Una semana biopolítica, un siglo tropical

Al comentar la obra del filósofo Gilles Deleuze, el historiador de las ideas Michel Foucault señaló que “tal vez, un día, el siglo entero será deleuziano”, con lo cual quería decir que el excepcional pensamiento rizomático del primero debería llegar a diseminarse en la opinión de la gente común

Una semana biopolítica, un siglo tropical

Autor: Wari

Al comentar la obra del filósofo Gilles Deleuze, el historiador de las ideas Michel Foucault señaló que “tal vez, un día, el siglo entero será deleuziano”, con lo cual quería decir que el excepcional pensamiento rizomático del primero debería llegar a diseminarse en la opinión de la gente común. Mientras eso ocurre, sin embargo, Foucault parece ser el pensador predilecto de las elites intelectuales o, al menos, de sus miembros con vocación insubordinante. Prueba de ello a nivel local es que, con el IV Encuentro Posnacional de Biopolítica como pivote, se sostendrán varios encuentros académicos sobre este último tema en los próximos días, de manera que tendremos en Chile una semana decididamente foucaultiana. Si a eso sumamos que a tales eventos asisten destacados especialistas de Argentina y Uruguay y que en el dominio virtual nacional existe incluso un sitio llamado www.biopolítica.cl, podemos plantear que la biopolítica es hoy uno de los más importantes polos de elaboración teórica tanto en nuestro país como en el Cono Sur. De allí que, en su presente versión, el coloquio haya sido reconcebido como posnacional.

Ahora bien, si siempre resulta saludable que se instalen nuevas alternativas de sentido para el pensamiento crítico, el alboroto generado por la biopolítica algo tiene –por usar la terminología de Roberto Echavarren– de un estilo de pensamiento que, cristalizado alrededor de una categoría omniexplicativa, se convierte en una moda intelectual regulada por una clase particular de industria cultural, cual es la académica. Y así, avalándose la oferta por grados, cargos y rangos asociados a las más diversas instituciones de la región, la consigna semanal en las veredas universitarias del pensamiento chileno bien podría ser la de ¡lleve la biopolítica! El problema que esto plantea no es sólo el de congelar e inutilizar un pensamiento mediante su transformación en moda, sino tambien -según Foucault lo evocaba al reflexionar sobre Deleuze- el de cómo determinado pensamiento surgido en los lindes de la academia mantiene su vínculo vital con el afuera de ésta.

De hecho, ya a fines de los años 1960, Michel Foucault era una suerte de best-seller, el enfant terrible pero sumamente aplicado que renovó la figura del intelectual comprometido, ahora desde los creativos márgenes de los cuerpos desviados, grotescos, deformes e infectos que animaron las revoluciones culturales del período. Pero esta búsqueda de popularidad fue bastante consciente y premeditada, apuntando justamente a romper el cerco institucional que encerraba al intelectual en su torre de marfil. Es probablemente por esto que, desde su deceso por Sida el año 1984, su figura no ha dejado de agigantarse, como si su combate contra el virus, aunque físicamente infructuoso, lo hubiera dejado inmune ante cualquier forma de apagamiento intelectual. En las comunidades gays, lésbicas, transexuales, queers, etc. de los Estados Unidos ha llegado incluso a adquirir el estatus de un santo –San Foucault– y, si esto parece desmesurado, más parece serlo la disociación existente en Chile entre los intelectuales y la opinión común -por no hablar de la clase política.

