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The Wall

Anoche, haciendo zapping en la televisión, me encontré con la clásica obra “The Wall”. Parecía un intrascendente momento de la noche. Sin embargo, cuando comenzaron a pasar las imágenes y me conecté con su contenido, me embargó una gran angustia porque me pareció tan actual, tan cruelmente actual. Niños sometidos a un sistema que los esclaviza, que controla sus mentes, que genera adultos infelices. La educación, que pudiendo ser la más poderosa herramienta para la transformación social, se ha convertido en su arma mortal, en la de reproducción social.

Claramente no era lo que queríamos, pero quizás no sea extraño pensar que dar un salto cualitativo en este ámbito no nos fue posible porque somos producto de este mismo sistema, el cual una de las cosas que no entrega es creatividad y capacidad de innovar. Aún más, a aquellos alumnos creativos, dispersos, inquietos y maravillosos exploradores de los misterios de su entorno, los ha transformado en un problema, en un obstáculo. Aunque no se quiera aceptar, el mundo adulto sigue queriendo controlar esas mentes, no sólo sus cuerpos inquietos, sino también sus sueños, sus ganas de volar.

Le tengo todo el respeto del mundo a los profesores, también admiro a cada madre y padre que madrugan todos los días para llevar a sus hijos al colegio. Para qué decir de los niños que aguantan largas horas, sentados por un tiempo inconmensurable para su existencia, escuchando contenidos que escasamente recordarán, pero quizás hay un currículum oculto difícil de visualizar y, para el cual, todos estamos trabajando. Creo que Einstein fue el que dijo que siguiendo el mismo camino siempre llegaremos al mismo resultado. Bueno, quizás no sea tan cierto que queremos formar personas creativas y librepensadores, como lo declara la mayoría de los Proyectos Educativos (PEI) de las instituciones, tanto públicas como privadas, de este país.

Por otra parte, se lucha por “mejorar la educación”, pero si hacer esto significa subir los puntajes de la PSU, apiádese Dios (o quien sea) de las futuras generaciones: más matemáticas, más historia, más ciencias naturales, estudiadas todas desde un banco, escuchando una voz unidireccional. ¿Esta es la educación por la que Chile está movilizándose? Disculpen a los luchadores, pero lo primero que se me viene a la mente son las cadenas más que ideas de libertad.

Seguramente tendremos mejores ejecutivos. No sé si tendremos más poetas, artistas, aventureros… Porque cuando muestran los grandes ejemplos de escuelitas destacadas en Simce, ¿no les llama la atención ni un poquito esa sumisión de todos los alumnos? Cuando muestran a un montón de niños parándose a saludar al adulto que entra en la sala, y están todos ordenaditos, ¿no se les viene a la mente, ni por un instante, esos martillos de la película marchando uniformadamente? ¡¡Y eso que son martillos!! Con un potencial enorme para derribar el Muro, para cambiar, para golpear y también para construir. Maravillosa metáfora.

Supongo que muchos pensarán que el dramatismo que vive el protagonista de la película no es el mismo que viven tantos chilenos. No estaría segura. Ese personaje conflictuado, sufriente, esclavo de tantos abandonos, esclavo del sistema que le prometió libertad y que después lo abandonó, no se ve por fuera. Seguramente, no lo vamos a encontrar en alguna foto “instantánea” del paseo Ahumada, pero es probable que viva en el interior de muchos y eso bien lo saben los psiquiatras y psicólogos clínicos, sean del barrio alto o de cualquier consultorio municipal. Como dice la más lúcida de las frases clichés: “vemos caras pero no corazones”.

Me hubiera gustado haber visto la película como un tema del pasado o, en el mejor de los casos, como mera ficción. Que el mundo fuese otro y los gobernantes (o postulantes a ellos) estuvieran más dispuestos a hacer la paz y no la guerra. No pensando en la guerra, como aquella donde caen bombas, sino en esa guerra silenciosa de la inequidad y la desigualdad que, sobre todo, en una economía de mercado tan poco regulada como la nuestra, cobra muchas vidas, muertos en vida.

Ojalá estemos cambiando y sea yo la que anda pesimista. Ojalá sean las altas horas de la noche, el cansancio. Ojalá apague la luz y mañana sea otro día… y no siga sintiendo esta angustia mientras caminemos de la mano con mis hijos al colegio. Ojalá nos despidamos convencidos que durante las próximas seis horas desplegarán sus alas y, sobre todo, …. ojalá no siga pensando en “El Muro”.

Por Mariana Assis Garibaldi

Psicóloga

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