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¿Quién elige en Chile?

Tras el circense espectáculo de las elecciones primarias presidenciales y, no olvidemos, por mínimas que hayan sido, parlamentarias (en apenas 10 distritos), como simple mortal investido de la categoría de ciudadano con derecho a voto, uno tiene –al menos– la posibilidad de resarcirse de tanto pistoleo por parte de los partidos políticos, y de sus dirigentes, haciendo lo mismo que ellos hacen con uno: tomarlos poco en serio. Veamos.

Antes que Michelle Bachelet regresara de Nueva York, en el ambiente político convivían dos preguntas, una absurda y otra obvia. Lo absurdo era preguntarse quién en la derecha era capaz de ganarle a Bachelet, a sabiendas que la popularidad del Presidente Sebastián Piñera no ayudaba mucho a ese fin; lo evidente, era preguntarse si esa estrecha plantilla con sólo dos nombres que soñaban elaborar desde el duopolio, bastaba para representar al amplio universo electoral.

La pregunta absurda también omitía de plano la existencia de otros matices representados por MEO, Claude, Sfeir, Parisi, y otros, e instalaba los nombres de Laurence Golborne y Andrés Allamand como los únicos viables para competir con la ex ONU Mujeres. Pero bastó que en un abrir y cerrar de ojos la UDI sacara del juego a Golborne, y pusiera en su lugar al entonces ministro de Economía, Pablo Longueira, para que la pregunta absurda se invirtiera, esta vez por una más realista: ¿y ahora, quién le gana a Longueira?

Por cierto, todo dentro de la misma lógica de los dos grandes conglomerados, donde por defecto quedan fuera los de siempre. En esta jugada el oficialismo tuvo buen olfato, y por tanto, entendió con prontitud y lucidez que, aun cuando Allamand era un candidato más político que Golborne, léase, más presidenciable, lo era sólo al interior de la Alianza, pues, Bachelet seguía liderando las encuestas; en suma, en la derecha concluyeron que ninguno de los dos le ganaría. Esa constatación llevó a otra: existía un mejor candidato. Y estaba en el Gobierno. Era Pablo Longueira. Y no se equivocaron. Longueira puede ganarle a Bachelet. Para el caso, da lo mismo quien gobierne.

Desde que Chile se mueve en el escenario circular del consenso oligárquico, carece de toda importancia quién gobierne el país. Esto es como la Liga, o la gana Real Madrid, o la gana Barcelona. Tampoco en Chile tienen importancia las minorías políticas, toda vez que carecen de posibilidades reales de acceder al poder. Por desgracia.

La de noviembre será como la Liga, una elección de extremos redondeados, sin flechas; inocua. No será una lucha entre el bien y el mal. Nada de eso. Será un combate simulado entre dos formas antagónicas de recordar el pasado, de interpretar el presente y de imaginar el futuro, tan, pero tan antagónicas, que producto de la circularidad, acaban pareciéndose, y en consecuencia, útiles a intereses superiores.

La Nueva Mayoría (Bachelet) y la Alianza (Longueira) no competirán por el sillón presidencial, éste apenas es el premio de la estética, el rito, la caja chica, la agencia de empleos. El verdadero premio es el control de la economía, control que no pertenece a la política, sino al gremialismo empresarial; allí residen los electores genuinos, los dueños del tablero y de las piezas; los financistas, los que deciden el timing del país, los que aprueban con el dedo para arriba y rechazan con el dedo para abajo, como los patricios, sobre cuestiones complejas. Lo demás, es poesía, berrinches mediáticos, parafernalia; pan y circo. Un poco de entretención para el periodismo interpretativo y de opinión. No hay tal democracia. Es apenas un precario juego de abalorios. El presente es demasiado breve como para que alguien se interese en él.

El “ganador” de la “elección” será el que cometa menos errores, no el que acierte más. A los dueños de la economía le cargan los políticos conflictivos y metedores de pata, incluso, los hábiles e inteligentes. Ellos prefieren a los serenos, a los lerdos, a los dúctiles, a los obsecuentes. En cambio, el electorado –para quien en definitiva se arma el circo de las elecciones– se fija más en lo negativo, en lo visceral, en lo humano; con frecuencia suele no transar con la soberbia y la violencia políticas. Que lo diga el derrotado Andrés Allamand, que partió por patear en el suelo a Golborne por sus vínculos con Cencosud y sus cuentas libres de impuestos, y luego siguió con Bachelet por su cercanía con el PC. Bachelet también cometió errores, como su silencio exasperante durante la campaña que impidió conocer su programa, cosa que está más a flor de piel que su habilidad para no responder ataques, o emprenderlas contra algún adversario.

