Reflexión urbana: «Nuevas políticas culturales»

Este escrito es tan solo una reflexión urbana inocente sin mala intención. No exageren por favor. Es para remecer los duros corazoncitos de aquellos que han dejado de sentir un gran malestar por este profundo dolor que circunscribe a nuestro desarrollo cultural y de esa manera contribuir a optimizar las energías, los recursos, y la creatividad. Todo con la sana intención ¡IPSO JURE! de colaborar con la expansión cultural.

La pena es tan grande que uno tiene un sentimiento adentro tan extraño, tan incómodo, tan pesado, tan doloroso, todos los días, que uno tiene la sensación de ponerse a llorar a mares y sentarse en una cuneta de nuestra gran ciudad y vaciarse en lágrimas. Quedarse llorando por siempre ahí sentado frente a la estatua insultada de Bello, por tanto tiempo que uno se va petrificando igual que él, convirtiéndose en un monolito, un mojón, un insignificante lomo de toro, un aplastado paso de cebra, una estatua humana con sangre congelada, en un fósil viviente, un llanto pétreo en dos patas, un triste epitafio mojado lleno de dolor.

La verdad es que nos dan ganas de llorar toda esta concentración cultural en la que estamos reflexionando. Sobre este sistema actual, sobre esta gente que lo domina, los grandes artistas, los grandes héroes culturales, esta especie de seres humanos extraños, demasiados formales, que no entienden, que están ciegos, que no le duele toda esta gran pena que uno siente por toda esta otra gente que no tiene la más mínima oportunidad. Sería épico que a todos nos doliera por igual.

Cuando una persona de pocos recursos económicos e influencia realiza la misma gestión que otra persona que cuenta con todos los recursos, esto solo significa que esa persona se ha multiplicado ejerciendo una increíble proeza de gestión, creativa, con fortaleza, maniáticamente decidido, con coraje y liderazgo. Significa simplemente en términos técnicos que este creativo optimizó creativamente todos los recursos.

Es un error en todos los sentidos no darse cuenta de ello.

Hemos permanecido tanto tiempo en la oscuridad después de la luz prometida. Pero sabemos que nunca podrán aniquilar el instinto de vida del creativo. Podrán inventar sistemas sobre sistemas, estatutos sobre estatutos, programas sobre programas. Podrán gestionar todos los cambios sociales artificiales. Podrán hacer todo lo que quieran. Pero la necesidad cultural expansiva del creativo no se detendrá. La cultural es una necesidad como una vez lo fue la abolición, el sufragio, y la bella alfabetización. Hay que luchar por ella.

Por Nikanor Molinares

(Dementia 2013)

Grado Cero

El Ciudadano Nº143, junio 2013

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