Voto, anarquismo y plebiscito en Chile 2020

El voto es un dato, una encuesta, una estadística

Por Wari

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Columnas

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El voto es un dato, una encuesta, una estadística. Un dato que recolectan los Estados para su funcionamiento y planificación. Hay, al menos, tres grandes fuentes de captura de datos que tienen los Estados: los votos, los censos y los derivados de la gestión administrativa (registro civil, militar, impuestos, educación, etc., etc.). Como en toda encuesta importa tanto la pregunta como la cantidad de respuestas obtenidas.

Al mismo tiempo el voto es el ejercicio de un derecho humano, el de la participación en las cuestiones públicas, es el derecho a decidir y participar políticamente. Un derecho que ha tardado siglos en ser lo que hoy conocemos. Hasta fines del s. XVIII el voto era un privilegio, tan privilegio que había una parte de la nobleza que se llamaban “príncipes electores” porque tenían esa distinción: ellos podían votar para elegir a un emperador que les gobernara de por vida. El voto como privilegio lo podemos ver hoy todavía en el Estado Vaticano: votan solo los cardenales quienes son príncipes de la Iglesia (príncipes electores). Algo similar pero no idéntico se puede ver en las elecciones presidenciales yanquis en las cuales la gente vota para elegir a unos personajes privilegiados que reciben el nombre de electores (los ciudadanos comunes y corrientes de EEUU apenas son “votantes”) y estos eligen al Presidente. Entonces, sin contar las monarquías, el derecho al voto es un derecho en lucha todavía.  La extensión del voto ha sido una lucha ardua de todas aquellas personas y comunidades que han sufrido la exclusión del derecho a participar y decidir de la cosa pública. Recién en el siglo XX, el voto alcanzó la extensión teórica que hoy tiene, ya que las mujeres ganaron ese derecho; así como, las personas analfabetas, las personas adultas jóvenes y adolescentes, las personas manicomializadas, las personas migrantes, una lista que puede ser aún más larga.

Pero ¿qué es el voto para quien vota y no forma parte de las clases privilegiadas? En casi todos los casos es una oportunidad de ser tomada en cuenta por la sociedad, es un sentimiento de pertenecer efectivamente a un territorio y/o comunidad política, es también y especialmente en el caso de las comunidades y territorios marginalizados, racializados y empobrecidos, un logro social que les da un valer personal y colectivo. Entonces hay una lucha por el voto y podemos ver la historia del voto como una lucha social o expresión de una lucha social.

Esta lucha social por el voto sigue siendo actual y se renueva en cada elección, sea la elección que sea. Incluso si la consideramos como una encuesta, el voto es un tipo de encuesta controlada desde la pregunta, que en este caso se llaman candidaturas. Quienes dirigen las votaciones pretenden siempre controlar quién vota para administrar los resultados de las elecciones. Para ello, según sus intereses, favorecerán o no la participación electoral. Habitualmente optan por inhibir la participación porque es más predecible y manejable los resultados de una votación limitada que una ilimitada. Por eso, no veremos nunca campañas intensas, sofisticadas y efectivas para que la gente vote ni, mucho menos, veremos escándalo o preocupación por la baja participación, incluso si se llegase a los niveles saramagoneos.

El voto entonces es una encuesta controlada en la que se impide la participación de mucha gente para mantener ese control. La repetición eterna de candidatos, las mismas promesas siempre, el mismo aprovechamiento abusivo de los electos, la corrupción, son ejemplos de la campaña permanente para inculcar el desinterés en las elecciones y que participen de ella solo lo que es predecible y conveniente para aburrir a la gente y al mismo tiempo sorprenderla con resultados variables cada cierta cantidad de años. Esto es tan claro que el principal predictor de resultados electorales en Estados Unidos, Lichtman, ha acertado a los resultados en ocho de las últimas nueve elecciones presidenciales sin necesidad de considerar encuestas. Claro, están tan controladas las elecciones estadounidenses que debe limitarse a acertar si el presidente será demócrata o republicano.

