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San Parisi

San Parisi: el bienintencionado, patrono de lo ingenuo, servidor de las causas perdidas, ha invocado a todos sus adversarios (Alianza, MEO y Claude) a sumarse en segunda vuelta a su Santa Cruzada contra la vieja política, contra los corruptos de siempre. A la cabeza de su ejército lleva su santo estandarte, sus ofrendas a su diosa: la estupidez. La herejía en su religión es la izquierda y la derecha (sólo formalmente), las caras graves, las apuestas sensatas y las ideologías concretas. Sentado en los montes va predicando sus parábolas que se resumen en vaguedades, gestos vacíos, en su limpia y sacra sotana de independencia y, por sobre todo, en una actitud que es su mayor sacramento (y a la vez su mejor pecado): la ingenuidad.

San Parisi quiere hacernos comulgar un mismo cuerpo, quiere embriagarnos en su vino de consensos, y quiere, por sobre todo, volvernos inquisidores de su Santa Alianza. Contra las (supuestas) falsas dicotomías (izquierda-derecha), quiere hacer brillar la luz de la Independencia (curiosamente llamando a sectores de ese mismo espectro que desprecia), su anhelada hazaña es entrar al Templo y echar a los siniestros mercaderes, aquéllos que han mantenido y lucrado los sueños de sus fieles. Para ello, San Parisi, buscará alianzas (¿o Alianzas?) con (dice) los mejores de todo sector. Vagando en el desierto nos enseña sus 10 mandamientos: Decir NO a la revolución. Decir NO a lo que a vivas luces resulta evidente. Decir NO a la sensatez. Decir NO al conflicto. Decir NO a la verdad. Decir NO al pecado. Decir NO al pensamiento. Decir NO a la gente. Decir NO a lo concreto. Decir SI a lo mismo.

San Parisi es anti-dialéctico por excelencia. Su kantismo rebosa por sus poros. Le atrae la idea habermasiana de la razón comunicativa, del consenso entre el no-consenso, de fundar paraísos en el cielo. Sin embargo, San Parisi olvida, ya sea a la fuerza o no, que en la sociedad de clases el consenso no es objetivo, y por tanto su independencia tampoco. Olvida que los consensos son un arma de clase, una mecánica que retuerce las condiciones concretas, una fantasmagoría que resuena en los cielos como espectro.

En fin, San Parisi no podrá ser presidente de Chile. No porque, en lo fáctico, no pueda llegar a serlo, sino porque su religión (como todas) está condenada a caerse de bruces, a hacerse añicos en el cemento. Su diosa, a diferencia de Saturno, no devorará a sus hijos; ésta será devorada por ellos.

Por Pablo Silva Chavalos

Magíster (en curso) en Pensamiento Contemporáneo, UDP

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