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Perdidos en el bosque (Segunda parte)

¿Qué me diste Dr. Stop? Le interrumpí ya un poco más tranquilo, feliz como no había estado en mucho tiempo. Mezcalina, explicó. ¿Es diferente a lo que te metíamos en el psiquiátrico no? Claro, muy diferente, le contesté riendo, mientras miraba el río como si el agua estuviese hecha de metal líquido y en ella estuviera derretida mi vida pasada. Me parecía que todo el tiempo transcurrido en el siquiátrico e incluso antes que eso, no era nada más que el solitario remedo de algo más grande, una triste sombra del potencial que ahora me estaba siendo revelado.

Esto no es nada Strange comparado con lo que podemos lograr, continuó, con lo que juntos tenemos que alcanzar, pero bueno, ya te lo explicaré mejor cuando lleguemos a mi laboratorio. ¿O crees acaso que estamos perdidos en el bosque y que vagamos sin rumbo por estos senderos mal trazados? No, mi buen amigo, a medio día de camino llegaremos donde unos lugareños que me arriendan una bodega. Allí tengo guardado todo lo que necesito, desde hace mucho tiempo, de cuando trabajaba para el gobierno.

Ni te imaginas cómo fue eso Strange, prosiguió, al principio sólo estudiaba las sustancias que operan en el sistema nervioso y trataba, mediante la estimulación bioquímica, de potenciar los límites de la mente humana de forma artificial. El ácido ascórbico por ejemplo, en dosis altas incrementaba y distorsionaba la percepción de la realidad de los sujetos de prueba, otorgándoles además, habilidades de orden síquico, que desaparecían al día siguiente. Mi misión era hacerlas permanentes, aparte de mejorar el funcionamiento cerebral. Ya lo ves, teníamos que probar de todo, y cuando digo de todo, bueno, algunos experimentos no salieron bien, pero ese es otro tema. Además era una carrera, pues en varios países ya lo estaban haciendo, pero siempre de forma torpe, limitada.

Estábamos todos obsesionados por la creación de un hombre superior, con los costos sociales y políticos que esto conllevara, creíamos que, como siempre, el mundo terminaría adaptándose a los dictámenes de la ciencia. Pero luego vino nuestra debacle, la derrota nos arremetió cuando la industria farmacéutica apareció promoviendo el uso de tranquilizantes vulgares que embotasen nuestras capacidades mentales, esclavizándonos. Todo lo contrario de lo que queríamos lograr. Bastante razón tenía San Aldous Huxley cuando decía que los doctores se han dejado llevar por las modas farmacológicas y ahora prescriben tranquilizantes a todo el mundo. “Podría decirse que la historia de las modas médicas es por lo menos tan grotesca como la historia de las modas en los sombreros de mujer”, sí, eso dijo, igual de grotesca.

No es necesario que me lo recuerdes Stop, le dije, creo que con todo lo que me metiste en el manicomio, algo sé sobre tranquilizantes, pero se me revuelve el estómago de sólo pensar que cada vez más, los mismos padres se los dan a sus hijos pequeños, si estos presentan el menor atisbo de individualidad y conflicto.

Dicho lo anterior, me incorporé; el vértigo y el asco se apoderaron de mí y vomité apoyado en un árbol a unos cuantos metros del lugar en el que estábamos sentados. Entre arcadas, aproveché de mirarlo, Stop estaba feliz, concentrado en su cuaderno y sólo en ese momento comprendí por qué me necesitaba tanto. Él sabía mi posición, yo era un fugitivo que dependía por completo de que me quisiese denunciar. Para la sociedad, yo era un simple lunático escapado del manicomio. Nadie me creería. Además, Stop me sabía dispuesto a todo y quería utilizarme para experimentar su nueva droga, la droga final, como la llamaba.

Pensé en reventarle la cabeza con una piedra del tamaño de cuatro puños, que se encontraba a mis pies, cubierta con las viscosidades que recién había regurgitado, pero me arrepentí en el acto. Si era su conejillo de indias, por lo menos quería saber por qué. Stop, le dije, alzando la voz. ¿Cuál es el fin último de la droga que quieres sintetizar?, ¿Para qué la necesitas?

Se quedó en silencio por un minuto aproximadamente, como si estuviese midiendo el alcance de cada palabra que luego iba a proferir, hasta que finalmente habló. Para hacer una revolución Strange, me dijo, una revolución de la cual serás el profeta. Piensa que somos la humanidad y este bosque es la cultura Strange. Nos movemos sobre ella como si estuviésemos perdidos, pero sólo porque no conocemos el mapa completo. Si puede explicarse de alguna manera, me atrevería a decir que sólo hemos cartografiado nuestra experiencia desde la óptica de un gusano…

(Continuará)

Por Dr. Strange 

El Ciudadano Nº137, primera quincena diciembre 2012

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