En la época en que Michel Foucault comienza a publicar, los 1960, los chilenos que ansiaban transformar las estructuras sociales sustentaban un marxismo bastamente dogmático que, por fuerza, se amplió y se pluralizó, sobre todo a partir de los 1980. Desde entonces, no hay un intelectual digno de ese nombre que no haya leído clásicos de Michel Foucault como Historia de la locura en la época clásica (1961), Arqueología del saber (1969) o Vigilar y castigar (1975). Complejizando nuestras perspectivas acerca de las relaciones sociales, este autor evidenció el papel normalizador de las diferentes disciplinas científicas y sus entramados discursos. Gracias en gran parte a él, hoy en día no nos preguntamos tanto qué es la locura (su significado), por ejemplo, sino más bien cómo ella es producida por categorías que moldean nuestras subjetividades para que, sin cuestionárnoslo demasiado, la percibamos como tal. Y lo mismo con respecto al racismo, el machismo o la homofobia, todos ellos dispositivos de saber que normalizan nuestras relaciones, naturalizando exclusiones y discriminaciones que resultan afines a la reproducción del sistema. En realidad, los chilenos manifiestan una apertura cada vez mayor frente a estas cuestiones, pero sin que se las vincule más ampliamente con sus coordenadas de aparición.

La noción de biopolítica tiene la virtud de permitir hacer el nexo. Su actual arrastre surge de una segunda gran oleada de pensamiento foucaultiano, anclada a otro eje de reflexión del autor. Avivada por la publicación póstuma de algunos de los cursos que dictó en el prestigioso Collège de France, ella resulta más patentemente política que sus primeros trabajos, ya que concierne a la cuestión del gobierno y, en especial, al gobierno liberal, lo que es sin duda una cuestión muy atingente a nuestra época. Tanto el término como el concepto de biopolítica tenían un uso previo en distintas áreas de estudio, pero el historiador y filósofo francés los dotó de un alcance inédito que ha conocido diferentes reelaboraciones, notablemente por parte de la filosofía italiana, a través de Giorgio Agamben, Roberto Esposito, Toni Negri o Maurizzio Lazzarato.

La biopolítica puede ser abordada desde diversas facetas, relevando tanto de la sociología, la pedagogía, la economía, la medicina, el derecho o la estética, pero ella concierne en particular al gobierno de la vida en una cultura occidental donde el estatus del ser humano como especie viviente se encuentra en cuestión. Según Foucault, en efecto, hoy en día el problema más acuciante ya no sería que el poder soberano decida sobre la vida o la muerte de las personas, sino que, de manera creciente, el biopoder se encarga de regular a la población, diseñando las vidas de los individuos que la componen para mantenerlos bajo control. Ya no es tanto que el poder haga morir y deje vivir –como no obstante sigue ocurriendo–, sino que hace vivir y deja (o no deja) morir. Para ello, desarrolla eficientes mecanismos que, además de reprimir ciertas conductas y opiniones, encauzan nuestros cuerpos hacia la mantención de un ordenamiento social proclive a los objetivos de la producción y el consumo capitalistas.

La particularidad de este modo liberal de gestión de las vidas es que su inmenso poder, o sea, el biopoder que hace que la situación entera parezca escapársenos de las manos, no está depositado en una sola instancia. Ya Guy Debord observaba, por ejemplo, cómo se afirmaba el “movimiento autónomo de lo no viviente” mediante la sociedad del espectáculo, la que hoy vemos desplegarse en una variedad de inasibles instancias (farándula, publicidad, opinología, etc.) que colonizan nuestro espacio mental cotidiano. Y, lo peor, haciéndonos creer que somos partícipes de un gran foro democrático que vendría a poner a resguardo la mentada “opinión pública”. Si la crítica de Foucault al discurso nos permite cuestionar tales dispositivos, la biopolítica nos invita a extender la crítica hacia los censos y registros, la televigilancia, los paseos rituales por el mall y un sinfín de otras herramientas de control que se han naturalizado en la mente y los comportamientos de la población.

