Por Verónica Aravena Vega

Son las cuatro de la mañana y uno está pensando en la renovación del contrato en marzo, en el turno de mañana que todavía no confirman, en cuánto queda en la cuenta y hasta qué día alcanza, en qué se hace si el lunes la jefatura dice que no hay más pega. A esa hora el cuerpo saca cuentas solo y las cuentas casi siempre son las mismas.
El último Termómetro de la Salud Mental Achs-UC le puso número a esa noche. El insomnio moderado a severo trepó de 8,6% a 14,3% en un año, lo más alto desde 2021. Por situación laboral, se queda en 12,8% entre quienes tienen trabajo y sube a 21,5% entre quienes lo buscan y no lo encuentran. Es gente despierta a oscuras y la diferencia es material: no tener con qué.
Lo primero que la precariedad se lleva es el sueño. Antes de que falte la plata ya falta el sueño, porque es el único rato en que el cuerpo deja de producir y, cuando el piso se mueve, ahí se rompe. Hay gente que duerme bien en este país, la que tiene el mes resuelto y el próximo también y esa es toda su higiene del sueño.
No hace falta estar cesante para no pegar ojo. El mismo estudio muestra que uno de cada cuatro se sintió muy estresado la última semana por la posibilidad de perder la pega, cinco puntos más que hace un año y casi otro tanto por la idea de que una máquina o un algoritmo lo deje sobrando. La satisfacción con el trabajo cayó a su peor nivel desde 2022. El que todavía tiene pega calcula, por si viene el ajuste, cuántos meses aguantaría antes de ser uno más de los que no duermen. Las mujeres tienen más depresión moderada o severa, 20,5% contra 11,6% de los hombres y más desempleo.
Aun así la salud mental se nos sigue vendiendo como asunto privado: terapia (la que uno pueda pagar), una aplicación, dormir ocho horas, respirar, quererse, agradecer. Las mismas empresas que ajustan dotación ofrecen talleres de atención plena al almuerzo y fruta los martes, como si la angustia fuera un desajuste químico de cada quien y bastara una buena rutina para corregirlo. Tratar el sufrimiento como un problema individual le saca la política al malestar: se le quita la causa y se le devuelve al que lo sufre, para que lo gestione solo en su pieza.
Y las causas son concretas: un seguro de cesantía que se acaba en unos meses y una pensión que uno paga desde los veinte sin saber si va a alcanzar, mientras el CAE se descuenta puntual cada mes. A esa hora, en una cocina, una persona hace la suma en la calculadora del teléfono, con la pantalla iluminándole la cara, a ver si esta vez cuadran los números.
El estudio aclara, con prudencia, que solo describe prevalencias y no establece causas. Pero la asociación entre la falta de trabajo y los peores indicadores de salud mental deja de ser un enigma clínico apenas uno pregunta de dónde sale esa falta de trabajo. La produce un modelo y el modelo tiene administradores.
Chile destina hace al menos 30 años cerca del 2% del gasto en salud a la salud mental, cuando los propios planes del Ministerio proponen llegar al 5% y ningún gobierno de estas décadas lo ha movido de ahí.
La desocupación llegó a 9,6% en el trimestre junio-agosto, la más alta desde 2021, los mismos meses en que se hizo el estudio. Desde marzo gobierna la administración de Kast, que se presentó como de emergencia. A fines de septiembre anunció un plan pro empleo de 1,3 billones de pesos, con más de cien mil puestos proyectados, y según las cifras del propio Ejecutivo cerca de un millón de personas busca trabajo sin encontrarlo. Es una respuesta, y habrá que ver si se ejecuta, pero cien mil puestos son poco frente a un millón de personas y la desocupación lleva más de tres años sobre el 8%.
A esa incertidumbre se suma un sistema que nunca estuvo a la altura. Chile destina hace al menos 30 años cerca del 2% del gasto en salud a la salud mental, cuando los propios planes del Ministerio proponen llegar al 5% y ningún gobierno de estas décadas lo ha movido de ahí. Con esa plata, la atención pública vive desbordada: hay siete psiquiatras por cada cien mil habitantes, un tercio del promedio de la OCDE y a junio había más de veinte mil adultos y doce mil niños esperando una primera consulta de psiquiatría en el sistema público. En una ciudad chica o lejos de Santiago, esa espera es más larga y los profesionales, más escasos. Quien consigue una hora muchas veces recibe una atención de pocos minutos y la mayoría ni siquiera llega: solo un 16,8% consultó a un profesional el último año y el costo y la falta de horas fueron la principal barrera.
Por eso la salida no es solo individual. A una persona que no duerme porque no tiene trabajo, ninguna terapia le devuelve el contrato. Ir al psicólogo puede ayudarla a sostener la semana, pero no cambia lo que la enferma: el trabajo que no dura y una pensión que no va a alcanzar, con un sistema que la atiende tarde y mal. Eso se cambia con decisiones políticas y mientras no cambie, el malestar vuelve cada noche, por más autocuidado que uno haga.
Un gobierno que habla de seguridad a toda hora, que hizo de la seguridad su bandera, tiene delante la inseguridad que de verdad desvela a la gente común, la de no saber si el mes que viene va a haber con qué, aunque el delincuente de la esquina también preocupe.
El campo del estudio fue entre junio y agosto, con el gobierno recién instalado, así que el número no lo fabricaron estos primeros meses. El malestar viene de más atrás, de gobiernos que prometieron cambios y no los hicieron. Este gobierno administra un atraso que ya estaba y quien no duerme sigue esperando. Algunos de los que esta noche están despiertos votaron por esto, con la esperanza de que alguien por fin pusiera orden.
A las cuatro de la mañana, en este país, hay mucha gente despierta. No se conocen y no se van a juntar por esto. Cada uno mira su propio techo y saca sus cuentas, convencido de que el problema es suyo y de que algo anda mal con él/ella. Si uno pudiera ver desde arriba todas las ventanas encendidas a esa hora, vería el mismo cálculo repetido en miles de camas, en silencio, cada uno seguro de estar solo. Yo también he mirado ese techo. El despertador va a sonar en tres horas y se van a levantar igual, respirando hondo como dice la aplicación y van a salir a la calle todavía oscura a sostener un día más la pega que a lo mejor en marzo ya no está.
Por Verónica Aravena Vega
Psicóloga. Doctora en Estudios de Género y Política. Universidad de Barcelona. Máster en Masculinidades y género. Máster en Recursos humanos. Máster en Psicología Social/organizacional. En Instagram
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