Feudalismo geopolítico (I):

Señorío de EEUU sobre Europa y América Latina (1)

Dicho con rapidez, enfrentamos un doble fenómeno: por un lado, el de la expansión y re-territorialización extractivista de los procesos de acumulación originaria; por otro, el de la vertiginosa aceleración del tiempo histórico en la experiencia de los sujetos sometidos a sociedades capitalistas. Ello, a nuestro juicio, demanda -entre otras muchas posiciones aún más relevantes para la lucha de los pueblos del mundo- la necesidad de adoptar una perspectiva geopolítica de cara a la comprensión general del fenómeno.

Señorío de EEUU sobre Europa y América Latina (1)

Por Aldo Bombardiere Castro

Epocalidad

Atravesamos una época histórica eminentemente crucial. El planeta ve intensificadas aún más sus dinámicas de conflictualidad planetaria, a la vez que las instituciones democráticas de corte liberal acuden a su propia implosión en coincidencia con el colapso del sistema del derecho internacional y las instituciones de multilateralismo occidentales. Momento crítico. Tan lejos, por un lado, de la candidez reformista, cuyo aliento tras la caída del muro insuflaba las profecías civilizatorias en torno a la consolidación de las democracias modernas, confiada en las facultad dialogante de la racionalidad en la esfera pública (Habermas); tan lejos, por otro lado, de las promesas relacionadas con el fin y la consumación de la historia, las cuales se amparaban en un cosmopolitismo presuntamente inherente a las virtudes del libre comercio (Fukuyama), la época que enfrentamos anuncia una mutación cualitativa en función de nuevos ciclos de violencias y resistencias.

En efecto, desde una perspectiva geopolítica -aunque el fenómeno sobrepase con creces tal registro-, nos referimos a nuevos y variados dispositivos de acumulación originaria de capital ejercidos por las potencias dominantes. Así, con el fin de sostener, maximizar y disputar sus programas de dominación geopolítica de corte cibernético, enmarcados en un escenario general de crisis del capitalismo, hoy cuatro superpotencias, clasificadas en los binomios EEUU–Israel y China–Rusia, han reingresado en el territorio cartográfico, esto es, han re-territorializado las dinámicas financistas y des-territorializantes de la (primera etapa de la) globalización.

En ese sentido, la cartografía geopolítica, cuya motivación se justifica en virtud de la confiscación extractivista de los territorios y de la generación de reforzados espacios de dominación, constituye la estructura de determinación material a la hora de robustecer el control del capital cibernético. El antiguo control capitalista de materias primas con fines industriales y prontamente traducibles en forma de valor de cambio, hoy se encuentran destinados a entremezclarse material e ideológicamente con inéditos proyectos de inteligencia artificial, renovados dispositivos de control social y conocidas retóricas securitarias con nuevas aplicaciones sobre poblaciones aquejadas de diversificados modos de precarización. La devastación de la naturaleza expoliada se condice con la degradación de la vida social sometida a incesantes instrumentos y archivos de alienación. Pareciera que, por fin, el germen constitutivo de fuerza intrínseco al orden del capitalismo, engendrado hace 500 años atrás, tiende a sellar su dominio sobre la vida, suturando en una única maquinaria de Inteligencia Artificial, el saber, el poder, la técnica y la ideología, mientras excluye la política y el habitar común de toda significación que no sea propiamente la de la fuerza y la normatividad fundada en ésta.

Dicho con rapidez, enfrentamos un doble fenómeno: por un lado, el de la expansión y re-territorialización extractivista de los procesos de acumulación originaria; por otro, el de la vertiginosa aceleración del tiempo histórico en la experiencia de los sujetos sometidos a sociedades capitalistas. Ello, a nuestro juicio, demanda -entre otras muchas posiciones aún más relevantes para la lucha de los pueblos del mundo- la necesidad de adoptar una perspectiva geopolítica de cara a la comprensión general del fenómeno.

Una salvedad preliminar. El análisis que emprendemos no puede olvidar que, en cuanto geopolítico, él mismo se encuentra inmerso en los códigos del poder del capital imperial y de sus posibles equilibrios. La geopolítica nace como una disciplina del capital imperial, condicionada a los componentes teóricos militaristas, economicistas y culturalistas que le rigen. Sin embargo, ello no significa que, en calidad de pueblos en lucha por abrir otras formas de vida y por plurificar el mundo, estemos obligados a reducir su sentido, el para-qué de la geopolítica, a los intereses de tal capital imperial militarista, economicista y culturalista. Al contrario, si aquí llevamos a cabo un análisis geopolítico su propósito radica en las posibilidades de liberación para los pueblos que abriría su uso estratégico. En la lucha por la liberación de otras formas de vida, debemos saber hablar la lengua de otros lenguajes, el palabrear del enemigo.