Este desperdigamiento foucaultiano de la mirada sigue despertando las suspicacias de quienes estiman que es el fruto de una mente paranoide, así como de los marxistas convencionales aferrados a las certezas macroscópicas de la modernidad. Para muchos otros, sin embargo, ha permitido afirmar y recrear (agenciar) diferentes culturas de resistencia a partir de una sospecha de base respecto de cualquier acumulación de poder. En cierto sentido, cada uno de nosotros sería susceptible de reproducir la violencia y el dominio en un nivel micro, pero es en este mismo nivel, asimismo, donde se abren las mayores posibilidades para la reconfiguración de un sujeto crítico y autónomo. Por ello, puede plantearse que la llegada al poder de un gobierno institucional de carácter (neo)liberal no se corresponde en estricto rigor con una “derechización” del electorado chileno, sino más bien con la divergencia y también el traslape contradictorio entre segmentos biocontrolados de la población y otros donde germinan toda clase de alternativas de recomposición de un cuerpo individual y colectivo de carácter autónomo.

Lamentablemente, el tercer gran eje reflexivo de Michel Foucault, concerniente a la hermenéutica del sujeto, no parece tener mucha cabida en los actuales encuentros sobre biopolítica. Digo “lamentablemente”, por una parte, porque es al reflexionar sobre esta cuestión, en la última etapa de su vida, que este autor evalúa posibles salidas del individuo enfrentado a situaciones de control. Es aquí donde plantea en particular la idea del “gobierno de sí” que sería un proyecto estético, pues la vida misma sería una creación cuyo modelo más cercano estaría en la obra de arte. De allí, por ejemplo, que el artista chileno Mauricio Bravo Carreño insista en la necesidad de reflexionar sobre una bioestética muy distinta de la que busca modelar nuestros cuerpos según determinados ideales de belleza, pues se orientaría a apropiarse creativa y poéticamente –nietzscheanamente– de la forma del sujeto, impidiendo que el sistema (la Matrix) se anticipe continuamente a ello. En el III Coloquio Nacional de Biopolítica hubo una mesa de bioestética cuyos planteamientos sería clave conocer, pero que por x o y motivos no tuvo continuidad en la presente versión del encuentro, aunque vuelva a darles un lugar a las artes.

Por otra parte, es de lamentar el énfasis de este coloquio en la cuestión del poder, en detrimento de la cuestión del sujeto, pues ello significa parcelar y sesgar un pensamiento fecundo, proliferante y lleno de derivas, pero también muy riguroso y sistemático, que fue avanzando por etapas y procurando superarse a sí mismo en cada gradación. Considerar que, en una obra cualquiera, determinadas producciones valen más que otras es renunciar a plegarse a la poética que anima la obra en su conjunto, anclada a las emociones de su autor. De la misma manera, pensar que el llamado “posmodernismo” es del todo inconexo y fragmentario es una simplificación, ya que éste incorpora el afán articulador y organizador de la modernidad intentando reconducirlo en nuevas y más complejas coordenadas. Por eso, como lo propuso el pensador martiniqués Édouard Glissant para Las Antillas, se requiere de una aproximación que sea ella misma poética. Es necesario desbaratar los clichés predominantes tanto en la opinión común como en la intelectualidad local respecto de autores que se suele tildar de posmodernos, especialmente considerando que no solían identificarse a sí mismos con ese mote. Cabría en este sentido distinguir las circunstancias que designan estos pensadores –vinculadas al capitalismo tardío, cognitivo, cultural, postindustrial, postfordista, etc.– de los discursos que ocupan para referirse a ellas, los que en el caso francés más bien pueden designarse como postestructuralistas.

El auge del pensamiento biopolítico tanto en Chile como en Argentina y en Uruguay resulta estremecedor, tratándose de países que comparten una historia reciente de persecución y exterminio político-corporal sistemático que, por otra parte, ha sido afín a la implantación por medio de los aparatos represivos del Estado del neoliberalismo más radical, así como de su irrestricto resguardo del mercado desregulado y la economía del consumo. El necesario diagnóstico sobre el ominoso pasado regional y sus prolongados efectos en el presente, no obstante, no puede redundar en una esclerosis del deseo. Saber cómo funcionan las cosas en lo que cabe al dominio y la opresión nunca ha sido suficiente para dibujar una línea de fuga e implementar el escape, especialmente si todo nos conduce a creer que el afuera se ha adelgazado al punto de prácticamente dejar de existir. Éste no surgirá de ningún acto mágico, sino a partir de las resistencias concretamente acumuladas, emergentes y en ciernes, por lo cual presentan un especial interés las mesas dedicadas a las resistencias en el coloquio de biopolítica. No obstante, quiero para finalizar plantear un par de cuestiones en relación a esta última materia.

