Feudalismo geopolítico (I):

Señorío de EEUU sobre Europa y América Latina (2)

En la presente entrega, nos centraremos en la espacialidad de dominio feudal propia de EEUU, exponiendo la correlación señorío-vasallaje que mantiene, especialmente, en dos regiones: Europa y América Latina.

Señorío de EEUU sobre Europa y América Latina (2)

Por Aldo Bombardiere Castro

Vasallaje europeo

El caso del vasallaje europeo queda ilustrado por un fenómeno crucial: el asentimiento al desproporcionado incremento de inversión en materia de gasto militar ordenado por Trump a los países miembros de la OTAN (es decir, a la inmensa mayoría de países europeos). Bajo una retórica presuntamente defensiva ante un inminente ataque ruso, esto es, explotando una rusofobia históricamente constitutiva de una suerte de “autoconciencia europea”, ahora potenciada por la invasión de Putin a Ucrania, Trump no sólo ha logrado ampliar hacia el este el número de integrantes de la OTAN (por ejemplo, los países bálticos y los históricamente neutrales Finlandia y Suecia), sino, además, incrementar su aporte a ésta con un alza promedio del 150%: pasar del 2% del PIB anual al 5% de cada aportante. El único país que le ha plantado cara a EEUU, llegando a generar un debate público sobre su posibilidad de desvincularse de la OTAN, ha sido la España de Sánchez. Un Sánchez -valga mencionarlo- que, a causa de la enorme presión popular, se ha visto forzado a manifestar su apoyo diplomático y humanitario al pueblo palestino en el marco del genocidio que sufre a manos de Israel; acción por la cual hoy recibe, además de la situación interna marcada por el neofascismo franquista, una presión migratoria de connotación geopolítica en el enclave colonial de Ceuta, alentada por la monarquía marroquí, aliada de Israel y EEUU.

En este contexto, se torna importante apuntar -aunque no podamos extendernos en ello- la ligazón cultural entre EEUU y Europa. Si bien desde la II Guerra Mundial, particularmente desde la reconstrucción de Europa y el plan Marshall, el predominio estadounidense sobre Europa ha sido cada vez mayor a raíz del compromiso de frenar a distintas expresiones de comunismo, tal vínculo posee un carácter esencial a nivel identitario: ambos se reconocen en calidad de forjadores de un mismo, sino del único y supremo, horizonte civilizatorio. Quizás hasta el día de hoy -aunque en menor medida que hace unas décadas-, el poderío tecnológico-económico de EEUU, por un lado, y la cultura del espiritualismo ilustrado de la razón europea, de otro, permitirían la sobrevida y reconfiguración del imaginario civilizatorio de la modernidad occidental, expresada –mutatis mutandis– en la forma política de la democracia liberal burguesa. Si bien EEUU suele ser visto por los ojos europeos como una degradación economicista del modelo antropológico de ciudadano culto y del solemne espíritu comercial inglés, mientras que, a la inversa, la sociedad estadounidense concibe a la europea en calidad de anquilosada detentora de valores conservadores, inútilmente refinados y sobreintelectualizados, ambos se conciben, con sus matices y énfasis respectivos, como vanguardia moral (libertad), estética (artística), epistémica (conocimiento), tecnológica (desarrollo) y política (democracia) del progreso humano y su racionalidad antropológica. En ese sentido, la contracara material y posibilitante de tal concepto de civilización, es decir, de su propia historia de exterminio, esclavismo y devastación colonial (colonialismo clásico de metrópolis-periferia en el caso de Europa, colonialismo de asentamiento por exterminio en el caso de EEUU) para los europeos y estadounidenses aún figura o bien invisibilizado, o bien incuestionado, o bien justificado a modo de “costos colaterales” en nombre de aquel mismo progreso técnico y cultural.

Por ende, no resulta para nada casual que hoy en día sea el auge militarista, principalmente el incremento armamentístico de la OTAN, el que dote al complejo militar-industrial estadounidense el capital que Trump requiere para invertir en la IA. Allí se anuda el señorío estadounidense con el servilismo europeo: en el exorbitante arsenal bélico que la OTAN, justamente, habrá de comprarle a EEUU.

En suma, esta relación feudal aún ostenta un carácter hegemónico (predominio del discurso cultural sobre la fuerza material), aún inscripto dentro de la lógica des-territorializante de la primera globalización. Aunque el señorío estadounidense sobre Europa tenga por eje el tema militarista y existan otros medios de injerencia y coacción a escala diplomática y arancelaria, su preponderancia continúa perteneciendo al orden cualitativo de la des-territorialización propia de la primera globalización, esto es, financista y gestional. Esto, por cierto, brinda a Washington el margen económico que debe seguir inyectando en las corporaciones de IA, al tiempo que consolida una vieja fórmula definitoria del propósito de la OTAN: “Mantener a EEUU en Europa; a Rusia fuera de Europa; y a Alemania controlada”.