Para mantener ese control se usan todas las artimañas, triquiñuelas, legalidades e ilegalidades posibles, tales como la prohibición de votar de ciertas categorías de gente según los intereses de quienes controlan las elecciones. Así, antes del momento del voto, lo restringen criminalizando a actores sociales y llevándoles a la cárcel, poniendo obstáculos burocráticos para la inscripción a votar, difundiendo amenazas según el resultado de la elección, haciendo cambios en la geografía de los distritos electorales, impidiendo que votantes en el extranjero puedan votar en los consulados o locales de votación en el exterior, cambiando a la persona votante de local de votación sin su conocimiento, mediante el prebendarismo, etc. Al igual que otras restricciones, como poner mucha distancia entre la persona votante y el local de votación, con dificultades o facilidades para el transporte –o te niegan transporte o te acarrean-, mediante la confiscación o rechazo de los documentos de identidad, mediante los controles policiales o militares, la compra/venta del voto, y las amenazas por los resultados, por diversos tipos de fraude, tal como dar más de un voto a una persona. Tras sufragar siguen las artimañas: conteo amañado, eliminación de los votos que no tengan quienes los defiendan, obstáculos al control del conteo, eliminación de actas, control de las vocalías de mesa y de las juntas de local electoral, impedimentos para la observación del proceso electoral por parte de la comunidad, cambio de resultados en el traspaso de actas papel a informático, invalidar las opciones en blanco o las que se anulan por escribir o dibujar algo distinto, las que no se publican y un largo etcétera que tiene una amplia bibliografía y anecdotario. Se trata, en general, de favorecer el voto de los grupos humanos favorables a quienes controlan las elecciones y dificultar o impedir el voto de gente sospechosa de querer cambiar eso. Simplificando y resumiendo: son menos predecibles siempre las elecciones con más participación.

La crítica anarquista al voto es lúcida, lógica y proviene de la realidad. La votación se basa en la lógica antisocial de la competencia y no cooperación, de un delegacionismo aberrante porque no hay forma real de controlar a quien se eligió; la representatividad es falsa puesto que hay una absoluta independencia de quien resulta electa ante quien le votó, ya que el mandato nunca es revocable y en las constituciones en que se han atrevido a colocar la posibilidad de revocar el mandato de alguna autoridad electa, al poco tiempo se ha hecho imposible ejercer ese derecho constitucional. Los procesos eleccionarios, para el anarquismo, son procesos reafirmatorios del poder, incapaces de cuestionarlos porque en la práctica hasta la abstención está controlada. La crítica anarquista viene de una larga experiencia histórica y social sobre las posibilidades, la práctica y la ética social del voto, expuesta por casi todas sus autoras y actualizada por cada generación y territorialidad. Esta es una de esas actualizaciones. El voto para el anarquismo es un escamoteo estatal del legítimo derecho humano a ser parte activa de las decisiones y la gestión de lo público. Escamoteo que encuentra la forma de convertir los logros de una legítima lucha en un proceso aburrido, repetitivo, sin ninguna importancia, reiterativo y que solo ofrece como estímulo un ejercicio de cooptación y movilización a los grupos de presión (partidos políticos y otros) para instalarse o reinstalar a sus dirigencias en las élites.

Este plebiscito

El plebiscito en Chile, del 25 de octubre de 2020, tiene algunas particularidades que lo hacen diferente de las elecciones normales. Estas diferencias tienen que ver con su origen y con lo que significará para gran parte de los pueblos que habitan los territorios bajo el Estado chileno.

En su origen este plebiscito es un resultado directo, pero no buscado, de la revuelta social con tintes revolucionarios iniciada en octubre de 2019. Dado que se trata de una de las respuestas de las élites a la situación de revuelta social y asumida así, a la fuerza, por los sectores de la derecha en el gobierno. No buscada, porque el cambio constitucional no era parte de las demandas prioritarias de la gente manifestándose en Chile, aunque sí era uno de los temas fundamentales para ciertos sectores progresistas quienes lograron colar su agenda como una solución al conflicto. Es decir, la presión en la calle es el origen y uno de los resultados de esta revuelta. Para mucha gente, además, este plebiscito es una reparación social a sus sufrimientos durante la dictadura de Pinochet, puesto que residir en un país cuyo marco normativo lleva el apellido del dictador era una ofensa permanente.  Para las mujeres y los pueblos indígenas, este plebiscito tiene un interés particular en tanto que una de las opciones asegura paridad de género y hay una intensa presión para asegurar cupos para los pueblos indígenas.  Esto hay que tenerlo muy presente.