Por un lado, y por lo que expliqué al referirme a la bioestética, podría ser necesario enfocar las resistencias de carácter artístico-cultural antes que las de otra naturaleza, al menos en la presente etapa y considerando que, si lo artístico puede tener un alcance restringido o focalizado, lo cultural siempre conlleva una ampliación formidable de los planos de acción. Debido a ello, por otra parte, sería urgente que, de una buena vez, los diferentes expositores en los coloquios de biopolítica se abran a percibir el espesor histórico de los muy diversos devenires culturales continentales, superando el sesgo todavía muy eurocéntrico, sociológico, contemporáneo y letrado de sus aproximaciones. Es de esperar que el contexto bicentenario favorezca tal cuestionamiento y, en este sentido, la tachadura de “las Américas” en el afiche del presente coloquio constituye un indicio positivo, ya que cuestiona la imposición de un nombre que, como cualquier bautizo de recién nacido, nunca fue deseado ni solicitado. Pero, lo repito, no basta con negar lo que no se desea ni basta tampoco con protestar, pues, simultáneamente, debe darse lugar a un nuevo anhelo y a otros proyectos de formas de vida.

Es altamente positivo que el coloquio culmine con una mesa sobre la desconstrucción de la biopolítica, cruzándose además de esta manera con un pensamiento, el de Jacques Derrida, que tuvo y tiene mucho eco en la intelectualidad chilena. Pero la desconstrucción debiese apenas ser el primer paso para reconstruir un proyecto, esta vez diverso, disperso, multiforme, divagante, zigzagueante y experimental que se acople a los des-concertados vaivenes de las multitudes. Ojalá los intelectuales foucaultianos siguieran a su mentor para sumergirse en el pensamiento poético de Gilles Deleuze, pues él viene acompañado de Félix Guattari y éste, a su vez, de múltiples intelectuales e intelectualas “menores” que padecieron y padecen la fractura capitalista, colonial, esclavista, homofóbica y machista en éste y otros continentes, articuladas a distintas experiencias individuales y colectivas de fragmentación. Aunque volcada más bien al holocausto judío, la reflexión de Michel Foucault sobre biopolítica surge en relación al racismo, un dispositivo sobre el cual tenemos mucho que decir, pero tanto a modo de denuncia como a modo de esperanza y procurando no caer en la fácil trampa de la negrofilia y/o del indigenismo -excepto con fines meramente estratégicos.

Si puedo aportar en algo a la discusión sobre biopolítica desde mi condición de no experta en la materia, sería interesante que se asumiera el desafío de articular el tema a otros ejes de reflexión tanto de Michel Foucault como de otros destacados y sugerentes pensadores, sin olvidar por cierto los cuerpos pensantes de la gente común. Aquí, en las Américas, el biopoder opera de manera singular, encontrando asimismo formas inéditas de resistencia que son tan precarias como consistentes y que operan espontáneamente por medio del cuerpo, pero con alcances culturales más vastos, lo que explica la vitalidad (todavía) de nuestras músicas y nuestros bailes populares, desde la cueca hasta la cumbia pasando por tango, salsa, samba, rock, reggae, rap o reggaetón. Por tal motivo, sería positivo indagar mayormente en las bioculturas criollas de las transversalidades, las apropiaciones, las mascaradas, los pirateos, parches y remezclas que permiten pensar que, tal vez, un día, el siglo entero no necesitará ser nada distinto de lo que ya ha venido siendo, en los poéticos pliegues del biopoder.

Por Carolina Benavente Morales

Canal en YouTube


Comenta



Busca en El Ciudadano