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Preparándonos para el Narcopoder

En las calles y mercados de Paraguay, el ágil mundo del pirateo audiovisual descubre, recrea e impone gustos, hace comentarios críticos respecto a las películas pirateadas y sobre la calidad técnica del pirateo, establece alianzas de gustos con los clientes y recomienda o sataniza producciones a las clientes. Todo en el marco de lo que se vende y lo que no. Al final es un negocio. Y como en todo negocio lo primero que se vende es la ideología.

En estos días el producto más ofertado y más solicitado es una batería de documentales y series de televisión sobre el colombiano, antioqueño para más señas, Pablo Escobar Gaviria (1949-1993), el narco por excelencia a esta altura de la historia.

El acento colombiano se escucha media cuadra antes de llegar al televisor donde se promociona y visiona el audiovisual que habla sobre las peripecias del mitológico narco. Las imagénes de portada cubren una gran extensión dentro del espacio que los vendedores tienen como estanterías y publicidad. Han, estas series y documentales, llenado la necesidad de conocimiento fílmico que el pueblo paraguayo tiene del narco.

Existe, hoy, ahora, una necesidad imperiosa de conocimiento sobre el narco y el narcopoder en específico por parte del pueblo paraguayo. Y esa necesidad no la satisface nadie del mundo mediático paraguayo. Esta necesidad surge debido al consenso social de que el poder ejecutivo que asumirá el 15 de agosto de 2013 está indefectiblemente unido al narco. A eso que se llama narcopoder.

Este nexo entre la figura del Cartismo y el Narco es un consenso social que escapa al tradicional relato sobre el poder en Paraguay que incluye historias de campo, tierras, hidroeléctricas, obras públicas, compras de votos, golpes de estados, masacres, etc. etc. Este relato se hace insuficiente para dar cuenta del poder que viene, distinto por su conexión y fundamento (según la rumorología y mitología nacional) en el Narco. Narco paraguayo que incluye variantes respecto al colombiano, incorporando a la cocaína elementos como tráfico de marihuana, tábaco, dólares, lavado de dinero.

Esta mitología y rumorología sirve para explicar riquezas rápidas e inexplicables, negocios extraños que parecieran no tener justificación ni éxito pero que igual persisten. El narco paraguayo existe a los ojos de la gente e incluso tendría una estética y una arquitectónica similar a la de nuevo rico y que produce un impulso a la industria que se muestra en forma de nuevos y fastuosos edificios, hoteles, negocios a lo largo y ancho de las fronteras de Paraguay, y Asunción está en zona de frontera.

Todas esas certezas y conocimientos sociales no están siendo alimentados desde la prensa oficial que se queda con un relato blando sobre el origen y circunstancias del poder económico que ahora asumirá el ejecutivo.

Quien alimenta esta necesidad de conocimiento político social sobre el narcopoder que nos llega es el audiovisual: estas series y documentales que nos dicen y dictan cómo es la relación histórica entre el poder político y el poder narco, audiovisuales que tienen su correlato en la televisión abierta en versiones light de senos y cocaína.

Las series y documentales que llenan la pirateria paraguaya hoy son la herramienta de aprendizaje social del pueblo paraguayo para afrontar el gobierno que viene. Es un aprendizaje y también al mismo tiempo un entrenamiento respecto a lo que debemos esperar y a lo que podremos o no hacer. Por ello son también un problema en tanto muestran que respecto al narcopoder el pueblo no puede hacer nada. Muestran interesadamente que el pueblo no puede gestionar herramientas propias para reducir autónomamente el daño del narco.

Las series y documentales sobre el narco ratifican ese poder, lo legitiman y mitologizan, lo hacen parte integral del estado de cosas y de la realidad permanente. El narcopoder sólo puede ser desplazado, controlado e integrado por poderes más fuertes y habitualmente externos: la DEA, la CIA, policía especializada, gobiernos fuertes y de derecha. Es un asunto, nos quieren decir, que escapa a las posibilidades de acción del pueblo que, así como respecto a series y documentales, en la realidad también debe ser un mero espectador.

Estas series y documentales al mismo tiempo que aprendizaje se constituyen en domesticaciones interesadas. Hay ahí ese doble juego de resistencia y domesticación que nos hace ser pueblo al mismo tiempo que consumidores. Aprendemos sobre el narcopoder para esquivar y reducir su impacto, y nos dejamos entrenar para no poner trabas a su desarrollo.

Falta entonces información, materiales de aprendizaje que nos entreguen herramientas para manejarnos frente al narcopoder que se nos viene encima como actores y no como espectadores.

Por ahora, están esas series y documentales sobre Pablo Escobar, ahí en la esquina, con su vendedor o vendedora de siempre.

Por Pelao Carvallo

6 de agosto de 2013

Recordando Hiroshima

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