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Un millón de estudiantes y un millón de encalillados

De la “educación para todos” al endeudamiento bancario

Roxana PeyMalandras privados campeoncitos del lucro, les vieron las canillas a los jóvenes chilenos: se embuchan millonario botín anual por bolitas de dulce. ¡Y que no protesten quieren los muy patudos!

Si han podido destruir de una sentada el CENSO, asunto de relativamente simple diseño, ejecución de un día (al menos así se debe hacer) y posterior análisis estadístico archiconocido, figúrese usted que no iban a destruir el complejísimo sistema de educación pública del país. ¡Qué costosa está resultando para los chilenos la mezcla de ineptitud y codicia! Los colmillos se afilaron el 73 ante las posibilidades de estrujar a los chilenos y transformarlos de ciudadanos a clientes, consumidores y deudores y los ojos les brillaron también por motivos ideológicos. La educación del lucro y para el lucro que nos han instalado (amarrada y bien amarrada, creen, pero los nudos ciegos también se pueden desatar o cortar) está al centro del modelo. Está “al centro de la injusticia”, diría Violeta.

Las evidencias del fracaso son numerosas y demoledoras: el modelito no funciona, al menos no para formar a los chilenos en igualdad, como ciudadanos críticos y plenos que puedan insertarse, y más aun mejorar, una sociedad que fuera más inclusiva y democrática. Funciona muy bien, claro está, para el enriquecimiento de unos pocos y para reproducir inequidades y segregaciones, como una aceitada máquina de hacer dinero a la que el reciente movimiento estudiantil, en una suerte de espíritu luddita aplicado a la industria del conocimiento del siglo XXI, ha puesto las primeras trabas. ¡Ya era tiempo!

Durante el gobierno de Salvador Allende -cuya violenta muerte ocurrida hace 40 años, como el más dramático acontecimiento de la persistente batalla de Chile, conmemoramos hoy-, se consolidó un sistema de educación que avanzaba, armónico e integrado, en el sentido correcto. Allende lo dijo muy claro, hablándole a los profesores (“Maestros, maestros de mi patria, he querido conversar con ustedes y decirles cuánto confiamos en su apoyo…”) sobre el sentido democratizador de sus propuestas concretas para educación: “Plena autoridad administrativa y técnica a los consejos de profesores, convertidos en consejo de trabajadores de la educación; formación en cada establecimiento de los consejos de comunidad escolar, formados por representantes de los trabajadores de la enseñanza, padres y apoderados; juntas de vecinos, sindicatos, organismos culturales y estudiantiles cuando proceda, para preocuparse de la marcha general del establecimiento y de sus relaciones con la comunidad respectiva… Entendemos esta participación como expresiva del proceso de democratización general del país”. ¡Qué vigentes son sus ideas y cuánto atienden las actuales demandas sociales! Y también, cuán alejadas de las falaces campañas de tergiversación, desprestigio y miedo con que la derecha pretende despachar esos programas para defender, como gato de espalda, los privilegios ilegítimos que le otorga la actual situación.

Les molestaba tanto el concepto de “universidad para todos” ―un “para todos” que han transformado en “todos pagan, todos se endeudan”-, como la idea de igualdad de oportunidades para los hijos e hijas de los trabajadores y las cifras de logros exhibidos por la Unidad Popular (indicadores diríamos ahora). En palabras del propio compañero presidente: “En la enseñanza parvularia se ha acrecentado en un 18% la población atendida, en relación a 1970, lo que significa 10.000 nuevos niños que tendrán educación parvularia. En la enseñanza general y básica, el incremento alcanza a 140.000 niños. En la enseñanza media hay un aumento promedio en un 15%, lo que significa 50.000 alumnos más con respecto al año 1970. En el nivel universitario, el ingreso al primer año ha aumentado en un 83%, siendo posible que se eleve aún más. La matrícula total ha alcanzado un incremento de 28%. En el año de 1969-70 este aumento fue sólo de un 8%. El presupuesto universitario aumentó en un 24% en valores reales”.

El aumento de cobertura (concepto tan usado y mal usado) no ha vuelto nunca más a tener esa magnitud y si se mira en términos de la población total del país la proporción de chilenos estudiando aún no ha sido superada (ver gráfico).

Porcentaje Estudiantes

Se vanaglorian los creadores, desarrolladores y guardianes del actual esquema por la cobertura a la que se ha llegado: un millón de estudiantes en educación superior, dicen. Sin embargo, solo la mitad de ellos llegarán a titularse. De los que se titulan, una buena parte lo hará obteniendo un título de una institución engañosa que se habrá aprovechado de sus sueños y expectativas, y menos del diez por ciento logrará continuar hacia estudios de postgrado. Estos y los otros, los que no se titulan, en su mayoría quedarán con una enorme deuda que arrastrarán por décadas. Es como nacer en una trampa de endeudamiento, es iniciar la vida laboral con un irremontable y gravoso lastre. Esta errada política, profundizada en las últimas décadas y que fuera resumida en el triste lema “primero cantidad, después calidad”, ha transformado al indicador “un millón de estudiantes” exhibido como gran (y único) logro, en una cruel burla para tantos jóvenes y sus familias.

Aunque haya sido a las patadas (doscientos mil estudiantes marchando insistentemente son persuasivos, que duda cabe), volvemos a hablar de gratuidad. Para retomar el norte habrá que precisarla, hablar también de financiamiento a las instituciones y varias otras cosas. Pero lo cierto es que con esos cantos de sirena (endéudate, con nosotros cumplirás tus sueños, nos importas) no volverán a embaucar al pueblo chileno.

Por Roxana Pey

Integrante de Imaginarios Culturales para la Izquierda

El Ciudadano Nº146 / Clarín Nº6.923

Septiembre 2013

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