¡Ay! Que miedo

En el diario La Segunda del 16 de enero «a través de una carta abierta transversal, 30 destacados economistas encienden una fuerte alerta respecto a la captura y precedente que puede sentar el gobierno al salir en ayuda y otorgar beneficios específicos a determinados sectores

Por Mauricio

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Columnas / Economí­a

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En el diario La Segunda del 16 de enero «a través de una carta abierta transversal, 30 destacados economistas encienden una fuerte alerta respecto a la captura y precedente que puede sentar el gobierno al salir en ayuda y otorgar beneficios específicos a determinados sectores.»

Dicen que la verdadera forma de enfrentar la crisis es con «políticas macroeconómicas contra cíclicas y subsidios focalizados en los grupos más pobres y vulnerables».

Agregan que «está en juego el tipo de modelo de desarrollo económico que queremos.» Terminan advirtiendo que «el éxito económico de Chile en las últimas décadas ha obedecido a una combinación virtuosa de estabilidad macroeconómica, apertura externa, economía de mercado y adecuadas políticas públicas.»

Toda esta zalagarda es porque el gobierno apoyó la industria del salmón con garantías por 120 millones de dólares, se aumentaron los subsidios para vivienda lo que beneficia a la construcción, y se fijó un precio de sustentación de US$1,99 para los pequeños productores de cobre.

Este grupo de economistas, que en esta ocasión aparece encabezado por el ex presidente del Banco Central, Vittorio Corbo, el profesor de Yale, Eduardo Engel y el investigador del Centro de Estudios Públicos, Harald Beyer, ha sido muy influyente en la determinación de las políticas públicas a lo largo de las décadas recientes.

Han operado principalmente en el ámbito de los gobiernos democráticos, sin embargo, como dice La Segunda constituyen un grupo transversal que abarca la derecha y la coalición gobernante. Representan genuinamente el «establishment» chileno en materias económicas.

Lo que ellos consideran «adecuadas políticas públicas» en general han sido políticas públicas mínimas, puesto que estiman que son los mercados los llamados a resolver la mayor parte de los problemas.

En relación a las políticas reactivadoras, nunca han sido hinchas de aumentar el gasto público durante las crisis. Muy por el contrario, siempre han privilegiado en esta materia políticas monetarias impulsadas por el Banco Central y han reclamado una política fiscal prudente para dar espacio a aquellas.

Han librado batallas miserables en contra de aumentar el salario mínimo, intentando demostrar una y otra vez que su alza ha sido desmedida y ha provocado desempleo. Para que decir en lo que respecta a los trabajadores del sector público. Siempre han hecho los estudios que justifican dar reajustes lo más bajos posibles. Son los supercampeones de la «flexibilidad laboral,» es decir, restringir aún más los derechos de los trabajadores.

Digámoslo claramente, la pérdida de derechos laborales y los resultantes bajos salarios son la causa principal del feroz deterioro de la  distribución del ingreso desde el golpe militar en adelante. Hasta entonces había venido mejorando espectacularmente, como lo prueba un estudio de CENDA basado en cifras compiladas por Rolf Lüders, uno de los economistas firmantes.

No consideran que el sesgo brutal de las políticas públicas a favor del empresariado y en contra de los asalariados constituya «captura del Estado» por parte de los primeros.
En el caso de la educación, se han jugado siempre por culpar al magisterio de la crisis del sector. Hace poquito crearon un movimiento que busca precisamente «mejorar la calidad del profesorado» puesto que según ellos allí está la causa de los problemas.

Respecto del desmantelamiento del sistema nacional de educación pública, que es la verdadera causa de la crisis, no han dicho nunca ni pío. Muy por el contrario, han defendido a brazo partido el sistema de subvenciones o «vouchers», que siendo muy adecuado para fomentar colegios particulares resulta en cambio desastroso para los colegios públicos. En este caso no ven ninguna «captura del estado» por parte de la educación particular subvencionada.

