Memoria y plano secuencia

Me conmueve de una manera estremecedora, afectiva y estéticamente, cinematográficamente, la escena de la carreta llevada en volandas por su carretero en la tercera parte del documental La Batalla de Chile

Por Wari

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Me conmueve de una manera estremecedora, afectiva y estéticamente, cinematográficamente, la escena de la carreta llevada en volandas por su carretero en la tercera parte del documental La Batalla de Chile.

Me conmueve porque es mi memoria cinematografiada. Desde las veredas de avenida Recoleta, especialmente desde la vereda oriente, yendo de norte a sur, siendo niño o no tan niño ya, a cierta hora de la tarde o de la mañana, pero nunca temprano, veía pasar esas carretas yendo, supongo, de la Vega hacia La Pincoya o alguna parte al norte de Conchalí. Las veía, entonces, a contramano, viniendo hacía mí, por decirlo de algún modo. Es decir, en un ángulo totalmente inverso al ángulo de la escena, al plano, que recoge el documental.

Caminaba o caminábamos (capaz iba con mi padre si era muy niño, capaz con algún amigo, quien sabe si solo y adónde) por el lado de la sombra y veía ese vuelo hermoso y peligroso, más hermoso aún por lo peligroso, del carretero impulsando con la suela de sus zapatos, a un ritmo determinado, con ciertos movimientos de pierna para controlar o guiar la carreta y la tonelada de cosas que llevaba en ella.

Verla, cuando tenía la suerte o coincidencia de verla, era el espectáculo definitivo, porque no era espectáculo ni estaba para nuestro disfrute: era una persona, un hombre, trabajando, haciendo un trabajo de esfuerzo, pericia y peligro.

Cargar, corriendo, en volandas, una tonelada de peso (la armazón de un puesto, las mercaderías de ese puesto, quien sabe) a una velocidad endiablada, sin frenos ni airbag, quebrando el viento, surcando el pavimento y el empedrado, ver todo eso era espectacular y no era un espectáculo. Era puro, pleno, duro, mortal trabajo.

Me conmueve la escena, ese plano secuencia, no sólo por la memoria, sino porque es notable, hermoso, definitivo. Tan definitivo que hasta en otras películas chilenas lo citan. Imagino que es al igual que en mis recuerdos “en vivo”, la gente que hacía el documental se encontró, casualmente, con esas carretas (hay dos) y decidieron inteligentemente registrar, filmar, la escena: un plano secuencia que engancha dos escenas diferentes.

Filmada a pulso, como el carretero tirando de esa carreta, sin steadicam (aún no se inventaba), sin rieles ni grúa, capaz y desde la ventana de un auto o desde una camioneta, la imagen lograda es plena, magnífica, y al mismo tiempo provocadora de pensamiento y reflexión, con el efecto cinematográfico del llamado a la introspección por asombro.

La escena de la carreta pasa tras ver una escena de una suerte de celebración de un triunfo en la lucha, con una banda cantando en el Estadio Nacional y antes de ver una marcha obrera en el centro de la ciudad. Es entonces un descanso visual mediante el asombro y la constatación fílmica de que, incluso en procesos revolucionarios, de lucha constante, de afirmación y celebración del valor del trabajo, la gente, la gente pobre, la gente que trabaja pues… sigue trabajando.

Vemos, durante todo un plano secuencia, vibrante y conmovedor, el trabajo del cual se habla todo el tiempo en el documental: allí se está trabajando y produciendo una escena artística mientras se trabaja como subproducto o escoria de ese trabajo.

Trabajo, se hacía una revolución para que el trabajo fuera valorado, y ahí esa escena nos aterriza en qué es el trabajo concreto y específico: no es el habla, no es el discurso, no es una máquina moviéndose en una mina o industria, es el esfuerzo mudo que mueve cosas con un sentido, un objeto y que como por derrame, en la acción, en el hacer, nos regala arte, como un espectáculo que no lo es.

En medio de un proceso revolucionario cuyo eje era el trabajo, el documental pone ese plano secuencia definitivo para decirnos “de esto se trata, de cosas como estas, del arte que hace la gente que trabaja al trabajar, incluso cuando es peligroso, terrible, expuesto”.

Me lleva esa escena a mi infancia, a mis barrios, a mis largas caminatas de niño que no podía gastar plata en locomoción (así se decía), a mi satisfacción de encontrar algo sorprendente en el camino. Ah, y no les diré acá de cómo esas mismas carretas, adornadas, formaban parte del Cuasimodo.

Por Pelao Carvallo

13 de septiembre de 2021


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