Salario mínimo y empleo: la amenaza de la desocupación

Alfonso Andrés Swett, empresario, miembro de la Comisión Asesora Laboral y de Salario Mínimo, creada el 2010 para analizar la fijación del salario mínimo mensual, el pasado 2 de junio señaló en El Mercurio que el fuerte incremento del salario mínimo por un período de tres años -acordado en 1997- incidió posteriormente en un aumento […]
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Alfonso Andrés Swett, empresario, miembro de la Comisión Asesora Laboral y de Salario Mínimo, creada el 2010 para analizar la fijación del salario mínimo mensual, el pasado 2 de junio señaló en El Mercurio que el fuerte incremento del salario mínimo por un período de tres años -acordado en 1997- incidió posteriormente en un aumento del desempleo, agregando que: “El salario mínimo no da para populismos, hay que ser muy cuidadosos y abordar el reajuste con criterio técnico”.

A su vez, el Informe Final de la Comisión indica que “en el período de fuerte aumento en el desempleo ocurrido entre 1998 y 1999, el alza importante en el salario mínimo a partir de 1997 jugó un papel importante”. Aún cuando hubo otro sector de la comisión que “estima que esta realidad no se puede ligar a la evolución del salario mínimo, sino que responde a la crisis económica de 1999, originada en el Sudeste Asiático”, y que el alza del salario mínimo “permitió reducir la brecha entre el ingreso mínimo y la línea de pobreza sin afectar directamente las oportunidades de empleo de los grupos menos calificados”.

Distintos medios han publicado, a través de editoriales o con frases del Ministro de Hacienda y empresarios, que el alza del salario mínimo “no puede afectar el dinamismo de la creación de empleos”. Es decir, se está instalando a nivel de opinión pública, como “criterio técnico”, el hecho “irrefutable” de que una “excesiva alza” del salario mínimo generaría desempleo, y por lo tanto, jugaría en contra de las propias condiciones de vida de a quienes pretende beneficiar: los trabajadores y sectores vulnerables de la sociedad.

No existen estudios que lo corroboren empíricamente de forma absoluta, así lo indica la diferencia de diagnóstico dentro de la misma Comisión. Donde existirían dos grupos que argumentarían de forma contradictoria, logrando que la visión más “ortodoxa” se impusiera por un tema de “mayoría de expertos”, tal como lo indica una de las conclusiones del informe: “Un grupo que reúne al mayor grupo de integrantes, se inclinó por promover prioritariamente el empleo y, por tanto, postula que el reajuste del salario mínimo no debe alejarse de la inflación esperada”.

Existe desconocimiento real de la supuesta contradicción mecánica entre condiciones de vida de los trabajadores pobres y la desocupación, y sin embargo, se insiste en relevar el aspecto casi ecuánime de tal correlación.

Si se toma a la crisis asiática como ejemplo, también podemos decir que, en rigor, la supuesta tendencia al alza del salario medio real impulsado por el salario mínimo y que provocaría rigidez en el “mercado”, es relativa, ya que las horas trabajadas cayeron, provocando que el ingreso real por hora aumente, pero tan sólo por la disminución de las horas, no por el aumento de los salarios.

Mientras el salario real por hora creció a una tasa promedio del 2% entre los años 1997 y 2001, el salario real mensual, que refleja mejor la capacidad de consumo de los asalariados, aumentó en un 1% por año en el mismo período. Producto de todo lo anterior, la masa salarial se estancó en el período, fenómeno que explica en gran parte el estancamiento del consumo doméstico entre 1997 y 2001, que se vio disminuido producto de los ajustes en la masa horaria disponible.

En el caso de la participación de los asalariados en los ingresos totales producidos, la masa salarial creció en un 0,8% versus un 2,6% del Ingreso Nacional, lo cual sugeriría una menor participación de los asalariados en la producción social de la riqueza. Y por ende, una baja considerable del consumo. Según la OIT, este fue uno de los fenómenos relevantes que hizo tan aguda la crisis en términos de empleo y de recuperación económica, y no un alza del salario mínimo.

Otro argumento para la crisis apunta a la política monetaria en la cual las tasas de interés excesivamente altas del período afectaban sobre todo a las firmas sin fuentes propias de financiamiento; las pymes, que son precisamente las que generan la mayor parte del empleo en Chile, y donde se concentran la mayor cantidad de trabajadores que reciben el salario mínimo.

Se pone de ejemplo que las Mipymes no podrían tolerar un alza elevada, pero no se muestra en la tabla los altos costos energéticos que deben pagar a las grandes empresas oligopólicas eléctricas, que por medio de tarifas excesivas, alimentan sus propias ganancias. También es relevante el encadenamiento productivo a la cual están sujetas estas microempresas que les hace estar bajo la subordinación de las demandas de las grandes, asumiendo los riesgos de competitividad y ciclos económicos recesivos.

Tampoco se pone en el tapete el hecho de una política económica de largo plazo, que aumente por medio de una serie de instrumentos la baja productividad de las mismas, así como inyecciones de tecnología y/o subsidios para asumir costos energéticos.

Al imponer el argumento de que un alza que permita la reproducción material del hogar (salario que cubra dos canastas básicas para un hogar de 4 personas, que son 280 mil pesos brutos al mes, suponiendo una persona trabajando) influiría en el empleo, se plantea en el fondo que su fuerza de trabajo debe ser regalada al empleador para que éste siga reproduciendo su tasa de ganancia, y así, siga generando puestos de trabajo (sin importar si es precario, por pocas horas, desprotegido, etc.) a costa de la masa salarial de los pobres. Es decir, que aunque trabajen no puedan reproducir sus energías calóricas mínimas y ni hablar de dignidad o calidad de vida.

Nuevamente los trabajadores deben subvencionar lo que las grandes empresas y Gobierno no son capaces de solucionar a través de políticas económicas de largo plazo, que apunten a una economía productiva, sólida y redistributiva. Seguimos siendo ese país rentista, cortoplacista con empresas grandes que devoran las pequeñas y que no permiten siquiera reproducir el gasto energético mínimo de una persona.

El alza del salario mínimo no sólo no causa mayor desocupación, sino que se hace necesario para reproducir una existencia básica, que las altas tasas de ganancia de los oligopolios no piensan en repartir.

Por Alexander Páez
@lafundacionsol
Investigador Fundación SOL

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