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El poder de silenciar

Entendemos el concepto de censura como la acción en la que una idea, opinión, conocimiento o planteamiento es restringido o prohibido en su derecho a la libre circulación y toma de conciencia pública. Las ideas pueden circular en forma visual, oral y escrita, en cualquier tipo de texto o imagen, sonido, video u otro formato de comunicación y expresión que las mezcle del modo que sea.

La censura sólo puede ser ejercida por una persona o cualquier tipo de organización -siempre compuestas por personas-, que tenga para sí un poder empírico superior o de mayor jerarquía respecto de la persona u organización que es objeto de la acción censuradora.

Esta acción implica una relación de fuerzas desigual que se manifiesta en la imposición de unos sobre otros.

La censura es un proceso de dominación que se ejerce mediante cualquier forma de mandato. Puede estar amparado en una legislación dada o no, pero implica siempre un poder coercitivo y la posibilidad del uso de la fuerza por parte de quienes detentan la violencia legalizada, como por quienes no.

Censura es cuando una expresión, sea como sea, es restringida o prohibida en su parte esencial, en aquello para lo cual fue concebida, ser difundida, ser publicada, hacerla pública, transmitirla a todos.

Censura es cuando unos dictaminan qué libros podemos leer y cuáles no, persiguiendo incluso al autor, como ocurrió con El Libro Negro de la Justicia Chilena de la periodista Alejandra Matus. Censura es cuando se les prohíbe a las personas ver una película, como ocurrió en Chile con La Última Tentación de Cristo de Martin Scorsese, que sólo en 2003, después de 15 años de su estreno, se permitió la exhibición gracias a la protesta de la Corte Interamericada de Derechos Humanos. Censura es cuando una radio comunitaria es apagada y se le prohíbe a los auditores sintonizarla, como le ocurrió a Radio Emoción de Paine que fue clausurada y su director encarcelado.

La mayor parte de las acciones de censura que conocemos son aquellas que se han hecho públicas por ser ejecutadas desde el poder judicial, pero existen muchísimas cada día que no son conocidas públicamente y ejercidas en todo ámbito de la vida, el hogar, el trabajo, el espacio público y privado.

Así como también ocurren actos de censura que son en sí mismos disfrazados u ocultados y de esta forma opera una doble censura. Es lo que le pasó a un títere exagerado y gritón en televisión, el Lagarto Murdock, que pecó de inocente y deslenguado y terminó pagando el alto precio de la censura, su exclusión del medio donde cosechaba tanto éxito, como se dice en ese ambiente.

Si bien los chistes por los que se le terminó expulsando se burlaban del legítimo dolor de un pueblo sobre un hecho histórico repudiable, es justo pensar que ese no fue el único motivo de su alejamiento o bien existen grupos sobre los que definitivamente no se puede hacer humor.

Y para qué estamos con cosas, si la caja idiota a cada rato muestra imágenes, dichos y opiniones que atentan gravemente contra la dignidad de las mujeres, las y los ancianos, los grupos LGTB y tantos otros con quienes se hace humor y peor aún, se juega y manipula con fines comerciales, burlándose de sus sentimientos y personalidades, exhibiéndolos de formas obscenas y muchas veces sin el previo consentimiento.

O quizás este muñeco, este instrumento de expresión de un titiritero con una incómoda visión del mundo y mucho que decir, era demasiado claro para expresar las injusticias y contradicciones de la sociedad en que vivimos. Quizás lo que rentaba el show de Murdock era menos de lo que se perdería, si grandes corporaciones que se sienten ofendidas retiraran sus cuantiosas pautas publicitarias del canal. Sin duda era más fácil y económico acallar al muñeco.

Al cierre de esta edición nos llega un rumor, que no sabemos si tiene asidero real o es producto de la imaginación de alguien, pero nos llegó y frente a la duda preferimos informar. Nos dicen que “la Agencia Nacional de Inteligencia los conoce bien y, en conjunto con organizaciones judías, quieren censurar su trabajo comunicacional y liquidarlos. Para ello planean inventar un nuevo montaje donde se acusaría a El Ciudadano de ‘asociación ilícita’ por supuestos vínculos y financiamiento de sectores musulmanes y palestinos”.

Frente a ello declaramos que simpatizamos con la causa palestina y condenamos el genocidio de Israel abiertamente; que simpatizamos también con el trabajo que realizan medios orientales en Chile como Hispan TV, que cubre las noticias desde una perspectiva coherente con la nuestra.

Ya hace un tiempo el que fuese presidente de la Comunidad Judía de Chile, Shai Agosin, al ser entrevistado en Canal 13 por el periodista Iván Valenzuela, señaló que El Ciudadano debía ser cerrado. A ello se suman los ataques en Twitter de algunos actores de esta misma comunidad tildándonos de homofóbicos y discriminadores tras un twiteo desafortunado sobre la vida sexual de Capriles, homologable al error que cometió Murdock. Ambos fuimos crucificados.

Paradójico resulta todo esto, cuando El Ciudadano desde siempre ha abogado por los derechos sexuales y reproductivos de todas las personas y la plena libertad de expresión.

Por Equipo Editor

Ilustración: Sebastián Abarzúa Iglesias

Editorial

El Ciudadano Nº144, julio 2013

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