Asentamiento teórico: Mutación feudal

En el artículo “Mutación feudal” (2026), Rodrigo Karmy presenta un sugerente esbozo de matriz teórica con miras a exponer las transformaciones en las dinámicas geopolíticas actuales. Tomando la posta de una columna de José Gabriel Palma (2026), Karmy señala que EEUU, Israel, China y Rusia han devenido superpotencias orientadas a construir regiones de vasallaje geopolítico, a través de diversos dispositivos de dominación anudados en función de un principio motor cibernético, cuya novedad consistiría en articular diversos dispositivos de control (económicos, financieros, militares, tecnológicos, cibersecuritarios, comunicacionales, culturales) en el marco de tales regiones y, por cierto, con ulteriores perspectivas extensivas a capturar las formas de vida de los pueblos del mundo bajo una datificación cibernética.

Así, se trataría de una nueva fase de globalización mundial de la máquina capitalista, marcada, ahora, por un proceso inverso al de la primera fase: si la primera, marcada por el neoliberalismo salvaje de las últimas décadas del siglo XX hasta la primera del XXI, se caracterizaba por una des-territorialización geográfica en vistas del poder del capital financiero con sus derivas biopolíticas y presuntos relatos cosmopolitas; la segunda fase, en cambio, estaría caracterizada por una re-territorialización geográfica, destinada a maximizar y acelerar las dinámicas de una nueva acumulación originaria gracias a la apropiación de recursos naturales con miras al abastecimiento de las tecnologías cibercapitalistas. Esto, por ende, generaría una suerte de equilibrio geopolítico entre superpotencias, basado, a su vez, en relaciones de señorío y vasallaje, esto es, en relaciones “feudales” entre tales superpotencias y regiones de dominación. Lo anterior, además, se desarrollaría al interior de la germinación del núcleo autoritario y necropolítico, que, como vimos, posee un estatuto esencial e inherente a la historia del capital, el cual encuentra su materialización en la asonada neofascista a la que hoy asistimos.

En el presente texto brindaremos continuidad a estas ideas preliminares de Karmy con el fin de dotarlas de mayor concreción. En ese sentido, antes de iniciar nuestro análisis vale especificiar, aunque sea de manera esquemática y superficial, el plano general de esta matriz geopolítica. Por cierto, las relaciones feudales podrían quedar expuestas de la siguiente manera. EEUU ejercería dominio sobre América Latina, Europa y ciertas zonas transversales; Israel sobre Oriente Medio; China sobre Asia Central y ciertas zonas transversales; Rusia sobre el eje de ex-repúblicas soviéticas. Al mismo tiempo, debido a sus intereses geopolíticos -y siempre de manera preliminar- las cuatro superpotencias se tornan susceptibles de agrupación en dos binomios: por un lado, el de EEUU-Israel, al cual nosotros llamaremos (pese a la equivocidad del término) binomio occidental; por otro, el de China-Rusia, el cual recibirá el nombre de binomio euroasiático.

Según la mayoría de los analistas internacionales (Pérez, 2026) y de estudios de diversos sectores políticos, la hegemonía global de EEUU se encuentra en crisis.

Conservando el carácter hipotético explicitado por Karmy, pero insistiendo en la cada vez mayor validación y plasmación epocal de tal hipótesis, quisiéramos dar continuidad a su propuesta, ofreceremos cuatro artículos, cada cual abocado a analizar el espacio feudal de dichas superpotencias. En la presente entrega, nos centraremos en la espacialidad de dominio feudal propia de EEUU, exponiendo la correlación señorío-vasallaje que mantiene, especialmente, en dos regiones: Europa y América Latina. En cuanto a la situación relacional entre EEUU y las monarquías del Golfo Pérsico, dejaremos tal asunto para la próxima entrega, particularmente al momento de abordar el rol de señorazgo que pretende ejercer Israel en dicha región.