En el caso de las pensiones, finalmente se dieron a la razón y aceptaron que dos tercios de los afiliados no iban a obtener ni un carajo de las AFP, y apoyaron el que el Estado se hiciera cargo del bulto con la nueva pensión solidaria. Sin embargo, se la jugaron porque la reforma no tocara un pelo a las AFP, las que siguen igual embuchándose, junto a sus compañías de seguros relacionadas, uno de cada tres pesos cotizados tal como lo han venido haciendo desde 1981 a la fecha, como ha mostrado un estudio de CENDA basado en cifras oficiales.

Tampoco les importa que el resto lo hayan prestado a un puñado de grandes conglomerados financieros, entre ellos los dueños de las propias AFP y aseguradoras, las que ahora los han perdido en buena medida. Por el contrario, se la jugaron porque en medio de la crisis se les diera aún mayor libertad a las AFP para sacar los dineros del país e invertirlos incluso en «derivados» financieros.

Este gigantesco saqueo de una parte de las remuneraciones posibilitado por una política del Estado que fuerza a los asalariados a entregarlo a tales operadores, para ellos no significa «captura» de éste por parte de los últimos.

Nunca han dicho esta boca es mía respecto del escándalo que debería significar para cualquier economista el hecho que en Chile no se cobren royalties por el uso de los recursos naturales. Cuando esa política ha generado la desastrosa sobreproducción que hundió el precio del cobre entre 1995 y 2003 por lo general estuvieron defendiéndola, con algunas honrosas excepciones. Más tarde, cuando llegó el ciclo de precios elevados, ello significó que en cada uno de los últimos tres o cuatro años un puñado de mineras privadas se llevaron renta que nos pertenece a todos por un monto del mismo orden de magnitud que el presupuesto del Estado. Tampoco dijeron ni pío. Eso no significa para ellos «captura del Estado» por parte de dichos intereses privados, cuyos lobbystas operan a ojos vista desde todos los puestos de mando de la política minera.

La política de apertura indiscriminada que han venido adorando como al Santo Grial ha significado ni más ni menos que la captura del Estado por parte de los estrechos intereses de los financistas a los largo de décadas. Puesto que digamos las cosas por su nombre. Apertura comercial real no nos han concedido nunca nuestros socios, y en cambio nosotros si les dimos siempre total libertad de movimiento a los flujos financieros – que es lo que en realidad estuvo siempre tras la mentada globalización. Como consecuencia, hemos destruido en buena medida nuestra base industrial y nos hemos marginado de la construcción de un espacio grande de soberanía compartida en América Latina. Los resultados de tal gigantesca «captura» de políticas estatales están a la vista.

La causa principal del retraso relativo del capitalismo chileno cuando se lo compara con lo que se ha generado por ejemplo en el sudeste asiático y en China, es que precisamente allí el Estado nunca abandonó su compromiso con el desarrollo, y se mantuvo siempre la estructura social muy igualitaria, la distribución del ingreso muy equitativa y los sistemas sanitarios y educacionales públicos de muy buena calidad que resultaron de las reformas agrarias de las postguerra.

Con la crisis sienten que se les está yendo de las manos. En buena hora. Hace ya mucho tiempo que las políticas impulsadas por este grupo no se avienen con los requerimientos del progreso del país.  Sus recetas pueden haber funcionado en apariencia en los años 90, pero los tiempos han cambiado. No sirven ya más.

Peor aún, en tiempos como los que corren, su modo de pensar constituye el peligro principal para los dirigentes políticos. Lo que se requiere ahora es una intervención estatal rápida, drástica, y masiva sobre mercados que están paralizados, distorsionados o enloquecidos. No importa si a veces no resulta todo lo prolija que se quisiera.

Esto lo entienden tanto los políticos democráticos sensatos y enérgicos como la derecha populista. El peligro es que si los primeros les hacen caso a tales consejeros, los segundos se pueden hacer cargo del buque con las desastrosas consecuencias que siempre acarrean.
El tipo de pensamiento de estos personajes se ha quedado atrás. Puesto que muchos son todavía jóvenes y otros son personas experimentadas, y todos son habilosos, estudiosos, y por lo general de buenas intenciones, muchos de ellos seguramente van a comprender más pronto que más tarde que tienen que «aggiornarse.» Si no lo hacen, tienen razón en asustarse.

Manuel Riesco
Economista CENDA
http://mriesco-crisis.blogspot.com/


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