América Latina

En lo que respecta a América Latina el dominio estadounidense ostenta otro tono. Históricamente asociado con sectores oligárquicos de las elites políticas, militares y empresariales, su aceptación social y cultural nunca ha dejado de estar en entredicho para la mayoría de los pueblos que integran la región, lo cual encuentra su punto más álgido en el apoyo activo a golpes de Estado y dictaduras militares orquestados por EEUU contra la inmensa mayoría de naciones americanas, provocando cientos de miles de desaparecidos, torturados y asesinados, sólo por nombrar el ítem de violaciones masivas a los DDHH. Pese a ello, hoy en día su prevalencia en el continente se ha reactivado de manera notoria, llegando a establecer influencia directa y profundas y turbias conexiones con gobiernos de la ultraderecha neofascista del continente. Desde la última década, Washington ha logrado esto gracias a intervencionismo económico explícito (Argentina, El Salvador, Guatemala), distintos modos de injerencia mediático-electoral (Honduras, Ecuador, Colombia, Chile, Perú, Bolivia, etc.) e, incluso, incursiones militares de índole sediciosa (Venezuela).

En esa misma línea, el caso de Cuba hoy resulta aún más paradigmático: un bloqueo extraterritorial que, ejercido desde el año 62, ha tomado ribetes trascendentes a las sanciones económicas, adquiriendo una gravedad propiamente genocida a la hora de atentar contra el abastecimiento energético de primera necesidad, así como llegando a impedir fácticamente la solidaridad internacional con la isla por parte de otros Estados. En Cuba se refleja de manera privilegiada la intensificación de las políticas agresivas adoptadas por Washington para toda la región durante los últimos años.

Latinoamérica es una de las regiones del orbe con mayor cantidad de minerales críticos y tierras raras, aún a la espera de extracción y producción. Éstas cumplen un rol crucial a la hora de la confección de chips de alta gama, fundamentales para el desarrollo de la IA potenciada, así como para el diseño de aparatos de transmisión y, sobre todo, de almacenamiento de energía.

Ahora bien, de haber un núcleo del interés estadounidense en Latinoamérica, éste viene dado por la apropiación de recursos naturales y energéticos de valor estratégico y esenciales para el desarrollo de la IA, la electromovilidad y la gestión dominante sobre la -supuesta- transición energética, todo ello, por cierto, con la simultánea tarea de reducir al máximo las asociaciones que puedan emprender las empresas chinas. Se trata de una reactualización de la famosa Doctrina Monroe, hoy reconvertida por Trump en Donroe: la decimonónica prédica colonialista de “América para los americanos”. Si originariamente el sentido de la frase refería a conservar el dominio del territorio para la clase comercial estadounidense, expulsando o supervisando la inmiscusión comercial europea, a través de incursiones militares y, sobre todo, de las habituales prácticas de corrupción con las oligarquías latinoamericanas, hoy es China a quien se debe marginar, por haberse posicionado como el primer socio comercial de la región. Prédica Monroe, entonces, que a la luz de la historia queda resignificada, pero manteniendo idéntica la operativa apropiatoria: América (las tierras y los pueblos integrantes de todo continente americano) para (beneficio económico de) los americanos (la blanquitud, capitalista, esclavista y patriarcal, de colonos norteamericanos de raíces europeas).

En virtud de esta reactualización, y en términos concretos, apreciamos fenómenos como la presencia de empresas estadounidenses en busca de litio sobre el triángulo fronterizo entre Bolivia, Argentina y Chile; el ascendente saqueo institucionalizado del petróleo agrio de Venezuela, nación que cuenta con las máximas reservas mundiales del mismo, propiciado por el secuestro de Maduro y el servilismo de Delcy Rodríguez; el reposicionamiento de bases militares en Colombia, dedicadas a custodiar el perímetro noroeste de los recursos hídricos del Amazonas, y la reciente instalación de las mismas en islas ecuatorianas del entorno de las Galápagos, abocadas a interceptar las embarcaciones chinas (principal socio de los países costeros del Pacífico) y a administrar los flujos del narcotráfico; las amenazas de apropiación de la totalidad del Golfo de México con sus cuantiosas fuentes de petróleo, todo en un contexto marcado por la brutalidad policial contra poblaciones migrantes; la presión diplomática y militar para permanecer e incrementar el control sobre el Canal de Panamá, en detrimento de empresas provenientes chinas y Rusia; la solicitud a Perú para disminuir sus vínculos con las inversiones de capitales chinos en proyectos de infraestructura megaportuaria y de conexión naviera.

