Violentar a la ciudadanía mediante la profanación de sus espacios sagrados

A través de toda la historia de la humanidad las sociedades han sacralizado ciertos lugares que les resultan fundamentales, ya sea en términos espirituales, políticos, afectivos o por otros motivos

Por Wari

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Columnas

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A través de toda la historia de la humanidad las sociedades han sacralizado ciertos lugares que les resultan fundamentales, ya sea en términos espirituales, políticos, afectivos o por otros motivos. De este modo, cementerios, templos, plazas, edificios y palacios han representado en el espacio colectivo los sentimientos, principios y valores más profundos de cada grupo humano. En la época contemporánea, todas las ciudades tienen plazas, monumentos, memoriales y otros lugares significativos en que los miembros de una comunidad reconocen una identidad y una historia compartida. Estos lugares suelen operar como espacios de reunión, de celebración, de conmemoración y/o de protesta, y sus usos permiten mantener el sentido de colectivo, aun cuando ese sentido pueda ser plural, dinámico, cambiante e incluso tensionado y puesto en conflicto en determinadas circunstancias. Asimismo, estos lugares van cambiando o apareciendo según las circunstancias históricas y las definiciones de lo que merece ser reconocido y recordado. En Chile en las últimas décadas se han construido o recuperado espacios para las memorias colectivas de las violaciones a los derechos humanos por parte de agentes del Estado ocurridas durante la dictadura militar, como una forma de rendir homenaje a las víctimas de esas violaciones, recordar colectivamente esos hechos y asumir el compromiso de que nunca más se repitan situaciones tan brutales como las ocurridas entre 1973 y 1990.

Lamentablemente, las violaciones a los derechos humanos se han mantenido durante todos los gobiernos post-dictatoriales, y han recrudecido a partir del ciclo iniciado con las movilizaciones sociales el año 2011, en un marco de justificación e impunidad por parte de las autoridades de todos los gobiernos que permite explicar en parte la ocurrencia de las masivas y sistemáticas violaciones a los derechos humanos de la que ha sido objeto la ciudadanía movilizada desde el 18 de octubre del 2019. Si bien en las últimas décadas se han construido muchos lugares de memoria relativos a la dictadura, nunca se realizó ninguna marcación significativa del palacio de La Moneda que recordara su bombardeo por parte de la Fuerza Área de Chile, la muerte del presidente Salvador Allende y el asesinato y desaparición de decenas de personas que resistieron el golpe de Estado el 11 de septiembre de 1973, lo cual habla de la relativización y la tácita aceptación de la violencia ejercida contra la sociedad chilena por razones políticas.

Con el levantamiento social iniciado el 18 de octubre del 2019, la ciudadanía movilizada se reapropió políticamente del espacio público, siendo uno de sus lugares más significativos el sector de la ex Plaza Italia, espacio en la que se han concentrado hasta centenas de miles de personas para protestar contra el modelo socio-político imperante. Dada su importancia como lugar de reunión y expresión ciudadana, el lugar fue rebautizado como Plaza de la Dignidad, y se ha mantenido como el lugar más emblemático de la revuelta social. Pero en el marco de la crisis sanitaria producto del coronavirus y las medidas de confinamiento asumidas de manera prácticamente autónoma por la ciudadanía, las plazas y calles de las ciudades se han vaciado de manifestantes, quienes han debido replegarse y expresar su descontento a través de redes sociales y/o formas locales de encuentro y expresión, bajo la convicción absoluta de que este periodo no es más que una pausa en el proceso de lucha comenzado el 18 de octubre. Esto ha sido aprovechado por el Gobierno de distintas formas, una de las cuales ha sido intervenir el espacio público para intentar eliminar las muchísimas huellas del levantamiento social. De este modo, comenzaron a poner pasto en el sector de la estatua de Baquedano y luego intentaron pintar dicha estatua, además de militar la zona de modo de que las personas no pudieran acercarse al lugar. La culminación de estos intentos de borramiento material y simbólico del estallido social se dio con la visita de Piñera al lugar.

El día viernes 3 de abril, Piñera llegó con sus escoltas y posó frente a la estatua de Baquedano para ser fotografiado, generando, una vez más, una profunda ola de indignación ciudadana. Considerando que la Plaza de la Dignidad no es un mero espacio de manifestación, sino también la zona donde murieron -producto de la represión policial- Abel Acuña, Mauricio Fredes y Cristián Valdebenito, dónde Gustavo Gatica y decenas de personas resultaron con sus ojos mutilados, y donde miles de personas han sido reprimidas pero también han resistido valientemente y han generado lazos de cuidado, encuentro y solidaridad, el gesto de Piñera resulta una verdadera profanación de un lugar que se ha convertido en un espacio sagrado. Según el diccionario de la Real Academia Española RAE, profanar es “tratar algo sin el debido respeto”, “deslucir, desdorar, deshonrar, prostituir, hacer uso indigno de cosas respetables”. De este modo, la imagen del principal responsable político de las violaciones a los derechos ocurridos desde el 18 de octubre, resulta una afrenta simplemente intolerable en la medida que violenta la memoria de las víctimas, de sus familias y de la sociedad en su conjunto, a la vez que resulta una provocación para quienes han transformado el lugar en un espacio conquistado por y para la ciudadanía. Más aún cuando la ausencia de manifestantes en ese lugar no es el resultado de ninguna acción del Gobierno por la cual Piñera pudiera vanagloriarse, sino que por el contrario dice relación con la auto-organización colectiva y comunitaria que ha emprendido el necesario distanciamiento social que el Gobierno ha sido incapaz de promover de manera efectiva. 

Finalmente, no está de más recordar que el absoluto desprecio por la ciudadanía y sus lugares sagrados no es algo nuevo. Con posterioridad a la muerte de Mauricio Fredes, manifestante que falleció cayendo a una fosa con agua producto de la represión policial el 27 de febrero de 2019 en la Alameda con Irenes Morales, el lugar se transformó en un memorial dónde la Primera Línea y los manifestantes en general le han rendido homenaje y han construido un altar en su memoria. Sin embargo, en reiteradas ocasiones, carabineros ha destruido el lugar, sin la más mínima consideración ni respeto por lo que representa. En un gobierno que no respeta la vida ni a los muertos ni a la ciudadanía ni a sus lugares sagrados, la patética e impertinente aparición de Piñera pasará a la posteridad como uno de los gestos más deleznables de la historia contemporánea de nuestro país.

Por Roberto Fernández Droguett

Psicólogo Universidad de Chile, integrante del Programa Psicología Social de la Memoria, Universidad de Chile y del Grupo de Trabajo Clacso Memorias Colectivas y Prácticas de Resistencia.

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