales y que atraviesan las clases, dando lugar a otro actor social más: el “yo adultescente’’, el joven que está entre el conservadurismo de Blade Runner y la resistencia del androide.

Actualmente, los “Novísimos Movimientos Sociales” mantienen características de sus antecesores, como más que guiarse por las grandes definiciones político-ideológicas, empiezan a hacerlo por aspectos micro y locales. Ello determina lógicas diferentes de acción colectiva: la del informal, vinculada a la supervivencia y la del formal, asociada a la calidad de vida (caso de El Ingenio con el “Mega Puente”).

La nueva modernización constituye lazos más débiles entre sociedad civil y Estado, favoreciendo una cultura más pragmática e individualista. Los “Novísimos Movimientos Sociales” no están protagonizados por actores que se identifiquen en términos de ideología o clase social, sino en función de otros parámetros, como la edad, el sexo, la etnicidad o en base a reclamaciones interclasistas. Destaca, sobre todo, tal como ha quedado en evidencia en la mayoría de las movilizaciones de los últimos años, el tema de la edad, ya que la juventud es uno de los principales actores partícipes de la nueva acción colectiva, es decir, de estas movilizaciones de nuevo tipo que tanto confunden a nosotros, los mayores.

También en los últimos años muchos jóvenes están planteando con fuerza el concepto de Cultura Regenerativa, que implica la recuperación de la capacidad regenerativa de los ecosistemas. Esta visión cultural es holística, ya que engloba en sí misma varias de las líneas emergentes del presente: las relaciones, la interdependencia, lo global, la consciencia de las relaciones, lo femenino (la Pachamama), lo ancestral, en fin, todo lo concerniente a la complejidad, y finalmente la defensa de la vida misma, de los seres humanos y de todos los demás seres que habitan este planeta. El patrón sintrópico y simbiótico de la vida nos ofrece la alternativa de co-crear abundancia compartida en vez de escasez competitiva.

En cuanto a las formas de organización destaca su creciente autonomía en relación a los sistemas políticos institucionales, la independencia respecto a la política convencional, la relevancia de las actividades locales y la preferencia por la actividad de base, con organizaciones basadas en forma de democracia directa. Los nuevos movimientos, más que por organizaciones formales. están protagonizados por redes o áreas de movimiento, como una red de grupos que comparten una cultura de movilización y una identidad colectiva.

Podemos hablar de “redes sumergidas” que se mantienen en estado latente (conflicto latente, existe contradicción, pero sin conciencia y conflicto incipiente, ya con conciencia individual o grupal) y que adquieren visibilidad en la movilización (conflicto manifiesto, es decir, cuando la conducta se hace presente). Esta forma de organización no es instrumental, sino un objetivo en sí misma; la forma del movimiento es su mensaje y constituye un desafío simbólico a los patrones dominantes. La elección de los medios de lucha constituye una finalidad política en sí misma.

Durante 2019, se produjo una eclosión de protestas a escala planetaria (Hong Kong, Pakistán, Iraq, Líbano, Irán, Francia, Reino Unido, Cataluña, Colombia y Chile). Los nombres para nombrarlas fueron desde levantamientos, revueltas, protestas, paros, estallidos, sin colocarse de acuerdo los académicos en un solo nombre. Las que las podemos mencionar como “un conjunto de acciones colectivas, procedentes de distintos sectores marginales, que buscan agrietar las estructuras culturales y las políticas dominantes. Dependiendo de la posición política del investigador se le puede agregar: como consecuencia del abuso de poder ejercido por élites políticas y económicas. Estas, a partir de medidas que vulneran los derechos humanos, por medio de las privatizaciones, la desregulación de la economía y la apropiación de los bienes comunes, que precarizan progresivamente las condiciones de vida de los ciudadanos e imponen el desencanto como un imaginario que naturaliza la resignación y la zozobra.

La pandemia se ha constituido en una válvula de escape del vapor acumulado en estas verdaderas ollas a presión sociales, pero ya los “Novísimos Movimientos Sociales” nuevamente están pidiendo ser escuchados en sus reclamos de sonidos por vida (supervivencia) o un tipo de vida (calidad), incluso asumiendo cargos de la política tradicional como gobernaciones, alcaldías y redactando una nueva constitución, como en el caso de Chile.

Como señala Nicolás Aguilar-Forero en “Las cuatro co de la acción colectiva juvenil: el caso del paro nacional de Colombia” (2020), requerimos una ontología antiesencialista que reconozca el carácter múltiple, heterogéneo, dinámico, relacional, cambiante, nómada, frágil, transitorio y contradictorio de las identidades sujetas a procesos de construcción y reconstrucción continua. La condición juvenil contemporánea se articula en torno a nuevas temporalidades; a tiempos, ya no cronológicos (secuenciales, etarios, psicobiológicos), sino socioculturales y determinados por las condiciones de vida, contextos y marcos de posibilidad diferenciados. Se trata ahora de un devenir joven, de un acontecer particular, de trayectorias vitales difíciles de predecir, itinerantes, no-coherentes, con ritmos y rumbos diversos, cambiantes y difusos; con pasados obsoletos, presentes eternos y futuros azarosos e inciertos.

Ya no podemos seguir viviendo sin escucharnos, lo que profetizaron magistralmente Simon and Garfunkel hace algunos años: “Y en la luz desnuda vi, diez mil personas, quizás más. Gente hablando sin conversar, gente oyendo sin escuchar. Gente escribiendo canciones que las voces jamás compartirán y nadie osó molestar a los sonidos del silencio”. Los puentes sirven para unir y no para separar personas, pero para eso se debe escuchar.

Por Sergio Salinas Cañas


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