Vale señalar, más específicamente, que Latinoamérica es una de las regiones del orbe con mayor cantidad de minerales críticos y tierras raras, aún a la espera de extracción y producción. Éstas cumplen un rol crucial a la hora de la confección de chips de alta gama, fundamentales para el desarrollo de la IA potenciada, así como para el diseño de aparatos de transmisión y, sobre todo, de almacenamiento de energía. En ese sentido, dentro del panorama geopolítico global, Pekín se encuentra a la cabeza en el control de tales materias, en clara correspondencia con su liderazgo actual en lo concerniente a la carrera por la IA potenciada, manejando gran parte de las series en las cadenas de suministro de chips (con excepción de las holandesas). Esto dota de aún mayor urgencia la agresiva arremetida de Washington en dicha carrera por la IA, con su respectiva facilitación de insumos a las grandes corporaciones cibernéticas.

Así, el tipo de feudalismo que EEUU impone en América Latina difiere en comparación con el ejercido en Europa. Si el vasallaje europeo cuenta aún con un fuerte componente de hegemonía cultural anclado en el rol militarista de la OTAN y en el discurso civilizatorio moderno, esto es, todavía des-territorializante (primera globalización), el vasallaje latinoamericano responde, más bien, a una lógica de la dominación económica que, sin pretender consolidar una hegemonía cultural y disponiendo de variados dispositivos de guerra híbrida y de intervención en múltiples dimensiones (financieros, arancelarios, militares de baja intensidad, comunicacionales, jurídicos, etc.), son capaces de generar alianzas con los gobiernos de ultraderecha neofascista de la región, y también, aunque de manera más débil, con cierta porción de los escasos gobiernos llamados “progresistas”. Se trata, en efecto, de una relación feudal basada en la dominación híbrida, con una cada vez más creciente presencia de índole re-territorializante (segunda globalización).

Zonas transversales

Ahora bien, sin entrar en mayores análisis, EEUU también cuenta con presencia en zonas transversales, pero de manera intermitente o latente. Con ello nos referimos a espacios geográficos intermedios que, muchas veces, marcan hitos feudales de un cariz sui generis, distintos a Europa y Latinoamérica. Ya sea por indiferencia de otras potencias (como en muchas pequeñas islas del Pacífico en Oceanía, por ejemplo Micronesia), ya sea por representar subregiones distantes y aún en disputa tácita con otras superpotencias a raíz de importantes recursos naturales (por ejemplo, los metales de oro en subregiones africanas cercanas a Sudán y de cobalto en Congo), o ya sea a causa de directas tensiones geopolíticas y belicistas en asociación con dinámicas internas de otras naciones (por ejemplo, Japón y Taiwán para China o el rol de las monarquías árabes al momento de normalizar relaciones con Israel), las dinámicas de señoría y vasallaje no podrían considerarse propiamente feudales.

Sin embargo, este habrá de ser el punto desde el cual retomaremos nuestro trabajo en la próxima entrega. En ella daremos continuidad al presente análisis, abordando el polo complementario del binomio occidental, esto es, el papel que juega Israel en el plano del feudalismo geopolítico.

Por Aldo Bombardiere Castro

Referencias

Escobar, P. (2026): “China amenazó con cortar las tierras raras a Trump: arma para la cumbre Xi-Trump” en Transition Protocol Spanish (19 de septiembre, 2026). Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=M4kqeJ8xENc&t=1317s

Karmy, R. (2026): “Mutación feudal. Sobre el pliegue centrípeto de la globalización” en Parusía. Intifada global y guerra cibernética. pp. 173 – 196. Versión preliminar en: https://ficciondelarazon.org/2026/01/26/rodrigo-karmy-bolton-mutacion-feudal/

La Base (2026): “¿La IA nos destruirá a todos?” (15 de septiembre, 2026) Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=O2vdZmQScrw&t=22s

Palma, J. G, (2026): “Venezuela y el nuevo «orden» internacional” (6 de enero, 2026) en CIPER. En: https://www.ciperchile.cl/2026/01/06/venezuela-y-el-nuevo-orden-internacional/

Pérez, L. (2026): “Tecnofeudales al acecho” en Le Monde diplomatique. Edición chilena. N° 285 (Julio, 2026)


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