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Matinales buitres

No han sido pocas las ocasiones en que la TV chilena ha hecho escarnio de quienes se ganan la vida ofreciendo servicios fúnebres en los alrededores de hospitales y clínicas. Desde luego, los medios siempre buscan impactar a sus audiencias, lo que no tiene nada de malo, salvo que para ello crucen el límite de lo permitido, cuestión regulada por la ética. ¿Cuál ética?

A través de sendos reportajes en el pasado nos enteramos de cómo los “buitres” (apelativo con el que se conoce a los empleados de funerarias) pululan en las cercanías de los centros hospitalarios; allí se mantienen al acecho, husmeando en los pasillos del nosocomio, esperan con paciencia hasta que perciben el primer cambio de semblante de los parientes afligidos, o escuchan el llanto desgarrador de la muerte en medio del corredor. Enseguida se acercan a los compungidos y abren su catálogo de ataúdes y carrozas, y logran que los deudos paguen el servicio final. Escena, por lo general, de carácter privado, y que la TV en alguna ocasión se encargó de visibilizarla.

La mañana del miércoles 10 de julio de 2013 (nunca olvidaré esa fecha), la triada televisión-muerte-buitres, resurgió desde las mazmorras de ese periodismo sensacionalista siempre dispuesto a cruzar los límites, y por desgracia tuvo a su disposición las cámaras de los matinales de TVN y Canal 13 para transmitir en vivo y en directo la noticia que un oficial de Carabineros le entregó a un padre desesperado: su hijo accidentado en la víspera, había sido encontrado muerto.

La “promesa” que Kramer hizo a los niños de contar con un perrito para que lo viesen morir en cámara, al fin se hizo realidad. Eso querían esos matinales desgraciados: ver morir a alguien en cámara, ojalá un ser humano, no un perrito, y luego a los parientes de la víctima desangrarse de dolor. Y lo consiguieron. En efecto, a sabiendas que la lógica indicaba que la desaparición en la tarde del día anterior de un joven de 17 años, en medio del Manquehue, terminaría con el hallazgo de su cuerpo, los matinales buitres desplazaron sus móviles hasta las cercanías del cerro, a esperar, igual que sus colegas funerarios, el cambio de semblante del padre angustiado, el dolor del desgarro. Y lo consiguieron.

Los reporteros de los matinales buitres estaban en su salsa, ufanos, henchidos de ese servilismo al jefe que los lanza cada día a la calle a buscar “historias humanas” que haga subir el rating. Allí estaban, a los pies del Manquehue, explicando en vivo y en directo, que el retiro del helicóptero de Carabineros que sobrevolaba el cerro, podía interpretarse en ese momento como una señal de algo malo, al tiempo que comentaban que a esa misma hora el pesimismo se hacía sentir en las redes sociales, respecto al destino del joven desaparecido. Era, a todas luces, una imperdible oportunidad de elevar el esquivo rating. No importaban ni la dignidad, ni la privacidad, ni el dolor de la familia del adolescente; lo único importante era que esa nota estaba marcando. Tanto subía el people meter, que incluso podrían haber ido a comerciales sin perder la atención de sus audiencias; la tensión, el morbo de las audiencias.

Hasta que se produjo el clímax. El reportero de Bienvenidos comentó que el arribo en esos instantes de dos vehículos policiales al lugar donde se encontraba el padre del joven a la espera de alguna noticia, era un mal presagio. “Allí viene el comandante, nos vamos a acercar”, dijo el periodista. Y se abalanzó sobre el oficial. “Comandante… qué novedades hay…”. A lo que éste respondió que primero iba a hablar con la familia, cuestión que sucedió en la escena siguiente. Un espectáculo deplorable que al fin la TV se dio el gustito de llevar hasta los hogares de millones de chilenos. En vivo y en directo.

Como padre y profesional no consigo imaginar cómo se vivía ese momento en la sala de dirección de los matinales buitres. No debe haber sido grato, pero el people meter es un indicador que tiraniza la realidad; la sublima. “Quédate ahí, no te muevas huevón, quiero al padre en primer plano cuando el paco le comunique que encontraron muerto al hijo, que grite de dolor, dame sus lágrimas… eso son 20 puntos de rating… Cambien el GC, ya lo encontraron, pongan MUERTO en vez de DESAPARECIDO, ¿cuánto estamos marcando?”. Tales deben haber sido las órdenes de Mauricio Correa, el mismo director del matinal de TVN que cada vez que su programa decae, no duda en sacarle el jugo a la figura del fallecido Felipe Camiroaga, y a Roberto Bruce, a quien tuve el privilegio de conocer en persona.

Una transmisión como la de la mañana del 10 de julio de 2013 no merece otro imaginario que el descrito; merece, qué duda cabe, el desprecio de quienes somos susceptibles de sufrir terribles pérdidas como la del padre del muchacho accidentado. Ahora les toca a las audiencias hacer escarnio de los buitres de la TV, de los editores, periodistas, directores de matinales, de esos matinales buitres. No obstante, ninguno de ellos renunciará. Nadie lo hará porque la ética y la moral son de tal laxitud que la infamia campea. Es, al cabo, la herencia de la dictadura cívico-militar que asoló este país, para la cual la vida humana valía lo mismo que la de una paloma.

La única que puso un poco de cordura en medio de ese caos informativo, fue una no periodista, la conductora Tonka Tomicic, quien pedía al aire que sacaran la cámara de encima del padre. Mientras su colega de TVN más tarde culparía a los carabineros por no darle la noticia en privado al padre. Al cabo, los matinales buitres perdieron. De nada sirvieron los puntos de rating. Ya nadie quiere esta TV basura, obtusa; miope.

Por Patricio Araya

Periodista

@patricioaragon

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