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Sobre “Los Jaivas Medio Siglo”*

¿Museo Nacional de Bellas Artes o Salón de la Fama?

La banda de rock más importante del país tiene de sobra merecido su reconocimiento, mediante la exposición “Los Jaivas Medio Siglo”. Sin embargo, ¿es el Museo Nacional de Bellas Artes, cuya misión es “contribuir al conocimiento y difusión de las prácticas artísticas contenidas en las artes visuales”, el lugar más indicado para acoger dicho homenaje? Evidentemente, no. Y aun cuando se desee remecer ese estricto fundamento, la exposición en cuestión parece fallida.

En efecto, a pesar de su sofisticación, la estructura laberíntica que alberga la muestra es poco más que un entramado de paneles con impresos de finalidad informativa. Y no contribuyen mucho a complejizar esta propuesta, entre otros, la instalación central; la exposición de cuadros originales de René Olivares, ilustrador de los álbumes de la banda; los discos, revistas y otros objetos exhibidos en algunas vitrinas; los instrumentos de la agrupación en el segundo piso; y mucho menos los pendones fotográficos gigantes de la banda y otros ídolos del rock adosados a los altos muros del Museo. Al ser el tratamiento de los materiales más bien ilustrativo, no se entiende qué justifica su emplazamiento en un recinto destinado a exhibir búsquedas estéticas, ni siquiera tratándose de un guión que ubica a Los Jaivas en la historia del rock chileno. Distinto sería que se problematizara el mismo tratamiento infográfico, como, de hecho, se ha realizado en las artes visuales en más de una ocasión.

Por otra parte, la música de Los Jaivas que se emite desde el hall invade las salas aledañas. A menos que se trate de una muestra abarcadora e integrada, en un museo cada muestra cuenta con su propio espacio. Este espacio define una atmósfera que, en el caso de las artes visuales, se relaciona por lo general con la contemplación. Si el Museo de Bellas Artes estuviese acondicionado para albergar música, la atmósfera de las demás salas no se vería afectada, pero no es el caso. Es así como los visitantes del Museo se ven en la absurda situación de tener que oír la música de Los Jaivas como ruido de fondo de exposiciones, como las de Joel-Peter Witkin o “Proyecto A: Residencia Artística en la Antártica”, que invitan más bien al silencio y al recogimiento.

El Museo Nacional de Bellas Artes, al representar la más alta institución artística en el país, despierta toda clase de deseos, entre los cuales el de asediarlo no es el menor. Pero hay otras formas de hacerlo. ¿Por qué, por ejemplo, no haberles solicitado a artistas locales que homenajearan a Los Jaivas a su manera? ¿Por qué desvirtuar el aporte específico de las artes visuales a la cultura del país, homologándolas sin más al rock and roll? Si se quiere atraer un público masivo al Museo, mejor sería volver a aumentar las horas de arte en la educación pública.

Pero vemos cómo el supuesto asedio a la institución museal se entremezcla con una lógica aurática y de consagración cultural que lo convierte en poco más que un Salón de la Fama, ya que en palabras de Mario Mutis, integrante original de la banda, el recinto sería “la catedral del arte chileno” (¡!). ¿Cuál es la idea de seguir utilizando el Museo Nacional de Bellas Artes para realizar “galas artísticas” o subirle el pelo a un evento?

Un recinto mucho más indicado para celebrar el medio siglo de Los Jaivas habría sido el Centro Cultural Gabriela Mistral, pero ¿qué ocurre que no se puede usar para este efecto? ¿Por qué sigue detenida la reconstrucción de su ala oriente? ¿Se quiere realmente fortalecer la cultura del país en todas sus manifestaciones o se busca más bien encubrir la falta de respeto y de recursos mediante un populismo igualador de las singularidades artístico-culturales?

El discurso patrimonialista y supuestamente pluralista de las autoridades del Museo Nacional de Bellas Artes no justifica la medida adoptada, ni siquiera aludiendo a un supuesto relevo de su apertura popular de principios de los 1970, pues era otro contexto. Un contexto que, por cierto, motivó la donación por y para el pueblo chileno de un edificio que, hoy, sigue estando lejos de cumplir con su objetivo de alojar “todo tipo de actividades en beneficio de la Cultura Popular”. Y ese edificio es, precisamente, el de la UNCTAD III, ex Diego Portales y actual Centro Cultural Gabriela Mistral, un lugar consumido por la siutiquería y el snobismo más perturbadores de estos tiempos.

Por Carolina Benavente Morales

* Agradezco a David Romero y a Moira Sandoval sus lecturas atentas y sus valiosas observaciones y expresiones, las que me ayudaron a precisar y condimentar este texto.

Agosto 15 de 2013

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