1. EEUU y su dominio sobre América Latina, Europa y espacios transversales

Según la mayoría de los analistas internacionales (Pérez, 2026) y de estudios de diversos sectores políticos, la hegemonía global de EEUU se encuentra en crisis. Se trata no solamente de una amenaza a su lugar de superpotencia exclusiva, acrecentada desde comienzos de la década del 90, sino de una tendencia irrefrenable bajo las actuales condiciones estructurales del capital libremercadista y, también, estatalmente planificado. De continuar esta tendencia, en unos años más EEUU verá usurpado su sitial de máxima potencia económica a manos de China. Ello implicará procesos de inusitados alcances, ya sea para lograr evitarlo como para favorecer su cristalización. En efecto, la primacía de la economía china se sustenta en un impresionante desarrollo tecnológico en todos los sectores, en una cada vez más amplia expansión de redes comerciales y control de cadenas de suministro, en la construcción de entidades interestatales de gran envergadura (por ejemplo, los Brics y la Organización de Cooperación de Shangai), así como en su prevalencia diplomática de reconocimiento internacional, todo lo cual, en un par de años, permitirá su ascenso no sólo a la cúspide económica planetaria, sino a constituir la referencia geopolítica hegemónica. Sin embargo, esto además de quedar reafirmado en virtud del inherente desarrollo chino, también hunde sus raíces en las mismas lógicas de la competitividad de un capitalismo corporativo y financista, de tono hiperbólico, promovido por EEUU durante las últimas décadas del siglo pasado e inicios de éste. Uno de los factores distintivos de tal tipo de capitalismo libremercadista y estadounidensemente dirigido, se asocia a los procesos de desindutralización y, en su lugar, al corporativismo financiero. Tras las décadas mencionadas, dicha desindustrailización en favor del capitalismo financiero, junto a muchos factores más, provocó un grave declive tendencial. Fenómenos como la externalización productiva y la efectiva pérdida de control en las cadenas de suministro, sumados al natural decrecimiento de las tasas de ganancia propia del desarrollo capitalista, se ha traducido en efectos macroeconómico inauditos en detrimento de la posición estadounidense, como queda reflejado, por ejemplo, en los casos de la crisis financiera de 2008, los ciclos de estancamiento e inflación, la caída en los bonos del tesoro, el alza de deuda fiscal (este año mayor que su propio PIB) y la cada vez mayor inestabilidad e incertidumbre en múltiples sectores de inversión.

En ese sentido, desde el primer mandato de Trump -e incluso desde “guerra contra el terrorismo” implementada por G.W. Bush-, EEUU ha venido emprendiendo una estrategia de reacción agresiva: la de volver a materializar sus intervenciones extractivistas sobre diversas partes del globo, con miras a apropiarse de recursos naturales fundamentales para el desarrollo cibernético, de la electromovilidad y de la transición energética; ahora, además, a través de un giro gestional cada vez más militarista y proteccionista. Así, hoy contemplamos cómo la mayor parte de las grandes corporaciones de capital estadounidense se encuentra estrecha y estratégicamente ligada al Estado, lo cual se resume en el sector de la Inteligencia Artificial.

Así, existiendo cada vez mayor concentración monopólica, con su consecuente ampliación de capital financiero (aunque no de utilidades activas de liquidez) en menor cantidad de manos, impulsada por la intervención estatal y los decretos de la Casa Blanca, hoy la economía estadounidense pretende reactivarse apostando a desbancar a China en materia de desarrollo de Inteligencia Artificial. El problema reside en lo caduco del abastecimiento económico de tal sector regido por las dinámicas libremercadistas. Hoy apenas cuatro megacorporaciones tecnológicas disputan el cetro por la IA (La Base, 2026), sin embargo, todas ellas rinden utilidades negativas -derechamente pérdidas- a nivel contable, saliendo a flote únicamente gracias a la inyección de capital y a las facilidades de acceso a materias primas y reducción tributaria con que les favorece el Gobierno. Es lo que se llama una burbuja financiera, capital invisible y falta de liquidez.

Por lo mismo, asumiendo su política de desindustrialización y externalización de procesos productivos, EEUU se ha arrojado a una carrera contra China para buscar mantener su sitial de primera superpotencia planetaria, allí donde la tendencia presagia su agonía. Esto implica que, con tal de mantener el plan estratégico enfocado en la IA, es decir, para continuar apoyando económicamente a las grandes corporaciones cibertecnológicas, EEUU se enfoca en dos tareas: primero, en maximizar la generación de capital; segundo, en lograr el control de las cadenas de suministro tecnológico en vinculación con el mercado energético basado en el petrodolar.

Desde este escenario deben entenderse, por ejemplo, las medidas arancelarias operadas por Trump durante el último año: un mecanismo de presión geoeconómica. Pero, mucho más importante que ello, y en plena sintonía con lo anterior, desde aquí debemos evaluar dos ámbitos de acción indispensables actualmente para Washington con miras a lograr ambas tareas destinadas a la misión de apuesta por la IA, la de maximización de capital y la del control de las cadenas de suministro y del mantenimiento del petrodólar en cuanto moneda rectora del mercado energético. Así, la operativa de aquella misión se concretiza, primero, en la tarea macroeconómica que cumple el complejo militar industrial y, segundo, en la tarea de reactivación de su declarada apropiación sobre recursos energéticos indispensables para la era cibernética, entre ellos, el petróleo, el gas y los minerales críticos, las tierras raras.

Ahora bien, desde un plano general y sin considerar casos puntuales, la tarea militarista encuentra su cometido en el comercio de exportación militar, principalmente configurado por la relación feudal entre EEUU y la Unión Europea; mientras la segunda tarea, la expropiación de recursos naturales, refiere al resurgimiento de una Doctrina Monroe intensificada contra los pueblos de América Latina. A ello habría que sumar los intereses puestos en Medio Oriente (cuestión que abordaremos en la próxima entrega, de la mano con el componente del binomio occidental complementario a EEUU, esto es, Israel).

Continuará…

Por Aldo Bombardiere Castro

Licenciado y Magíster en Filosofía, Universidad Alberto Hurtado.


Las expresiones emitidas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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