A juzgar por los resultados obtenidos en las primarias –sobrevalorados por un eufórico senador Lagos Weber como un “gran triunfo”–, Bachelet podría ganar la presidencial al trote, “mirando para atrás” como en la hípica, repitiendo su estrategia silente y no haciéndose cargo de críticas y malos deseos. Pero, como ello no es suficiente para ganar, a la larga tendrá que abrir su boca, o acometer determinadas acciones que demuestren que escucha y corrige aquello que se le enrostra. El empresariado también medirá esa capacidad. Desde ya, Andrés Velasco dejó claro durante la campaña que está harto de las malas prácticas, y sindicó al senador Girardi como el epítome de ellas. Ahora Bachelet tiene la oportunidad de demostrarle al propio Velasco –al país y al empresariado– que ella no es parte ni partidaria de las malas prácticas. Sólo tiene que desprenderse del hedor que tanto molesta a su ex ministro de Hacienda.

Así de simple. Bueno, eso le costará mucho, y tal vez jamás lo consiga, porque, entre otras cosas, ella no es una persona de carácter, no es dueña de ese pseudo liderazgo con que alucina el fanatismo feminista que la rodea. Su error es mostrarse como la eterna víctima, la madre soltera que sacó adelante a su familia, la hija del general asesinado por sus pares, en suma, su error es seguir valiéndose de su historia personal, y no hablar desde la convicción profunda del que tiene un proyecto imperdible que ofrecerle a los chilenos. Su simpatía no es una virtud, es una evasión; “la palabra precisa, la sonrisa perfecta”, tampoco son virtudes, son versos; bellos versos.

Si se considera que el oficialismo por sí solo es caldo de cultivo de malas prácticas, Longueira no la tiene fácil. El intervencionismo electoral es la mayor demostración de cómo el poder le hace verónicas a la democracia. He ahí el hoyo en el zapato de Longueira. Por un lado tendrá que demostrarse honesto, y por otro, tendrá que financiar su campaña, y difundirla. En los dos primeros aspectos es él quien tiene mayor responsabilidad; en el tercero, es el Gobierno el que puede ayudarlo. O hundirlo.

El propio Presidente Piñera, quien no milita en partido político alguno –léase “independiente”– podría darle una tremenda mano, sacando de la vocería de Gobierno a la RN Cecilia Pérez, no por su manifiesto apoyo a Andrés Allamand durante la campaña, sino por lo complicado que será para ella hablar bien del compadre desde la viudez. A modo de apalancar la candidatura de Longueira, en ese puesto Piñera debiera designar a una figura de la UDI, alguien que tenga la capacidad real de, por un lado, comunicar lo que piensa y hace el Gobierno, y por otro, no sobrevender a su carta presidencial. Nada más. De paso, podrían bajarse del proscenio el presidente del partido perdedor, el senador designado Carlos Larraín, y todos aquellos que le empalizaron el camino a Longueira.

Al cabo, la próxima elección la ganará el más atinado, no el más frontal. Aquí lo que prima es el consenso. Ponerse de acuerdo en todo, parearse cuando el otro no puede estar en aquello donde tiene intereses que defender. Por ello, Longueira no puede cometer el error de agredir a Bachelet por su cercanía con los comunistas (también llamados “oportunistas”), menos en público; ella nunca le enrostraría a Longueira su cariño por Pinochet, menos en público.

Todos saben que Longueira no representa a la centroderecha –ese eufemismo para referirse a la derecha a secas–, ni mucho menos, a un centro social –otro eufemismo lanzado al rescate de la porción moderada del electorado tibio. En rigor, Longueira es un ejemplar puro, aséptico, de la extrema derecha económica y reaccionaria que haya conocido este país. Esa derecha perfecta e inteligente que logró sacarse el uniforme militar y vestirse de civil, sin dejar de ser fascista; transformarse en empresaria a partir de la propiedad esquilmada al Estado; esa derecha perversa que penetra los ghettos de pobreza y los hace suyos, que convive con la culpa, lo mismo que con el miedo de ser juzgada por apoyar una dictadura; esa derecha pechoña y golpista. Pero él es la carta elegida para el continuismo del primer gobierno pos dictadura cívico-militar.

Por su parte, Bachelet, representa el fracaso de una promesa hecha bajo un arcoíris, con la marcha Radetzky sonando desde la elipse militar, que aparte de alegría, prometía justicia y desarrollo; libertad y oportunidades, pero que tras 20 años en el poder, se perdió en su laberinto de arreglismos, nepotismo feroz, amiguismo, y que fue presa de una doble fuerza: por un lado, la fuerza centrífuga expulsó de su seno (proyecto) a la ciudadanía confiada; y por otro, la fuerza centrípeta atrajo a su centro a un grupo muy privilegiado, ciego y sordomudo, sólo con habilidades macrófagas. Por lo mismo, Bachelet no podría encabezar un proyecto diferente al que la vio nacer.

Empero, ambos candidatos son los finalistas elegidos por los dueños de Chile para mantener abierta la temporada de circos. Que gane el más mejor, como dijo Leonel.

Por Patricio Araya

Periodista

@patricioaragon

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