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Memoria concentrada y memoria diluida

Nelly RichardDebemos seguir comprometidos en el rastreo de la memoria, primero, porque la verdad sobre la magnitud del horror de la dictadura sigue siendo una verdad trunca, incompleta, y cualquier nuevo dato probatorio en materia de crímenes y abusos sirve para darle mayor fuerza demostrativa a la condena anti-dictatorial. Segundo, porque deben idearse nuevas pedagogías de transmisión de la memoria que revitalicen las políticas del recuerdo -intersubjetivas, transgeneracionales- logrando que las reescrituras del pasado traumático entren en un diálogo activo, heterogéneo y plural, con el presente en curso.

Las anteriores conmemoraciones del golpe militar y su narrativa simbólica del recuerdo histórico, escenificaron una memoria fuerte –condensada- en torno al motivo del cuerpo de la víctima como alegoría de los crímenes materializados por la violencia física de la dictadura. Esta memoria condensada -que sigue recordándose en archivos, documentos y monumentos- quizás no dejó que advirtiéramos los flujos subterráneos de una otra memoria simbólica; una memoria no condensada sino diluida y ramificada, una memoria expandida que se filtró insidiosamente en la sociedad entera.

El trabajo de la memoria deshace y rehace los nudos de la temporalidad histórica para que sean los reclamos del presente disconforme los que interroguen al pasado volviendo a tensionar retrocesos y anticipaciones. El presente que hoy nos urge a revisitar el pasado de la dictadura militar, es un presente sacudido por la fuerza de la protesta anti-neoliberal de los movimientos sociales del 2011 que hizo tambalear el andamiaje económicopolítico-institucional heredado del gobierno de Augusto Pinochet. Por primera vez en casi cuarenta años, la hegemonía neoliberal se vio desafiada por consignas tales como “¡Educación gratuita!” o “¡Fin al lucro!”. Estos 40 años del golpe militar acontecen en un Chile donde, gracias a ese rotundo NO a las transacciones de intereses, es posible destejer mejor la urdimbre neoliberal que ocultó varios de sus hilos tras la fachada normalizadora del consenso.

Sigue latente la pugna ideológica y simbólica entre las versiones opuestas de nuestra memoria escindida. La impugnación anti-capitalista que expresaron los movimientos sociales y las organizaciones ciudadanas desde el 2011 nos obliga hoy a rememorar el pasado de la dictadura no sólo para seguir denunciando las persecuciones, torturas y desapariciones de cuerpos e identidades que ejecutó el régimen militar. Dicha impugnación nos lleva a rechazar el armado político-institucional que restringió la democracia no-participativa por vía de la exclusión; la monopolización económica que amarró entre sí todas las cadenas de privatización de lo público y, de paso, expropió a lo colectivo como agenciamiento de subjetividades alternativas y disidentes.

A 40 años del golpe militar, estas son las dos memorias –la condensada y la diluida- que deben ser desmontadas y rearticuladas para que sus fragmentos críticos liberen en el presente alternativas de futuro potencialmente emancipadoras.

Por Nelly Richard

*Integrante de Imaginarios Culturales para la Izquierda

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