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A la deriva: entre la “marea roja” y algunos pensamientos aguafiestas

Sin tener profundo interés en un partido de fútbol, pero inspirándome en la conocida frase “nada humano me es ajeno”, quise vivir el rito social del momento: ver en la calle el primer encuentro de la Selección Chilena de fútbol, conocida popularmente como “La roja”, en el mundial de Sudáfrica

A la deriva: entre la “marea roja” y algunos pensamientos aguafiestas

Autor: Wari
16/06/2010


Sin tener profundo interés en un partido de fútbol, pero inspirándome en la conocida frase “nada humano me es ajeno”, quise vivir el rito social del momento: ver en la calle el primer encuentro de la Selección Chilena de fútbol, conocida popularmente como “La roja”, en el mundial de Sudáfrica.

Sinceramente, no quise atender completamente la pantalla y el desarrollo del partido contra Honduras, enfrentado a tan particulares manifestaciones de la hinchada local, conocida por la barra pop como la “marea roja”. Mi interés no pasó por analizar futbolísticamente el encuentro. Tampoco agoté esta mañana todas las reflexiones críticas frente al fenómeno futbolístico. Esto es sólo un breve relato personal sobre un hecho social.

Tras levantarme bastante más temprano que de costumbre y de compartir la ansiedad de quienes viven en la periferia y deben confiarse al transporte público para llegar con puntualidad, definí mi primer destino: el sector de la Chimba, también conocido como Barrio Mapocho,  y específicamente la Vega Central.

La recepción estuvo a cargo del puesto de Manolo, sitio en el que los madrugadores comensales entonaron el himno nacional entre carne asada y vino tinto, y no dudaban en manifestar “a los cuatro vientos” su confianza en el equipo dirigido por el “Loco” Bielsa (apelativo que prueba que la locura es tan sólo una clasificación social arbitraria y a veces incluso es bueno “ser loco”).

El primer (y finalmente único) gol me encontró comiendo un pan con palta en un negocio peruano, empapelado hasta el tuétano con afiches y cotillón de “La roja”. “Ya… ‘ta toa, vamo’ a tomarno’ una cajita de vino pa’ celebrar”, me dijo una vieja cargadora de la Vega Chica, cuando todavía el partido ni siquiera iba en la mitad. Me pareció un optimismo ejemplar y ejemplar su invitación, la que rechacé tomando en cuenta mis antecedentes etílicos más próximos.

Aproveché el medio tiempo para seguir el recorrido, ahora hacia la pantalla del Paseo Ahumada, en pleno centro de Santiago, no sin hacer una escala en el abarrotado y turístico Mercado Central. En el camino -ahora aclarada la mañana- se percibía una extraña latencia, mezcla de negocios semiabiertos, escasez de personas en las calles y un murmullo de masas invisible en su origen. Imposible no sentir, también, una extraña mezcla de alegría y desazón, frente al quiebre parcial del sentido del tiempo impuesto por el capitalismo. Se bebía, se reía, se comía a destajo a una hora dispuesta para iniciar el trabajo. No obstante, considerando los alcances en el control social que representan estos eventos masivos, cualquier perspectiva radical se me desintegraba en un grito de gol.

Las esquinas de Moneda y Ahumada -atestadas de hinchas rojos de pies a cabeza- volvieron a enunciarme el impresionante despliegue de accesorios, principalmente plásticos, cuyo destino una vez desgastados –casi siempre- es el suelo. Asimismo, las antiguas “cornetas de estadio” ahora tienen una boquilla que facilita su ejecución, aumentando el ruido ambiental, ya que puede ser tocada por grandes y chicos, mujeres y ancianos, sin tradición futbolística alguna.

Mientras buscaba un lugar para ver la enorme pantalla (bajo el influjo de las neo-cornetas) pensaba en lo beneficioso que sería musicalmente que los niños desde pequeños aprendieran a soplar instrumentos libremente. Asimismo, presenciaba el valor de uso dado masivamente a dos objetos comunes -y que no sirven de mucho en su forma original: Guías de teléfono y diarios nacionales picados como challas. Algo más creativo y autónomo de producir que las típicas challas circulares, pero –sin ánimo aguafiesta- igual de extenuantes de recoger del piso para quienes asean las ciudades.

El segundo gol me pilló desprevenido. Finalmente anulado, la velocidad de reacción a nivel de masa es bastante más lento, así que se celebró como si hubiese valido. No importó. A esa altura, noté un nerviosismo creciente en la fanaticada, manifestada inconscientemente contra el color del adversario o algún movimiento “no muy varonil” de su parte. También confirmé que “El chico Mark” es el favorito de las chiquillas, quizás opacado sólo por Arturo Vidal (que hasta el Presidente Piñera lo llama “punk”) y “El Mago Valdivia” de los varones, a juzgar por los aplausos a su recambio.

Entre las sensaciones e ideas que me cruzaron la cabeza, como destellos de un sueño que ya conocía, recordé que el espectáculo “no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas, mediatizada por imágenes” (Guy Debord). Y ahí estábamos nosotros. La enorme pantalla y su contenido nos relacionaban, como proyecto y resultado material del modo de producción existente y no sólo como un superficial show televisivo.

Pero como seguir en estos pensamientos no era del todo recomendable, festejé el término del partido con aplausos y me animé a continuar junto a la deriva colorada, que… ¡Oh! … apuntaba su camino hacia Plaza Italia, epicentro de celebraciones.

Psicogeográficamente, este lugar representa la separación, o al menos el límite histórico, entre el alto y bajo pueblo. Y la composición del público festejando confirmaba la utilidad que el equipo nacional presta para unir lo que la forma de vida actual separa, no sólo por intereses de clase, sino por intereses subjetivos (equipos de fútbol, por ejemplo).

Pingüinas y pingüinos pelusones, universitarios, señoras y señores con guaguas, metaleros, punkis, marihuaneros, angustiados y ebrios de madrugada, patriotas todos, futboleros todos.  Y los Carabineros, antagonistas vía provocación y enfrentamiento, pasaron a ser protagonistas de la celebración con sus armamentos y dispositivos, para gracia de la mayoría. Lecciones de materialismo histórico, de revuelta urbana espontánea y duda sembrada sobre el escenario para los partidos que se avecinan.

Y yo que me retiraba pensando: Porque lo que ha sido separado irreconciliablemente y se manifiesta en la contradicción cotidiana, no podrá ser reunificado vía manifestaciones superficiales del entretenimiento. Ni aunque Chile gane un Mundial de Fútbol.

Por Cristóbal Cornejo

El Ciudadano


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