El anarquismo tiene pues una profunda crítica a las elecciones, al voto, al sistema eleccionario competitivo, autoritario y excluyente con el cual las élites mundiales pretenden dar expresión al derecho a participar en las decisiones y gestión de lo público. Esas críticas tienen receptividad cuando no tratan al pueblo como incapaz y/u objeto de traición (los pueblos en general tienen una visión utilitaria del voto, la visión militante es exclusiva de los grupos de interés, como los partidos políticos. Ahora, cuando esa crítica es empática y parte del reconocimiento de la lucha que ese voto ha significado en la mayor parte de las experiencias y cuando -como es el caso de este plebiscito- la crítica va dentro de una acción de acompañamiento[1] para sostener la memoria de que incluso esa posibilidad de votar se obtuvo “en la calle”, luchando, poniendo el cuerpo y que la acción directa es el voto más efectivo. La crítica anarquista empática parte también de una acción pedagógica respecto a otras formas más horizontales, igualitarias y colaborativas de tomar decisiones colectivas en lo político, como la clásica apuesta anarquista por la toma de decisiones por consenso[2] (que no significa por unanimidad). Estas formas, de hecho, han estado siendo puestas en práctica en Chile históricamente y no son tan desconocidas, solo les falta extenderse en terreno.

Una crítica al voto no empática, que trate a quien vota como susceptible de traición, como engañada, como objeto de la publicidad, como alguien que no tiene capacidad de decidir sobre lo que hace, en fin una crítica que solo deja bien a quien emite la crítica y no a quien la recibe, difícilmente va a ser recibida y analizada. Es por cierto, este tipo de crítica, una que esconde un vanguardismo muy grosero: el de la minoría heroica que siempre tiene razón y a la que nadie hace caso. Con ello quienes hacen esa forma de crítica se distancian del pueblo transformándose en una contraélite -que es una élite también, al fin y al cabo.

Conclusiones:

-Las críticas anarquistas al voto son razonables y coherentes, y deben actualizarse (con este texto contribuimos a ello).

-La abstención está en la contabilidad del sistema eleccionario y no le hace mella; al contrario, cuenta con que esa abstención aumente y aumente porque mientras menos participación más predecible son las elecciones.

-Incluso la abstención es una crítica. Pero a la vez es un resultado del sistema eleccionario. Por ello vale considerar los porcentajes de abstención como muestra de descontento social y muestra lo efectivo de la política excluyente de los sistemas eleccionarios a favor de las élites.

-Por ello una votación solo puede traer cambios en el escenario si es que concita una alta participación o una nula a cero participación, más en el primer caso que en el segundo (caso Saramago).

-La crítica anarquista a los sistemas eleccionarios debe ser actualizada cada cierto tiempo y en todos los territorios, porque es diferente el juego de exclusiones y privilegios del voto en territorio y tiempo. Para actualizar esa crítica hay que hacer la experiencia del voto yendo a votar (siempre se puede votar nulo, en blanco o acompañar a alguien para ver cómo se hace). Este plebiscito 2020 en Chile es un momento adecuado para hacer la experiencia y actualizar la crítica justamente porque no forma parte de la agenda eleccionaria habitual –como sí lo será la elección de constituyentes.

-La lucha principal está en la calle (asambleas, sindicatos, ollas comunes, manifestaciones, cacerolazos) y es la que más resultados entrega. Es por ello que debe mantenerse, evaluarse, rehacerse con creatividad para que no se vuelva algo predecible y controlado por la rutina. La lucha “en la calle” incluso generará efectos sobre los eventos eleccionarios y el proceso constituyente.

-La derrota no moviliza, no alegra, no expande propuestas. Los logros de los pueblos (incluso aquellos que como anarquistas nos parezcan poco o nada) deben celebrarse y valorarse, con crítica si la hay, pero desde la alegría de obtener un logro. Sin desmerecer o empequeñecer nada, hay que estar con los pueblos en sus momentos de victoria y alegría, aunque pensemos que se puede más o que es insuficiente. Porque para quien nada tiene, lo poco siempre será mucho y criticarle un pequeño triunfo, nos hace aparecer como privilegiados y fuera del pueblo.

-El voto como forma de participar en la cosa pública tendrá tanta vida como la que tenga este sistema jerárquico, de élites, marginalizador. La crítica anarquista va acompañada de experiencias distintas de participación y gestión de lo colectivo (como la toma de decisiones por consenso, la asamblea antiautoritaria, la acción directa, etc.) que pueden y van ampliando formas de hacer las cosas no jerárquicas.

Por Pelao Carvallo

19 de octubre de 2020, con el corazón en la revuelta


[1] Sobre el acompañamiento crítico.

[2] Sobre este tema.


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