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Los TLC, a otro perro con ese hueso

Coral PeyEstos si que son arribistas. Con el cuento del libre comercio, que Chile ahora está en las grandes ligas, del whisky y los quesos importados para todos, se llevan el cobre y todos los recursos naturales. ¡A otro con ese hueso!

Entre la década de los 90 y la primera mitad del nuevo milenio, en Chile se vivió una suerte de fiebre de Tratados de Libre Comercio. Después de Israel, fue el país que más acuerdos comerciales suscribió a nivel del orbe. De hecho, la liberalización comercial y la aplicación de las reglas de la Organización Mundial de Comercio fue lo que guió la política de Chile hacia el resto del mundo, priorizando la relación con los países altamente desarrollados. La canciller del gobierno del ex presidente Lagos, Soledad Alvear, justificaba esta política diciendo que “estamos entrando a la liga de los grandes” y un excelso profesor (que con los años llegaría a ser superministro) aconsejaba desde Harvard en diversos artículos priorizar por los aspectos comerciales en los procesos de integración y por los países de mayor desarrollo, principalmente con Estados Unidos.

Y así, desde el gobierno del ex presidente Frei las autoridades se empeñaron decididamente por impulsar la propuesta de Bush padre, la creación de un Área de Libre Comercio de las Américas, o Alca o en la firma del TLC con Estados Unidos y el establecer un acuerdo de asociación con la Unión Europea, dos proyectos que tenían propósitos comerciales y políticos comunes: el incrementar el radio de influencia en la región latinoamericana.

Para poner a tono al país con dicha estrategia, y que Chile fuera un “país confiable” ante los ojos de inversionistas y gobiernos de los países más desarrollados, se implementó un paquete de reformas: la aplicación de una política de drástica reducción de aranceles, priorizando un esquema norte sur frente a una integración “multidimensional” con países vecinos. Y, como en los 80, se continuó con las privatizaciones para ofrecer al mercado internacional bienes y servicios claves para el desarrollo nacional, como el agua, la educación, la salud, las telecomunicaciones, las pensiones, la propiedad intelectual, la agricultura, obras de infraestructura como carreteras y autopistas, los puertos, electricidad, los servicios sanitarios y la minería.

La llamada “apertura negociada”, iniciada en los 90, implicó asimismo drásticas desreglamentaciones nacionales como la reforma al código laboral; la sustitución de mano de obra por tecnología importada y empleos de mala calidad, informales y precarios, bajo una visión ideológica que significaba el aspecto comercial hipertrofiado en las relaciones de Chile con el resto del mundo y un caprichoso axioma de crecimiento igual a desarrollo, TLCs igual a integración y países sinónimos de economías.

Todo ello con la complacencia del gran empresariado. De hecho, las negociaciones hacia la suscripción del TLC con Estados Unidos formaron parte, durante el gobierno de Lagos, del pacto entre el gobierno y la CPC, materializado en la llamada “agenda pro crecimiento”. Y los argumentos eran nutridos: mayor crecimiento no importando a qué costo se realizaría ese crecimiento y cuán lejos estarían las cifras de la macroeconomía de los derechos y el bienestar de las personas y de un proyecto de desarrollo nacional. En tal sentido, los países tenderán a ejecutar e implementar las exigencias del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial y de la OMC.

Corresponde, pues, contrastar promesas con realidades a la hora de pensar qué fue de los TLC, y qué impactos tuvieron, cuestión que a la fecha nadie parece acordarse mucho. Y las cifras saltan por sí solas: fuentes oficiales, como la misma Direcon han debido reconocer que “las diez principales empresas exportadoras chilenas representan aproximadamente el 50% del total de los envíos; en el otro, el 93% de las empresas exporta menos del 0,001%” (2009). En relación a la estructura de las exportaciones, Chile sigue siendo país exportador de recursos naturales, con más del 50% de cobre, con la vulnerabilidad que significa la baja del precio del metal rojo en el mercado externo.

A la luz de lo antes señalado, sería saludable y hablaría bien de Chile el realizar una evaluación real de los impactos de los TLC con todos los actores productivos, junto a pensar políticas de mayor inserción internacional no sólo de un puñado de grandes empresarios. Asimismo, darle mayor énfasis a la llamada “integración regional” y que Chile juegue un activo papel en la materia.

No obstante, no se ve que tal reorientación vaya a estar a la orden del día ni en ésta ni en la próxima administración.

Por Coral Pey G.

* Mg. en Estudios Internacionales Universidad de Chile

El Ciudadano Nº146 / Clarín Nº6.923

Setiembre 2013

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